Anne Carson, la autora de La belleza del marido: un ensayo narrativo en 29 tangos, le ha dedicado un artículo en la London Review of Books a Rosalía. La todavía no Premio Nobel de Literatura habla del concierto que el 20 de junio dio en Chicago la artista de la que casi todos los medios dijeron cuando estrenó El mal querer que había revolucionado el flamenco, palabra que Carson emplea hasta en cinco ocasiones en su artículo. El resultado han sido varios desconciertos.. Seguir leyendo
Anne Carson, la autora de La belleza del marido: un ensayo narrativo en 29 tangos, le ha dedicado un artículo en la London Review of Books a Rosalía. La todavía no Premio Nobel de Literatura habla del concierto que el 20 de junio dio en Chicago la artista de la que casi todos los medios dijeron cuando estrenó El mal querer que había revolucionado el flamenco, palabra que Carson emplea hasta en cinco ocasiones en su artículo. El resultado han sido varios desconciertos. Seguir leyendo
Anne Carson, la autora de La belleza del marido: un ensayo narrativo en 29 tangos, le ha dedicado un artículo en la London Review of Books a Rosalía. La todavía no Premio Nobel de Literatura habla del concierto que el 20 de junio dio en Chicago la artista de la que casi todos los medios dijeron cuando estrenó El mal querer que había revolucionado el flamenco, palabra que Carson emplea hasta en cinco ocasiones en su artículo. El resultado han sido varios desconciertos.. Para empezar, el que ha mostrado una parte del público. Hablo, claro, de la parte que conoce a ambas creadoras. Una parte que incluye a periodistas, por ejemplo, y a seguidores con cierta formación, personas que mostraron gran entusiasmo porque una grande de las letras le dedicara unas palabras a una grande de la escena a la que adoran.. Entiendo la sorpresa por el artículo, pues pocos conocen los planes editoriales de Mary-Kay Wilmers, pero no el asombro. El interés de Carson por la música, que ha participado en la escritura de libretos, es amante de la ópera y ha creado y participado en multitud de propuestas que mezclan la literatura con las artes escénicas, está patente en toda su obra. De ahí por ejemplo que hable con cierto escepticismo, sobre cómo usa la catalana el vídeo en sus espectáculos en vivo. También siente fascinación por algo que destaca mucho en el caso de Rosalía, la voz femenina, sobre la que Carson indagó en El género del sonido. Además, a la canadiense le atraen las creadoras que presentan contradicciones que ni siquiera ellas reconocen. Por ejemplo, la pensadora Simone Weil, a la que cita en su análisis de la actuación. Por tanto, ¿quién mejor que Carson para escribir sobre Rosalía?. Ahora voy a otros desconciertos, los míos. No esperaba que Carson hiciera con las palabras algo parecido a lo que hacen los críticos y cronistas del flamenco que menos me interesan: los que apelan más al duende que al contexto. Salvando todas las distancias, que son muchas, es la forma que copian quienes escriben de flamenco sin tener idea. Si me atrevo a decir esto de Carson es porque ella, tan parca, tan precisa, tan Carson, no se resiste a emplear la semántica del duende: “milagrosa”, “adoración” o “flechas de plata”. Y no es que Carson no sea lírica, ni descarto que yo esté respirando por la herida, pero leerla así reavivó un pensamiento que tengo desde hace un tiempo: ¿y si esa forma de contar el arte, como en trance y con pocos argumentos, fuera una de las pocas cosas que ha absorbido del flamenco mucha gente que se acercó al género por Rosalía?. No es culpa de la de Sant Esteve Sesrovires, ella solo viene de ese mundo, que fuera de sus confines suscita tanto rechazo como alabanza infundada fruto del desconocimiento. Creedme, lo he vivido: en prensa generalista, de nicho y especializada. Y así, con mucho piropo y pocas explicaciones nadie se enfada y tampoco nadie aprende nada. No es que no haya críticas en el mundo jondo, vaya sí las hay, pero son a veces tan infundadas y destructivas que tienen el mismo efecto que las loas desmedidas. Rosalía también lo sabe.. Ella nació como artista en ese contexto narrativo pero luego ha hecho reguetón, trap, lírica y todo lo que se le antoja mientras baila, piensa y compone. Porque a todo ese mundillo apasionante y a veces tan desconocido como cerrado, hay que sumarle que estamos ante una artista completa y compleja. Tanto, que quizás quepa pensar que ni Anne Carson, con más de dos meses para escribir el artículo, pueda abarcarla en unas líneas. Y mientras, aquí estamos los demás bla, bla, bla, bla.. Porque a pesar de que durante unos párrafos la leí sin reconocerla; a pesar de que no ahonda en el tema de la contradicción, anunciado cuando cita a Weil; a pesar de que siendo una filóloga clásica que ha hecho virguerías contemporáneas con el mundo antiguo no explica qué piensa de la forma en que Rosalía conecta todo su artificio con las tradiciones que escoge, mi mayor desconcierto no llegó con esos ahorros. Llegó con su única aportación al fenómeno: “A veces, al contemplar una gran actuación, surge entre los espectadores una camaradería, la sensación de que aquí estamos todos juntos remando arriba y abajo sobre las olas de este genio. Aquí no ocurre eso. Aquí cada persona está singularmente enamorada de Rosalía y ocupada imaginando una vida junto a ella, sus salvaciones privadas. (…) ninguna euforia compartida, ninguna herida comunitaria. La noche es plana, está plegada sobre sí misma. Cada persona se hunde en su ensimismamiento mientras se ajusta los auriculares.”. Ese fin de fiesta suena más a soleá que a bulería y merece un aplauso porque ahí sí, ahí esa voz autorizada cumple su tarea e ilumina. Si me resultó desconcertante es porque apenas hay focos como ese, no solo con Rosalía pero especialmente con Rosalía, sobre la que cuesta encontrar una lectura desapasionada. Y en parte, es normal: lo más difícil es arrojar luz sobre algo que deslumbra.. De ahí viene mi desconcierto, de que con un análisis final como el que hace Carson, la celebración se haya centrado en que Carson escriba sobre Rosalía, y no ese dedo fino y frío que es su voz en ese último párrafo señalando algo más profundo, algo que no vemos o que no queremos ver. Algo como que casi todo lo que decimos, gritamos y fotografiamos es más una proyección propia que una descripción ajustada a la realidad de lo que hace o de quién es Rosalía. ¿Y si por eso defrauda y se la acribilla cuando dice algo que no nos gusta o no apoya las causas que nos indignan?. Con esa identificación tan intensa, —“Cada vez que inhalaba, el público entero gritaba como si estuviera recorriendo la columna vertebral de cada uno de ellos con una uña”—, no es de extrañar que haya quien sienta el artículo de una erudita como una aprobación a ellos mismos vía Rosalía. Deberían leerlo con detalle. Porque cuando Rosalía acaba su show y Carson sale a la calle, compara a sus seguidores con los públicos de otros conciertos, y en cuatro líneas capta la sensibilidad, no de una generación, sino de una época.. Es tan revelador cuando explica que en lugar de un eco colectivo, lo que hay en el tren de vuelta a casa son individuos escuchando música hacia adentro. Tan sangrante esa herida inexistente, la comunitaria, sin la que por cierto, no hay revolución posible. Por eso, quizá Carson se haya dejado mecer levemente por la semántica del duende en ese artículo, pero en ese final, radiografía a un público y a una ciudadanía. Un análisis en el que quizá lo de menos sea Rosalía.
EL PAÍS
