Bajo la batuta de Carmen Hernández Zurbano, la escritora cordobesa presentó ‘Pueblo blanco azul’, una disección valiente sobre el duelo, la memoria de las abuelas analfabetas y la emergencia climáticaAzahara Palomeque, escritora: “La memoria de la Guerra Civil ha cambiado desde el momento en que se terminó” El Palacio de Camarena, sede del Ateneo de Cáceres, se convirtió en escenario de una velada cultural de altura con la visita de una de las voces más lúcidas de la crítica contemporánea. Azahara Palomeque presentó Pueblo blanco azul (Cabaret Voltaire) en un encuentro marcado por la cercanía y el diálogo, acompañada por la complicidad inteligente y literaria de la también escritora y poeta Carmen Hernández Zurbano. Lo que podría haber sido una presentación literaria al uso se convirtió, desde los primeros minutos, en una conversación que transitó entre lo íntimo y lo político. Hernández Zurbano, con su habitual agudeza para desgranar los estratos del lenguaje, guio el acto hacia los lugares más incómodos y necesarios de la novela: el silencio de las mujeres de la posguerra, la memoria familiar y la herida de un paisaje que a veces pareciera agotarse. Momento de la presentación de Pueblo blanco azul La voz de las que no tuvieron letras “Este libro puede parecer una ficción; pero es un acto de justicia poética”, señaló Hernández Zurbano durante la charla. La conversación gravitó sobre la figura de Luciana, la abuela de la protagonista, un personaje que, como explicó la autora, trasciende lo individual para representar a toda una generación de mujeres que vivieron bajo el franquismo sin apenas margen para narrarse a sí mismas. Mujeres que —como se apuntó durante el encuentro— “sabían de números para sobrevivir, pero no de letras para contarse”. En ese sentido, Palomeque reconstruye una memoria atravesada por la desigualdad estructural: la de quienes trabajaron dentro y fuera de casa, muchas veces sin reconocimiento laboral ni derechos, y cuya vida quedó reducida a una pensión no contributiva tras décadas de esfuerzo invisible. La propia autora situó el origen del libro en una experiencia personal marcada por la distancia. Durante años residió en Estados Unidos, donde vivió la muerte de sus abuelos sin poder despedirse. Su abuelo falleció en 2016; su abuela, en 2021, cuando ella ya había decidido regresar a España. Llegó en 2022. Demasiado tarde. Ese duelo interrumpido, explicó, fue el detonante de la escritura: “El arranque es un sentimiento de culpa, un duelo sin sanar, pero también una necesidad de homenaje”. Una tensión emocional que atraviesa la novela y que, lejos de quedarse en lo íntimo, se proyecta sobre una memoria colectiva. Entre la memoria democrática y el colapso ecológico Uno de los momentos más intensos de la tarde fue el análisis de la emergencia climática, un eje que Palomeque entrelaza con la memoria histórica. Ante un público atento, defendió que no se puede hablar de “pueblo” sin hablar de la tierra que lo sostiene. En la novela, esa relación se concreta en espacios como el olivar —antes centenario, ahora de regadío — o en escenarios cargados de simbolismo como la fosa común, donde la narración se adentra literalmente en la tierra para dar voz a los restos del pasado. El territorio, lejos de ser un mero decorado, actúa como archivo vivo: el callejero, los edificios o el cementerio funcionan como capas de memoria que pueden leerse. “El calor que asfixia hoy a nuestros pueblos es la misma soga que apretaba el cuello de nuestros abuelos bajo la dictadura”, afirmó la autora durante la presentación, en una de las intervenciones. Hernández Zurbano subrayó entonces la “belleza política” de una propuesta que vincula crisis ecológica y memoria democrática sin caer en simplificaciones. Una apuesta por la lectura lenta Más allá de los temas, la conversación abordó también el trabajo formal de la novela. Palomeque explicó que el texto articula distintos registros lingüísticos: uno más coloquial, vinculado a los personajes, y otro más elaborado, asociado a la voz narradora. Una decisión consciente que responde a una pregunta clave: cómo representar a personajes sin estudios sin traicionar su verosimilitud. El resultado es una obra exigente, que rehúye la inmediatez. “No es un libro para leer deprisa”, vino a reconocer la autora, que defendió la necesidad de recuperar el hábito de una lectura pausada frente a la cultura de los “clics” y los vídeos breves. Como ejemplo, evocó la imagen de su abuela leyendo Cumbres borrascosas, siguiendo cada línea con el dedo y susurrando las palabras. Una escena que funciona como metáfora de otra forma de relación con la literatura: más lenta, más atenta, más profunda. Entre el arraigo y la distancia La experiencia migratoria también atravesó el encuentro. Durante su estancia en Estados Unidos, Palomeque no tanto reivindicó su origen rural como su identidad como española, especialmente en relación con los servicios públicos. “Para mí la civilización es que la gente esté protegida”, señaló, en referencia a la sanidad y las pensiones. El regreso, sin embargo, no borra la distancia. La autora reconoció que su paso por el extranjero ha dejado una huella perceptible en su escritura, marcada durante años por una fuerte carga nostálgica. Una tensión —entre el aquí y el allí— que sigue presente, aunque ahora, apunta, se encuentra en otra etapa. Con Pueblo blanco azul, Azahara Palomeque no solo firma una de las novelas más ambiciosas del momento, sino que convierte la literatura en un espacio de reparación. Durante una tarde, el Ateneo de Cáceres dejó de ser solo un escenario cultural para transformarse en el lugar donde la memoria —personal y colectiva— encontró, por fin, una forma de ser contada sin pedir permiso. Con la energía de Palomeque. Como un vendaval.
El Palacio de Camarena, sede del Ateneo de Cáceres, se convirtió en escenario de una velada cultural de altura con la visita de una de las voces más lúcidas de la crítica contemporánea. Azahara Palomeque presentó Pueblo blanco azul (Cabaret Voltaire) en un encuentro marcado por la cercanía y el diálogo, acompañada por la complicidad inteligente y literaria de la también escritora y poeta Carmen Hernández Zurbano.. Lo que podría haber sido una presentación literaria al uso se convirtió, desde los primeros minutos, en una conversación que transitó entre lo íntimo y lo político. Hernández Zurbano, con su habitual agudeza para desgranar los estratos del lenguaje, guio el acto hacia los lugares más incómodos y necesarios de la novela: el silencio de las mujeres de la posguerra, la memoria familiar y la herida de un paisaje que a veces pareciera agotarse.. La voz de las que no tuvieron letras. “Este libro puede parecer una ficción; pero es un acto de justicia poética”, señaló Hernández Zurbano durante la charla. La conversación gravitó sobre la figura de Luciana, la abuela de la protagonista, un personaje que, como explicó la autora, trasciende lo individual para representar a toda una generación de mujeres que vivieron bajo el franquismo sin apenas margen para narrarse a sí mismas.. Mujeres que —como se apuntó durante el encuentro— “sabían de números para sobrevivir, pero no de letras para contarse”. En ese sentido, Palomeque reconstruye una memoria atravesada por la desigualdad estructural: la de quienes trabajaron dentro y fuera de casa, muchas veces sin reconocimiento laboral ni derechos, y cuya vida quedó reducida a una pensión no contributiva tras décadas de esfuerzo invisible.. La propia autora situó el origen del libro en una experiencia personal marcada por la distancia. Durante años residió en Estados Unidos, donde vivió la muerte de sus abuelos sin poder despedirse. Su abuelo falleció en 2016; su abuela, en 2021, cuando ella ya había decidido regresar a España. Llegó en 2022. Demasiado tarde.. Ese duelo interrumpido, explicó, fue el detonante de la escritura: “El arranque es un sentimiento de culpa, un duelo sin sanar, pero también una necesidad de homenaje”. Una tensión emocional que atraviesa la novela y que, lejos de quedarse en lo íntimo, se proyecta sobre una memoria colectiva.. Entre la memoria democrática y el colapso ecológico. Uno de los momentos más intensos de la tarde fue el análisis de la emergencia climática, un eje que Palomeque entrelaza con la memoria histórica. Ante un público atento, defendió que no se puede hablar de “pueblo” sin hablar de la tierra que lo sostiene.. En la novela, esa relación se concreta en espacios como el olivar —antes centenario, ahora de regadío — o en escenarios cargados de simbolismo como la fosa común, donde la narración se adentra literalmente en la tierra para dar voz a los restos del pasado. El territorio, lejos de ser un mero decorado, actúa como archivo vivo: el callejero, los edificios o el cementerio funcionan como capas de memoria que pueden leerse.. “El calor que asfixia hoy a nuestros pueblos es la misma soga que apretaba el cuello de nuestros abuelos bajo la dictadura”, afirmó la autora durante la presentación, en una de las intervenciones. Hernández Zurbano subrayó entonces la “belleza política” de una propuesta que vincula crisis ecológica y memoria democrática sin caer en simplificaciones.. Una apuesta por la lectura lenta. Más allá de los temas, la conversación abordó también el trabajo formal de la novela. Palomeque explicó que el texto articula distintos registros lingüísticos: uno más coloquial, vinculado a los personajes, y otro más elaborado, asociado a la voz narradora. Una decisión consciente que responde a una pregunta clave: cómo representar a personajes sin estudios sin traicionar su verosimilitud.. El resultado es una obra exigente, que rehúye la inmediatez. “No es un libro para leer deprisa”, vino a reconocer la autora, que defendió la necesidad de recuperar el hábito de una lectura pausada frente a la cultura de los “clics” y los vídeos breves.. Como ejemplo, evocó la imagen de su abuela leyendo Cumbres borrascosas, siguiendo cada línea con el dedo y susurrando las palabras. Una escena que funciona como metáfora de otra forma de relación con la literatura: más lenta, más atenta, más profunda.. Entre el arraigo y la distancia. La experiencia migratoria también atravesó el encuentro. Durante su estancia en Estados Unidos, Palomeque no tanto reivindicó su origen rural como su identidad como española, especialmente en relación con los servicios públicos. “Para mí la civilización es que la gente esté protegida”, señaló, en referencia a la sanidad y las pensiones.. El regreso, sin embargo, no borra la distancia. La autora reconoció que su paso por el extranjero ha dejado una huella perceptible en su escritura, marcada durante años por una fuerte carga nostálgica. Una tensión —entre el aquí y el allí— que sigue presente, aunque ahora, apunta, se encuentra en otra etapa.. Azahara Palomeque, escritora: “La memoria de la Guerra Civil ha cambiado desde el momento en que se terminó”. Con Pueblo blanco azul, Azahara Palomeque no solo firma una de las novelas más ambiciosas del momento, sino que convierte la literatura en un espacio de reparación. Durante una tarde, el Ateneo de Cáceres dejó de ser solo un escenario cultural para transformarse en el lugar donde la memoria —personal y colectiva— encontró, por fin, una forma de ser contada sin pedir permiso. Con la energía de Palomeque. Como un vendaval.
elDiario.es – Novela
Bajo la batuta de Carmen Hernández Zurbano, la escritora cordobesa presentó ‘Pueblo blanco azul’, una disección valiente sobre el duelo, la memoria de las abuelas analfabetas y la emergencia climáticaAzahara Palomeque, escritora: “La memoria de la Guerra Civil ha cambiado desde el momento en que se terminó” El Palacio de Camarena, sede del Ateneo de Cáceres, se convirtió en escenario de una velada cultural de altura con la visita de una de las voces más lúcidas de la crítica contemporánea. Azahara Palomeque presentó Pueblo blanco azul (Cabaret Voltaire) en un encuentro marcado por la cercanía y el diálogo, acompañada por la complicidad inteligente y literaria de la también escritora y poeta Carmen Hernández Zurbano. Lo que podría haber sido una presentación literaria al uso se convirtió, desde los primeros minutos, en una conversación que transitó entre lo íntimo y lo político. Hernández Zurbano, con su habitual agudeza para desgranar los estratos del lenguaje, guio el acto hacia los lugares más incómodos y necesarios de la novela: el silencio de las mujeres de la posguerra, la memoria familiar y la herida de un paisaje que a veces pareciera agotarse. Momento de la presentación de Pueblo blanco azul La voz de las que no tuvieron letras “Este libro puede parecer una ficción; pero es un acto de justicia poética”, señaló Hernández Zurbano durante la charla. La conversación gravitó sobre la figura de Luciana, la abuela de la protagonista, un personaje que, como explicó la autora, trasciende lo individual para representar a toda una generación de mujeres que vivieron bajo el franquismo sin apenas margen para narrarse a sí mismas. Mujeres que —como se apuntó durante el encuentro— “sabían de números para sobrevivir, pero no de letras para contarse”. En ese sentido, Palomeque reconstruye una memoria atravesada por la desigualdad estructural: la de quienes trabajaron dentro y fuera de casa, muchas veces sin reconocimiento laboral ni derechos, y cuya vida quedó reducida a una pensión no contributiva tras décadas de esfuerzo invisible. La propia autora situó el origen del libro en una experiencia personal marcada por la distancia. Durante años residió en Estados Unidos, donde vivió la muerte de sus abuelos sin poder despedirse. Su abuelo falleció en 2016; su abuela, en 2021, cuando ella ya había decidido regresar a España. Llegó en 2022. Demasiado tarde. Ese duelo interrumpido, explicó, fue el detonante de la escritura: “El arranque es un sentimiento de culpa, un duelo sin sanar, pero también una necesidad de homenaje”. Una tensión emocional que atraviesa la novela y que, lejos de quedarse en lo íntimo, se proyecta sobre una memoria colectiva. Entre la memoria democrática y el colapso ecológico Uno de los momentos más intensos de la tarde fue el análisis de la emergencia climática, un eje que Palomeque entrelaza con la memoria histórica. Ante un público atento, defendió que no se puede hablar de “pueblo” sin hablar de la tierra que lo sostiene. En la novela, esa relación se concreta en espacios como el olivar —antes centenario, ahora de regadío — o en escenarios cargados de simbolismo como la fosa común, donde la narración se adentra literalmente en la tierra para dar voz a los restos del pasado. El territorio, lejos de ser un mero decorado, actúa como archivo vivo: el callejero, los edificios o el cementerio funcionan como capas de memoria que pueden leerse. “El calor que asfixia hoy a nuestros pueblos es la misma soga que apretaba el cuello de nuestros abuelos bajo la dictadura”, afirmó la autora durante la presentación, en una de las intervenciones. Hernández Zurbano subrayó entonces la “belleza política” de una propuesta que vincula crisis ecológica y memoria democrática sin caer en simplificaciones. Una apuesta por la lectura lenta Más allá de los temas, la conversación abordó también el trabajo formal de la novela. Palomeque explicó que el texto articula distintos registros lingüísticos: uno más coloquial, vinculado a los personajes, y otro más elaborado, asociado a la voz narradora. Una decisión consciente que responde a una pregunta clave: cómo representar a personajes sin estudios sin traicionar su verosimilitud. El resultado es una obra exigente, que rehúye la inmediatez. “No es un libro para leer deprisa”, vino a reconocer la autora, que defendió la necesidad de recuperar el hábito de una lectura pausada frente a la cultura de los “clics” y los vídeos breves. Como ejemplo, evocó la imagen de su abuela leyendo Cumbres borrascosas, siguiendo cada línea con el dedo y susurrando las palabras. Una escena que funciona como metáfora de otra forma de relación con la literatura: más lenta, más atenta, más profunda. Entre el arraigo y la distancia La experiencia migratoria también atravesó el encuentro. Durante su estancia en Estados Unidos, Palomeque no tanto reivindicó su origen rural como su identidad como española, especialmente en relación con los servicios públicos. “Para mí la civilización es que la gente esté protegida”, señaló, en referencia a la sanidad y las pensiones. El regreso, sin embargo, no borra la distancia. La autora reconoció que su paso por el extranjero ha dejado una huella perceptible en su escritura, marcada durante años por una fuerte carga nostálgica. Una tensión —entre el aquí y el allí— que sigue presente, aunque ahora, apunta, se encuentra en otra etapa. Con Pueblo blanco azul, Azahara Palomeque no solo firma una de las novelas más ambiciosas del momento, sino que convierte la literatura en un espacio de reparación. Durante una tarde, el Ateneo de Cáceres dejó de ser solo un escenario cultural para transformarse en el lugar donde la memoria —personal y colectiva— encontró, por fin, una forma de ser contada sin pedir permiso. Con la energía de Palomeque. Como un vendaval.
