Si algo destacaba en el carácter de Aníbal Cristobo (Lanús, Argentina, 1971 – Barcelona, 2026), era el entusiasmo. Un entusiasmo torrencial, desmedido, al que era imposible resistirse. En 2012, cuando puso en marcha la editorial Kriller71, lo hizo poseído por él: su situación personal —trabajaba de recepcionista por las noches y acababa de ser padre— no parecía, sin duda, la más propicia para dedicarse a la edición independiente de poesía en medio de una crisis económica. Pero Aníbal necesitaba compartir ese entusiasmo suyo, socializarlo, verlo existir. Y vaya si lo hizo. Cualquiera que viviese aquellos primeros años de Kriller —el 71 se fue cayendo, poco a poco, del nombre popular, aunque no del oficial—, cuando era Aníbal quien enviaba los libros a los lectores o los dejaba en depósito en unas pocas librerías, recordará aquella sensación de fiesta secreta que era, a la vez, una confabulación contra la poesía que se solía leer y escribir por aquí.. Seguir leyendo
El artífice de la editorial de poesía Kriller71, argentino afincado en Barcelona, falleció inesperadamente el pasado martes
Si algo destacaba en el carácter de Aníbal Cristobo (Lanús, Argentina, 1971 – Barcelona, 2026), era el entusiasmo. Un entusiasmo torrencial, desmedido, al que era imposible resistirse. En 2012, cuando puso en marcha la editorial Kriller71, lo hizo poseído por él: su situación personal —trabajaba de recepcionista por las noches y acababa de ser padre— no parecía, sin duda, la más propicia para dedicarse a la edición independiente de poesía en medio de una crisis económica. Pero Aníbal necesitaba compartir ese entusiasmo suyo, socializarlo, verlo existir. Y vaya si lo hizo. Cualquiera que viviese aquellos primeros años de Kriller —el 71 se fue cayendo, poco a poco, del nombre popular, aunque no del oficial—, cuando era Aníbal quien enviaba los libros a los lectores o los dejaba en depósito en unas pocas librerías, recordará aquella sensación de fiesta secreta que era, a la vez, una confabulación contra la poesía que se solía leer y escribir por aquí.. Ese entusiasmo, pese a todo, no habría llegado muy lejos si Aníbal no hubiese tenido también una gran generosidad, unida a un cierto don para detectar sensibilidades afines. Si uno revisa los prólogos, las traducciones, las notas o las páginas de créditos de los libros de Kriller, le será fácil ver que Aníbal siempre trabajó en común: con parejas, con amigos y amigas, con colaboradores espontáneos o duraderos; con suscriptores apasionados y lectores que, de pronto, se convertían en autores o traductores de la casa; e incluso con su hija, Marina, que lo acompañaba a todas las ferias y presentaciones que hicieran falta.. De ese modo, el entusiasmo y la crítica de las jerarquías se aliaban con la necesidad, porque casi nadie cobraba en Kriller, empezando por el propio Aníbal, que seguía encadenando trabajos más o menos precarios que nada tenían que ver con la literatura. Así, desde esa fragilidad solidaria, un tanto amateur pero siempre jovial, Kriller montó un catálogo que desacredita al de otras editoriales mucho mejor financiadas (e infinitamente más conformistas): Iosif Brodsky, Kenneth Koch, Mary Jo Bang, Mark Strand, Frank O’Hara, Angélica Freitas, Ted Hughes, Jean Daive, Arnaldo Antunes, Gertrude Stein, Charles Reznikoff, James Tate, Edoardo Sanguineti, Fernanda García Lao, Gonçalo M. Tavares…. Existía, de todos modos, otro Aníbal, más taciturno, más oscuro, el que tal vez se fue acentuando en los últimos años. Porque la precariedad —por mucho que se suela adornar en el sector cultural— es terrorífica cuando se alarga en el tiempo y parece volverse interminable. Aníbal conoció, como mínimo, tres tipos de precariedad dolorosa. La de Kriller fue, tal vez, la más visible, pero también aquella en la que encontró más apoyos: cuando en 2022 decidió lanzar un crowdfunding para mantener a flote la editorial, la respuesta fue tan vehemente y generosa que Aníbal recobró buena parte de su fe en el proyecto.. En las otras precariedades —la laboral y la de vivienda— tuvo que valerse por sí mismo. Durante estos últimos meses, mientras se le agravaban la ansiedad y la depresión, sus obsesiones eran justo esas: qué haría si le despedían de un trabajo que, por otro lado, lo estresaba y hacía infeliz; qué haría cuando se le acabase el contrato de alquiler en una ciudad, Barcelona, cuyos precios ya no estaban a su alcance. Y unida a ambas, como corolario amargo, qué pasaría si tuviese que cerrar la editorial.. Es probable que, en estos días y semanas que vienen, abunden los homenajes a Aníbal y a Kriller71. Muchos serán sencillos y emotivos, desde la entraña de la gente que lo quiso, que lo apreció como agitador o que disfrutó de su trabajo. Sin duda, también se sumarán algunas librerías y festivales que le dieron apoyo. Es incluso posible que nos llegue algún murmullo de las instituciones culturales que, por lo general, lo ningunearon. En todo caso, lo que nadie debería olvidar, más allá del agradecimiento que le debemos, es una verdad amarga, una que deja al desnudo el simulacro de sistema cultural en el que nos movemos: a Aníbal Cristobo, ese gran editor, lo mató la precariedad.. Fruela Fernández es poeta, traductor y profesor de la Universitat de les Illes Balears.
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