A Esteban Díaz Baides no lo conocieron sus nietos. Nació el día después de Navidad de 1898 en Ledanca (Guadalajara). De él solo hay dos fotos, una de su boda con Carmen Gil García y otra con Francisco, su hijo mayor, que hoy tiene 95 años y es el único que queda vivo de los tres que tuvieron. Inés Díaz, una de sus nietas, recordaba el martes ante el portal del número 7 la calle de Mendívil que ellos siempre supieron que su abuela cobraba una pensión de Alemania. ¿Por qué? Esteban formó parte de la Compañía de Ingenieros de la 31 Brigada Mixta del ejército republicano durante la Guerra Civil. Fue detenido por los nazis el 21 de junio de 1940 en La Croix (Francia) e internado en el campo de concentración de Fallingbostel (Alemania). En septiembre de ese año, un convoy en el que iban otros 200 españoles le llevó a Mauthausen. En enero de 1941 fue trasladado al campo de Gusen, allí fue asesinado el día después de Reyes de 1942. Una sucesión de lugares y fechas que horrorizan solo con nombrarlos. Seguir leyendo
A Esteban Díaz Baides no lo conocieron sus nietos. Nació el día después de Navidad de 1898 en Ledanca (Guadalajara). De él solo hay dos fotos, una de su boda con Carmen Gil García y otra con Francisco, su hijo mayor, que hoy tiene 95 años y es el único que queda vivo de los tres que tuvieron. Inés Díaz, una de sus nietas, recordaba el martes ante el portal del número 7 la calle de Mendívil que ellos siempre supieron que su abuela cobraba una pensión de Alemania. ¿Por qué? Esteban formó parte de la Compañía de Ingenieros de la 31 Brigada Mixta del ejército republicano durante la Guerra Civil. Fue detenido por los nazis el 21 de junio de 1940 en La Croix (Francia) e internado en el campo de concentración de Fallingbostel (Alemania). En septiembre de ese año, un convoy en el que iban otros 200 españoles le llevó a Mauthausen. En enero de 1941 fue trasladado al campo de Gusen, allí fue asesinado el día después de Reyes de 1942. Una sucesión de lugares y fechas que horrorizan solo con nombrarlos.
“El abuelo era empedrador, ponía adoquines. Se cierra el círculo, esta piedra le devuelve a su lugar”. Así acabó el recordatorio que Inés Díaz hizo de su abuelo en la última casa donde vivió en Madrid. Allí se situó su stolperstein ―en alemán quiere decir algo así como una pieza que hace tropezar―, un cubo de cemento que en la cara que queda visible lleva una placa de latón con los datos del homenajeado. Ahí queda parte de su historia, de su memoria.
El martes siete vecinos de Vallecas volvieron a sus casas, a su barrio. Además de Esteban: Arturo Mera Vives, su stolperstein lo ha sufragado (132 euros) la librería La esquina del zorro, que está a unos pocos metros de la calle de Ramón Calabuig, 43, donde se recordará a Arturo para siempre. Julián Fernández López sobrevivió a Mauthausen, de los recordados el martes es el único que salió vivo. Manuel Masiá Valdés, vallecano de nacimiento, como muchos de sus familiares que recordaban cómo era la casa que estaba donde ahora hay unos campos de deporte: “Entrabas a un patio y vivíamos alrededor”. El típico edificio del barrio, como la que queda en el número 3 de la calle de García Llamas, un resquicio de arquitectura vallecana: casa baja, fachada de ladrillo visto con una puerta en el centro y dos ventanas a cada lado. Esta fue la vivienda de José Chaves Ugarte, asesinado por los nazis en 1942. Hoy, el inmueble donde ha regresado este carpintero sigue perteneciendo a su familia.

Alejo Gutiérrez Sebastián, afiliado a UGT y combatiente republicano en la Guerra Civil se exilió en Francia en 1939. A partir de entonces, un vía crucis de campos de concentración y exterminio: Argelès-sur-Mer, Fallingbostel, Mauthausen y Gusen. Ahora, su memoria descansa en Romeo y Julieta esquina con La diligencia. Y el último de estos vallecanos por recordar: Ramón Gallego Alarilla, número 3215 en Mauthausen, asesinado en Gusen en 1942. Desde el portal, Carmita Álvarez asiste a la instalación de su stolperstein. Hace 26 años que llegó a España desde Ecuador, de esos, los últimos 24 ha compartido dirección con Ramón, Manuel Maroto, 4, el edificio no es el mismo, claro. “Mi esposo ha salido y me ha avisado de lo que estaba pasando en la puerta porque sabe que me gusta mucho la historia. Hace tres años estuve en Polonia y Auschwitz me estremeció”, contaba Carmita mientras conocía a su vecino Ramón Gallego.
Sirva esto para conocer y reconocer a estos siete madrileños (da igual dónde nacieran) deportados a campos de exterminio nazi. Para recordar que de aquel horror no hace tanto tiempo ni está tan lejos. Para ejercitar la memoria, para reivindicarla. Para preguntarse por qué la colocación de estos adoquines es aprobada sin problemas por las juntas de los distintos distritos ―según cuentan Isabel Martínez y Jesús Rodríguez, impulsores del proyecto Stolpersteine en Madrid―; y, por ejemplo, no hay una placa en la Real Casa de Correos, sede de la Presidencia de la Comunidad de Madrid, que recuerde que ese edificio fue la Dirección General de Seguridad, donde se torturó durante el franquismo. Para señalar a Martínez, a Rodríguez y a Gunter Demnig. Gracias a los dos primeros, que puso en marcha la idea de Demnig en la ciudad, ya hay 119 stolpersteine en las aceras de Madrid. De manera privada y altruista, estos dos futuros abuelos ―su hija salía de cuentas este miércoles― investigan, se meten en archivos (nunca antes lo habían hecho), tramitan, contactan con las familias, gestionan las solicitudes… perpetúan la memoria. ¿Dónde están las administraciones más allá del ratillo que pasaron por allí el martes?, me pregunto. Chapeau por los movimientos ciudadanos, pero…
Demnig tampoco quiere protagonismo, el martes estuvo en Madrid, instalaba los stolpersteine y se retiraba a su furgoneta roja. Este artista alemán comenzó esta iniciativa en los noventa, es el creador de estas piedras en las que tropezar, en las que pararse y pisar el mismo suelo por el que pasaron tantos y tantos europeos víctimas de los nazis. Hay unas 124.000 por toda Europa. Esta vez, trajo él los siete adoquines. Tenían que haber llegado a Madrid, junto con otros, hace semanas, pero Seur falló. Nunca llegaron, se perdieron, no se sabe qué periplo dio el paquete de más de 70 kilos por Europa. Finalmente se localizó de vuelta en Alemania.
La memoria pesa, la memoria se pierde, hagamos como con los stolpersteine apoyémonos sobre ella, que no sea una pesada losa. Usémosla para alzarnos, para conocer lo ya recorrido y no volver a tropezar en las mismas piedras.
EL PAÍS
A Esteban Díaz Baides no lo conocieron sus nietos. Nació el día después de Navidad de 1898 en Ledanca (Guadalajara). De él solo hay dos fotos, una de su boda con Carmen Gil García y otra con Francisco, su hijo mayor, que hoy tiene 95 años y es el único que queda vivo de los tres que tuvieron. Inés Díaz, una de sus nietas, recordaba el martes ante el portal del número 7 la calle de Mendívil que ellos siempre supieron que su abuela cobraba una pensión de Alemania. ¿Por qué? Esteban formó parte de la Compañía de Ingenieros de la 31 Brigada Mixta del ejército republicano durante la Guerra Civil. Fue detenido por los nazis el 21 de junio de 1940 en La Croix (Francia) e internado en el campo de concentración de Fallingbostel (Alemania). En septiembre de ese año, un convoy en el que iban otros 200 españoles le llevó a Mauthausen. En enero de 1941 fue trasladado al campo de Gusen, allí fue asesinado el día después de Reyes de 1942. Una sucesión de lugares y fechas que horrorizan solo con nombrarlos.. Seguir leyendo
