Hemos construido un mundo donde crear una obra artística vale menos que acumular seguidores en las redes
Hay algo hasta poético —y casi épico, si uno tiene el estómago suficientemente fuerte— en contemplar a una persona que lleva cuatro horas maquillándose para asistir al estreno de una película de la que no sabe absolutamente nada. Ni el título. Ni el director. Ni si transcurre en el espacio o en un pueblo de Mordor. Pero lleva un vestido que ha negociado durante semanas, un bolso firmado y una sonrisa que podría iluminar la catedral de Málaga o hasta la Sagrada Familia. Así que, ¿quién necesita saber nada más?. Nadie, aparentemente.. He tenido el privilegio —y uso esa palabra con la precisión quirúrgica con que se usa un bisturí sobre una herida abierta e infectada— de ver en varias alfombras rojas del planeta a estas criaturas de nuestro tiempo preguntar en voz alta, con una inocencia que roza lo espiritual, cosas como: “¿Y esta peli de qué va?”. O “¿cómo se llama el actor ese tan famoso que sale?”. Y lo más extraordinario no es la pregunta. Lo más extraordinario es que nadie alrededor parezca encontrarlo ni siquiera mínimamente perturbador.. Porque hemos llegado a un punto en que la ignorancia ya no se disimula. Se exhibe. Se monetiza. Se sube a Instagram con filtro sunrise y 10.000 corazones en cuatro minutos.. El mecanismo es de una eficiencia que admira: llegar, posar, reels, stories, TikTok, “os cuento cómo fue el look de esta noche”, y marcharse. Antes de que se apaguen las luces de la sala. Antes de los títulos de crédito. Antes, en algunos casos memorables, de haberse sentado. La película, esa cosa larga y oscura donde la gente habla y a veces llora, y se pelea o ama, es simplemente el contexto. El fondo. El pretexto. Una especie de telón que existe para que ellos puedan estar delante.. Y lo que producen, seamos honestos, no hace que nadie vaya a ver nada. Ningún estudio ha demostrado jamás —y los estudios lo han intentado, con la desesperación de quien busca agua en el desierto— que el hecho de que una persona con dos millones de seguidores aparezca en la alfombra roja de una película aumente en un solo espectador la taquilla de esa película. Lo que sí aumenta es el número de seguidores de dicha persona. El único beneficiario de su presencia son ellos mismos. Son un espejo que solo refleja su propio rostro.. Mientras tanto, el guionista que tardó cuatro años en escribir el guion está en algún rincón de la sala siendo entrevistado por tres periodistas locales que consultan el móvil y miran sin disimulo a su alrededor por si ven a alguna influencer despistada mientras le hacen las preguntas. El director o la directora, que hipotecó su vida y probablemente su matrimonio para sacar adelante la película, sonríe con esa sonrisa de quien ya no sabe muy bien por qué sonríe. Los actores, que trabajaron durante meses en algo que consideraban importante, observan con una mezcla de perplejidad y resignación cómo el foco se desplaza hacia alguien que tiene un tutorial muy popular sobre cómo hidratar el cabello rizado o las puntas abiertas.. Y aquí está la pregunta que me hago, que nos hacemos, que deberíamos hacernos mientras todavía tengamos reflejos: ¿qué clase de mundo hemos construido exactamente?. Hemos construido un mundo donde crear algo —una historia, un personaje, una imagen que alguien no olvidará en 20 años— vale menos que acumular seguidores. Donde el esfuerzo sostenido, la duda, el fracaso, el volver a intentarlo, la artesanía lenta de intentar hacer algo bien, es una forma de ingenuidad que se mira con condescendencia. Donde la cultura del esfuerzo ha sido sustituida por la cultura de la visibilidad. No importa lo que hagas. Importa cuántos te ven.. Que conste que no tengo nada contra ganarse la vida como se pueda. Faltaría más. Vivimos tiempos difíciles (y cuándo no), y cada cual sobrevive como sabe. Y si alguien ha encontrado la manera de convertir su existencia, sus vacaciones y su skincare en contenido y eso le paga el alquiler, adelante. El problema no es que existan. El problema son los gabinetes de relaciones públicas que les compran la moto sin chistar y el sistema que los coloca exactamente encima de quienes sí han creado algo, desplazándolos, silenciándolos, robándoles el poco oxígeno que les queda. Gánate la vida, por supuesto. Pero no a costa de ignorar a quienes llevan años construyendo con sus manos y su tiempo y sus noches sin dormir las mismas historias que tú usas de fondo para tus fotos y tus reels.. Lo más irónico —y aquí la ironía ya no es un recurso literario sino un mecanismo de supervivencia— es que a estos nuevos sacerdotes de la atención les pedimos que “influyan”. Que muevan a la gente a hacer cosas. Y no mueven a nadie a hacer nada, salvo a comprar un sérum para el acné o a seguir a su vez a alguien que no sabe el título de la película que vio anteayer.. Pero qué vestido llevaba y cuanto hialurónico se ha puesto en los pómulos, eso sí lo sabemos todos.. Isabel Coixet es directora de cine y escritora. Su última película es Tres adioses.
Hay algo hasta poético —y casi épico, si uno tiene el estómago suficientemente fuerte— en contemplar a una persona que lleva cuatro horas maquillándose para asistir al estreno de una película de la que no sabe absolutamente nada. Ni el título. Ni el director. Ni si transcurre en el espacio o en un pueblo de Mordor. Pero lleva un vestido que ha negociado durante semanas, un bolso firmado y una sonrisa que podría iluminar la catedral de Málaga o hasta la Sagrada Familia. Así que, ¿quién necesita saber nada más?. Seguir leyendo
