Solemos pensar que la tumba es ese lugar donde nuestros restos pasarán el resto de la eternidad. Pero no es así. En ello reparó el escritor Bernardo Atxaga (Asteasu, 75 años) paseando por Zestoa, Gipuzkoa, el pueblo del legendario boxeador Urtain: “Llegamos a un cementerio y le pregunté a un vecino que iba en un tractor si sabía dónde estaba enterrado Urtain. Resulta que habían sido compañeros de colegio, qué casualidad, y me dijo que aquel era el cementerio, pero que habían retirado los restos a los 25 años del entierro”. Esa información tocó ese disparador que tiene Atxaga en la cabeza y que pone en marcha sus novelas. Y de ahí salieron los demonios y las golondrinas.. Seguir leyendo
El escritor, referente de la literatura en euskera, lanza ‘Golondrinas’ (’Enarak’), una novela que parte del entierro del boxeador Urtain para urdir un relato, entre lo cómico y lo fantástico, sobre personajes que se van y no saben volver
Solemos pensar que la tumba es ese lugar donde nuestros restos pasarán el resto de la eternidad. Pero no es así. En ello reparó el escritor Bernardo Atxaga (Asteasu, 75 años) paseando por Zestoa, Gipuzkoa, el pueblo del legendario boxeador Urtain: “Llegamos a un cementerio y le pregunté a un vecino que iba en un tractor si sabía dónde estaba enterrado Urtain. Resulta que habían sido compañeros de colegio, qué casualidad, y me dijo que aquel era el cementerio, pero que habían retirado los restos a los 25 años del entierro”. Esa información tocó ese disparador que tiene Atxaga en la cabeza y que pone en marcha sus novelas. Y de ahí salieron los demonios y las golondrinas.. Sabemos que el cerebro humano es una máquina de procesar narraciones, pero se hace muy evidente en el de Atxaga, que piensa en cuentos que recuerda, que inventa, que imagina, que cuenta todo el rato. Ahora habla delante de una ensalada en el aeropuerto de Guarulhos (Brasil), de regreso de la Bienal Internacional del Libro de São Paulo, donde fue uno de los autores destacados en el pabellón de España, país invitado en esta edición. Más tarde Atxaga se quedará mirando los aviones despegar —ese milagro— igual que durante años ha observado las golondrinas revolotear en el garaje de su casa, llenando unos cuadernos de notas que también han disparado su nueva entrega literaria.. “Urtain era un príncipe del deporte rural, era el más fuerte del País Vasco, y muy ágil”, dice Atxaga, que posa el pasado septiembre en Vitoria-Gazteiz.Javier Hernández. La novela es precisamente Golondrinas, publicada en castellano por Alfaguara, y en euskera —lengua en la que Atxaga es uno de los más grandes referentes literarios— por la editorial Pamiela, con el título de Enarak. Traduce el propio autor.. Golondrinas parte, pues, del entierro de José Manuel Íbar Azpiazu, el boxeador y deportista rural conocido como Urtain, nombre del caserío donde se crio. Urtain cosechó un tremendo éxito deportivo y popular, aunque no lo pudo procesar: en 1992 se quitó la vida en Madrid, generando una leyenda de boxeador caído que ha dado mucho de sí en el mundo de la cultura. Por ejemplo, la exitosa obra teatral Urtain, estrenada en 2010 por la compañía Animalario con un texto de Juan Cavestany. O la novela La cuenta atrás (Destino, 2004), de Juan Bas. O, más recientemente, Urtain. Retrato de una época(Pepitas de calabaza, 2024), un ensayo que analiza la repercusión cultural del púgil vasco.. “Urtain era un príncipe del deporte rural, era el más fuerte del País Vasco, y muy ágil”, dice Atxaga. La historia de Urtain le parece la de un hombre que dejó su lugar, emigró a otro, y ya no pudo volver.. Uratin, cuando en 1971 fue proclamado campeón de Europa de los pesos pesados.EFE. — ¿A qué lugar emigró Urtain? ¿A Madrid?. — Al boxeo.. En Golondrinas, Atxaga, con su incansable mente urdidora de historias, hace de Urtain, de su entierro en el cementerio de Arroa Goia —al que asistieron numerosos deportistas rurales y boxeadores, como Pedro Carrasco— algo más que un objeto de estudio ensayístico: el punto de partida de tres historias entrelazadas. En el segundo capítulo, la narración se retoma 25 años después, cuando los restos de Urtain son retirados y ocupados por otro personaje, Guillermo el Tirolés, que asistió al entierro del primero. En ese segundo entierro está presente un tercer personaje, Pedro, que asiste a la retirada de los restos de su admirado boxeador, y que será enterrado en el mismo hueco en el tercer capítulo, 25 años después, en el 2042. Un cementerio, tres entierros encadenados en la misma tumba, separados uno del otro por un cuarto de siglo. Muchas vidas —y muchas muertes— entrelazadas. Gente que se va de un sitio y que no sabe volver.. Una cuadrilla de cuatro “ángeles militares” (en la práctica, demonios de las legiones de Lucifer, de maléficos nombres como Semiyazza o Azazel, e inspirados en El paraíso perdido de Milton), que comentan la jugada con diferentes grados de maldad y mordacidad, pone el hilo conductor del relato. “Que se joda”, dicen en el segundo párrafo de la novela; alrededor de ellos baja la temperatura bajo cero, dicen palabros como “poliverde”, describen los colores por su número Pantone o berrean interjecciones como “¡kra!”. Su condición de seres inmateriales le ofrece a Atxaga una gran libertad de expresión y un buen cauce para el humor, en este caso cruel: “A veces el humor cruel desvela una realidad”.. El humor, componente fundamental en la obra de Atxaga, no está muy bien visto en la literatura. “Eso es porque hay mucho cura sin sotana”, dice el escritor, “y hay una cuestión de clase: la iglesia literaria dice que en lo tradicional o lo popular no hay literatura, y eso me parece una mirada muy corta. La poesía puede estar en una cancioncilla popular”. Al escritor esta postura, que asocia al gusto francés, se la quitó el contacto con la cultura inglesa, como el rock (empezó por The Animals) o los poemas de W.H. Auden que incluían también lo callejero. La narración de Golondrinas frecuenta ese humor marca de la casa, lo detectivesco, la fantasía, pasa por la oscuridad y el absurdo, mezcla realidad y ficción y, por supuesto, tiene mucha poesía. Para Atxaga la división entre géneros no tiene mucho sentido: “La literatura no es como una vaca en la que puedes decir esto es la rabadilla, esto los cuartos traseros… Toda clasificación es impropia”.. Urtain posando en 1969 en Zestoa (Gipuzkoa).EFE. Urtain cortaba troncos, levantaba piedras, arrastraba piedras con bueyes… tuvo que convertirse en boxeador y capear con el peso de la fama, incluso siendo recibido por el dictador Franco tras ganar el campeonato de Europa. “Era un hombre extraordinario”, cuenta el escritor. Su periplo también puede verse como una metáfora del abandono del mundo rural, de la creciente preponderancia de lo urbano. “Mi infancia en un pueblo rural, antes de mi adolescencia en un pueblo industrial o mis estudios en Barcelona, ha quedado ahí, como en una caja”, dice el escritor. ¿Nostalgia? “Siempre ha habido una voz interior que me ha dicho que no exprese nostalgia, porque tiene mala prensa. Pero tengo 75 años y no estoy ya para vocecitas… Yo creo que hoy en día la gente se siente abrumada, y muchas actitudes políticas tienen que ver con eso”. ¿Qué hacer? “La resistencia tiene que ser fuerte y esa resistencia puede estar en la poesía”.. Atxaga ha comentado en alguna ocasión que esta podría ser última novela, porque cada vez que se embarca en una acaba exhausto. “Me afecta mucho, y encima, con mi mujer, tenemos que traducir del euskera”, explica. Su arte no viene de la inspiración romántica sino del trabajo duro. “Como hacen los pintores, escribo, doy un paso atrás para mirar, y vuelvo a escribir, una y otra vez, le doy muchísimas vueltas”. Cuando termina dice: nunca más. Pero el embrujo de la literatura siempre vuelve. Como las golondrinas.
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