Cada día es un afán, son los tiempos en los que vivimos con la realidad como si fuera una pesadilla. Como casi siempre, el refugio, y el alivio, está en los libros. También en otras cosas, en las conversaciones, en una película, en una música. Hasta habrá quien diga que en una serie de televisión plataformada: yo no. Me quedé en “El ala oeste de la Casa Blanca” y ya me resulta mucha osadía.. Los libros aparecen cuando no quieres como sorpresa, pueden ser muchos, apelotonarse y aumentar la biblioteca de los que esperan lectura. Ha querido el azar, los dioses y mis deseos, que me haya encontrado con la reciente publicación de dos libros de amigos antiguos, de conocidos eternos.. El primero, La sombra del padre, de Antonio Monegal, profesor universitario y compañero mío de carrera en Filosofía, Barcelona, promoción de 1980. Editado por ‘El acantilado’ con esa suavidad editorial que convierte a los libros de su catálogo en un bien mayor, sus más de doscientas páginas son una búsqueda, la de un padre al que conoció poco porque falleció en la infancia del autor. Monegal rastrea pistas y las encuentra cual detective inglés, o barcelonés como es su caso. Una delicia de libro que se aposenta en el lector sin estridencias pero que te deja repercutido de añoranzas para siempre.. El segundo, todavía no lo he leído, El Mundo desde abajo. La odisea australiana de Rosendo Salvado, primer premio Altaïr de literatura de viajes. Con su autor, Valentín Carrera, estudié los primeros tres años universitarios en la facultad de Filosofía de Santiago de Compostela, palacio de Fonseca, presencia fantasmagórica del Obispo Gelmírez. Los mejores años de mi vida, con Antonio y Valentín o viceversa, los años universitarios que nunca vuelven pero pueden rememorarse cuando se vierten en papel. El libro de Valentín he querido mantenerlo incólume, por ahora, hasta que el martes 12 de mayo me lo dedique en la presentación que tendrá lugar en el Ateneo de Madrid.. Así, con la magia de los letraheridos, Valentín y Antonio han vuelto a incorporarse a la cotidianeidad impropia, como buenos «guadianas» de mi vida que son. Por sus libros me pertenece su amistad todavía más, y puedo alejarme a mayor distancia de ese barco holandés fantasmagórico, del estrecho de Ormuz y de los tribunales de justicia españoles. No así de los que sufren, miles de personas en todos esos lugares desgraciados, que avivan la solidaridad, espantan los afanes perversos y hasta nos convierten en seres empáticos.
Los libros aparecen cuando no quieres como sorpresa, pueden ser muchos, apelotonarse y aumentar la biblioteca de los que esperan lectura.
Cada día es un afán, son los tiempos en los que vivimos con la realidad como si fuera una pesadilla. Como casi siempre, el refugio, y el alivio, está en los libros. También en otras cosas, en las conversaciones, en una película, en una música. Hasta habrá quien diga que en una serie de televisión plataformada: yo no. Me quedé en “El ala oeste de la Casa Blanca” y ya me resulta mucha osadía.. Los libros aparecen cuando no quieres como sorpresa, pueden ser muchos, apelotonarse y aumentar la biblioteca de los que esperan lectura. Ha querido el azar, los dioses y mis deseos, que me haya encontrado con la reciente publicación de dos libros de amigos antiguos, de conocidos eternos.. El primero, La sombra del padre, de Antonio Monegal, profesor universitario y compañero mío de carrera en Filosofía, Barcelona, promoción de 1980. Editado por ‘El acantilado’ con esa suavidad editorial que convierte a los libros de su catálogo en un bien mayor, sus más de doscientas páginas son una búsqueda, la de un padre al que conoció poco porque falleció en la infancia del autor. Monegal rastrea pistas y las encuentra cual detective inglés, o barcelonés como es su caso. Una delicia de libro que se aposenta en el lector sin estridencias pero que te deja repercutido de añoranzas para siempre.. El segundo, todavía no lo he leído, El Mundo desde abajo. La odisea australiana de Rosendo Salvado, primer premio Altaïr de literatura de viajes. Con su autor, Valentín Carrera, estudié los primeros tres años universitarios en la facultad de Filosofía de Santiago de Compostela, palacio de Fonseca, presencia fantasmagórica del Obispo Gelmírez. Los mejores años de mi vida, con Antonio y Valentín o viceversa, los años universitarios que nunca vuelven pero pueden rememorarse cuando se vierten en papel. El libro de Valentín he querido mantenerlo incólume, por ahora, hasta que el martes 12 de mayo me lo dedique en la presentación que tendrá lugar en el Ateneo de Madrid.. Así, con la magia de los letraheridos, Valentín y Antonio han vuelto a incorporarse a la cotidianeidad impropia, como buenos «guadianas» de mi vida que son. Por sus libros me pertenece su amistad todavía más, y puedo alejarme a mayor distancia de ese barco holandés fantasmagórico, del estrecho de Ormuz y de los tribunales de justicia españoles. No así de los que sufren, miles de personas en todos esos lugares desgraciados, que avivan la solidaridad, espantan los afanes perversos y hasta nos convierten en seres empáticos.
