En España faltan viviendas. Esta frase no le pilla de sorpresa a nadie que esté leyéndola, si bien admite unos cuantos asteriscos, porque viviendas hay muchas, unas están vacías, otras están donde nadie quiere vivir, otras son turísticas, otras pertenecen a bancos o fondos o particulares que las usan tres semanas al año, otras están en ciudades donde sí quiere vivir todo el mundo pero cuestan lo que hace 30 años habría parecido una broma de mal gusto. En cualquier caso, y aun contemplando todos esos asteriscos, los datos dicen que entre 2022 y 2025 se concedieron permisos para unas 345.000 viviendas mientras aparecieron unos 604.000 nuevos hogares, y el Banco de España ha calculado un déficit acumulado del orden de 600.000 viviendas en ese mismo periodo de tiempo. Construimos menos de las que necesitamos y, además, construirlas lleva tiempo. Mucho tiempo. Desde que se aprueba un plan urbanístico hasta que la gente recibe la llave de su casa pueden pasar perfectamente entre 15 y 25 años, y eso sin contar todos los servicios que necesita un nuevo desarrollo urbano, y que suele prolongar, durante algunos años más, el estado de erial en el que se encuentra un barrio recién inaugurado. Ya sabes, no vale solo con las casas, también se necesita transporte, canalizaciones, tejido mixto y, en general, todas esas cosas que hacen que queramos –y podamos– vivir en un sitio.. Seguir leyendo
En España faltan viviendas, pero ¿cómo construir hogares y barrios de forma rápida para solucionar un problema acuciante? En EE UU y la Rusia soviética lo hicieron hace 70 años con errores y aciertos
En España faltan viviendas. Esta frase no le pilla de sorpresa a nadie que esté leyéndola, si bien admite unos cuantos asteriscos, porque viviendas hay muchas, unas están vacías, otras están donde nadie quiere vivir, otras son turísticas, otras pertenecen a bancos o fondos o particulares que las usan tres semanas al año, otras están en ciudades donde sí quiere vivir todo el mundo pero cuestan lo que hace 30 años habría parecido una broma de mal gusto. En cualquier caso, y aun contemplando todos esos asteriscos, los datos dicen que entre 2022 y 2025 se concedieron permisos para unas 345.000 viviendas mientras aparecieron unos 604.000 nuevos hogares, y el Banco de España ha calculado un déficit acumulado del orden de 600.000 viviendas en ese mismo periodo de tiempo. Construimos menos de las que necesitamos y, además, construirlas lleva tiempo. Mucho tiempo. Desde que se aprueba un plan urbanístico hasta que la gente recibe la llave de su casa pueden pasar perfectamente entre 15 y 25 años, y eso sin contar todos los servicios que necesita un nuevo desarrollo urbano, y que suele prolongar, durante algunos años más, el estado de erial en el que se encuentra un barrio recién inaugurado. Ya sabes, no vale solo con las casas, también se necesita transporte, canalizaciones, tejido mixto y, en general, todas esas cosas que hacen que queramos –y podamos– vivir en un sitio.. Es decir, que tenemos que construir mucho y muy deprisa, lo cual parece una empresa muy complicada. Tal vez deberíamos fijarnos en lo que se hizo hace unos ochenta años, cuando la mitad del mundo tenía el mismo problema.. Al término de la Segunda Guerra Mundial, la mayoría de la civilización industrializada estaba en un estado de escasa industrialización: ciudades destruidas, millones de desplazados, soldados regresando a casa, un baby boom a punto de arrancar y grandes masas de población trasladándose desde zonas rurales hacia los centros urbanos. Estados Unidos y la Unión Soviética, que durante las siguientes décadas iban a dedicar cantidades asombrosas de tiempo, dinero y uranio a demostrar que no tenían absolutamente nada en común, encontraron dos soluciones al problema de la vivienda que compartían una misma idea fundamental: para construir rápido, la casa no debía construirse, debía fabricarse de forma industrial.. «El milagro inmobiliario estadounidense»: imagen aérea del gigantesco Levittown en en construcción en 1949.Bettmann (Bettmann Archive)Una calle de casas residenciales en Levittown, Long Island, en 1954.Bettmann (Bettmann Archive). Como a Estados Unidos le sobraba suelo, esa industrialización allí se extendió horizontalmente. En 1947, Levitt & Sons empezó a levantar Levittown sobre los antiguos campos de patatas de Long Island. La empresa redujo modelos, estandarizó componentes y dividió la construcción en operaciones especializadas, de modo que, en lugar de tener una cuadrilla construyendo una casa de principio a fin, equipos distintos recorrían las parcelas haciendo siempre la misma tarea. Unos cimentaban, otros montaban paredes, otros instalaban ventanas, otros pintaban. El National Park Service recoge que el proceso llegó a dividirse en veintisiete pasos y que la empresa alcanzó el ritmo legendario de una casa terminada cada quince minutos. La cadena de montaje de Ford había salido de la fábrica y estaba recorriendo el paisaje.. El resultado fue el sprawl americano, miles y después millones de viviendas unifamiliares, césped, automóvil, autopista, garaje, desplazamientos diarios y una cantidad de territorio consumido que solo puede apreciarse bien desde un avión. El sistema tuvo además una cara social bastante menos fotogénica, primero porque las primeras Levittown incorporaron mecanismos explícitos de segregación racial y excluyeron a familias afroamericanas. Es decir, que la producción masiva de vivienda estaba produciendo al mismo tiempo una determinada idea de familia, de movilidad, de propiedad y hasta de quién podía participar en todo aquello. Y segundo porque, como descubriríamos después, la colonización del territorio en chalets individuales es inherentemente antiecológico: para el mismo número de habitantes, necesita más materiales, más carreteras, más canalizaciones, más de todo, que un edificio plurifamiliar. Y eso sin entrar en las consecuencias sociológicas del uso masivo y obligatorio del coche particular.. La colonización del territorio en chalets individuales es inherentemente antiecológico: para el mismo número de habitantes, necesita más materiales, más carreteras, más canalizaciones, más de todo, que un edificio plurifamiliar.. Mientras tanto, al otro lado del telón de acero apostaron por la ciudad densa, aunque las razones no fueron ecológicas, fueron más bien que en Europa no había tanto territorio disponible y, cuando lo había, eran estepas donde el frío te congela el Lada, los pensamientos y las ganas de vivir. Ah, y además, la construcción soviética supuso un cisma estético respecto a sí misma.. El 7 de diciembre de 1954, Nikita Jruschov reunió en Moscú a arquitectos, constructores y responsables de la industria de materiales y les explicó, esencialmente, que ya estaba bien de hacer edificios caros. Contrariamente a lo que los poco informados creen, la arquitectura estalinista no era precisamente austera, qué va, durante casi una década había producido palacios, torres, columnas, cornisas y una formidable cantidad de piedra empleada en demostrar que el socialismo iba estupendamente, mientras millones de soviéticos seguían viviendo en apartamentos comunales, en barracones, en habitaciones compartidas dentro de edificios medio ruinosos. Jruschov quería que sus ciudadanos viviesen bien, así que necesitaban casas propias y las necesitaban ya. O sea, industrialización y prefabricación. Como lo de Levitt, sí, pero a escala nacional.. Ejemplo de rascacielos de la era estalinista en Moscú.DIMITAR DILKOFF (AFP via Getty Images). Dicho y hecho, enormes naves repartidas en las afueras de las grandes ciudades comenzaron a fabricar paneles de hormigón, forjados, escaleras, fachadas, balcones y piezas completas que después viajaban en camión hasta la obra. Allí una grúa las levantaba y los operarios las ensamblaban según series, catálogos, medidas estándar. Los edificios se diseñaban a partir de las capacidades de la fábrica que había construido sus piezas, del camión que las transportaba y de la grúa que las ponía en su sitio, así que el ancho de una habitación podía acabar dependiendo de cuánto hormigón podía levantar una máquina o de cuál era el peso máximo de los ZIL que traían ese hormigón.. Una de las tipologías más famosas fue la K-7, vinculada al ingeniero Vitali Lagutenko. Tenía cinco plantas, apartamentos pequeños, estructura de paneles prefabricados y ningún ascensor, y lo de las cinco plantas respondía a una lógica maravillosamente poco heroica, porque a partir de determinada altura había que instalar ascensores y los ascensores costaban dinero, tanto por sí mismos como, y sobre todo, en el mantenimiento continuado que necesitan. Así, cinco plantas permitían apilar una cantidad considerable de familias sin encarecer el coste (y consiguiendo que las que vivieran en los cuartos y los quintos desarrollasen unas estupendas piernas soviéticas, que nunca viene mal).. Ejemplo de construcción con estructura de paneles prefabricados de la era soviética.3dfxVoodoo3. Después de perfeccionar el procedimiento, algunos edificios K-7 podían montarse estructuralmente en alrededor de doce días, cifra de la que presumir, aunque tuviese truco, porque el hormigón, las ventanas, las instalaciones y las demás piezas llevaban semanas fabricándose en otro sitio. Es decir, que la casa empezaba a construirse mucho antes de que se excavase la cimentación.. El invento funcionó, y a una escala formidable. Bajo el lema bastante publicitario de “Una familia, un apartamento” se levantaron millones de viviendas que cambiaron la vida de millones de personas. Para alguien acostumbrado a compartir cocina, baño y pasillo con otras familias, una khrushchyovka muy pequeña y con un aislamiento acústico esencialmente inexistente era algo extraordinario. Significaba, por encima de todo, una casa propia. Significaba intimidad.. El invento funcionó, y a una escala formidable. Bajo el lema bastante publicitario de una familia, un apartamento, se levantaron millones de viviendas que cambiaron la vida de millones de personas.. Para principios de los sesenta, la escala había crecido, hasta el punto de que la unidad de producción terminó siendo el barrio. Los mikrorayony combinaban bloques residenciales con escuelas, guarderías, comercios, zonas verdes y servicios calculados para una determinada población. En la República Democrática Alemana la industrialización y la estandarización permitieron construir más de dos millones de viviendas prefabricadas en unas tres décadas. La ambición era fascinante y ligeramente aterradora: la casa, el edificio y el barrio eran iguales, exactamente iguales.. Tiene lógica, porque la industrialización se lleva muy mal con las excepciones. Cada esquina extraña, cada ventana distinta interferían en el proceso. Pero los arquitectos siempre han querido buscar la vuelta al asunto, así que algunos comenzaron a encontrar maneras de hacer cosas raras utilizando exactamente aquellas piezas destinadas a impedir que hicieran cosas raras. Por ejemplo, en Moscú, el arquitecto Yevgeny Stamo y el ingeniero Alexander Markelov estudiaron los paneles estándar y descubrieron que sus juntas toleraban una desviación máxima aproximada de seis grados. Bastaba ir girando cada encuentro un poquito, seis grados aquí, otros seis allí, hasta que una sucesión de paredes rectas terminaba cerrándose sobre sí misma. El resultado fue la enorme casa circular de Nezhinskaya, levantada en los años setenta, seguida después por otra en Dovzhenko. Un edificio extraordinario producido mediante la explotación cuidadosa del margen de tolerancia de un sistema concebido para producir edificios ordinarios. Busquen estos edificios en fotografías actuales, seguro que no les parece un bloque gris. Seguro que les parece un barrio estupendo para vivir.. La célebra casa circular de Nezhinskaya, levantada en los años setenta en Moscú.Mos.ru / Пресс-служба Правительства Москвы. Al final, ni Levittown resolvió para siempre el problema de la vivienda ni los Plattenbauten soviéticos descubrieron una fórmula universal. Los dos sistemas produjeron cantidades enormes de casas y los dos produjeron también consecuencias que tardamos décadas en entender, desde la dependencia del automóvil y el consumo de suelo del suburbio americano hasta la monotonía, los problemas constructivos y determinadas escalas urbanas del bloque socialista. Pero ambos partían de una convicción industrial inapelable, que cuando la sociedad necesita muchas, muchísimas viviendas, construir cada una de ellas casi artesanalmente es una idea insostenible desde un punto de vista económico y social.. La OCDE señalaba en 2025 que España estaba impulsando precisamente sistemas industrializados capaces de reducir notablemente los plazos de construcción, pero la oferta seguía creciendo por debajo de la formación de nuevos hogares. Quizá no se trate de impulsar, sino de hacerlo de una vez. Y quizá por eso merece la pena volver a mirar aquellos bloques. Mirarlos bien, quiero decir. Detrás de las fachadas repetidas hay fábricas, grúas, ingenieros, arquitectos haciendo trampas de seis grados, ciudades enteras concebidas como sistemas productivos y dos superpotencias enemigas intentando responder a la misma pregunta mediante versiones distintas de la cadena de montaje. La pregunta está aquí otra vez, pero ahora tenemos mucha más tecnología, mejores materiales y setenta años de aciertos y errores ajenos para saber bien cómo hacerlo.
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