David Pereira (26 años, Madrid) sube las escaleras del mk2 Cine Paz, se adentra en las tripas del edificio, avanza agachado bajo las vigas y emerge en la cabina donde ha devuelto, junto a su padre, el cine de 70 mm a Madrid, un formato de culto desaparecido en los dos mil de la capital y que hasta ahora sólo conservaban dos salas en Zaragoza y una en Barcelona. Seguir leyendo
David Pereira (26 años, Madrid) sube las escaleras del mk2 Cine Paz, se adentra en las tripas del edificio, avanza agachado bajo las vigas y emerge en la cabina donde ha devuelto, junto a su padre, el cine de 70 mm a Madrid, un formato de culto desaparecido en los dos mil de la capital y que hasta ahora sólo conservaban dos salas en Zaragoza y una en Barcelona.. El chico tira de una lona y deja al descubierto dos grandes platos metálicos. Los soportes que almacenan y hacen circular la tira de la película durante la proyección se encuentran junto a un proyector fabricado en 1969. “Esto es algo único”, dice. Cada semana, él y su padre —también David Pereira (56 años, Madrid)― se desplazan de su taller a esta sala para comprobar que la mecánica funciona y limpiar exhaustivamente rodillos, platos y lentes, encarnando esa función de técnicos de cine de los de antes. El pasado atraviesa la sala. La cabina está cargada de un fuerte olor a vinagre, el de las viejas copias de 35 mm que el proyeccionista —una figura extinta en los cines digitales— restaura para entretenerse mientras proyecta el reestreno de la versión íntegra de Kill Bill: The Whole Bloody Affair, tal y como Quentin Tarantino la concibió: como un relato único de más de cuatro horas, con metraje inédito, y en analógico.. No ha sido sencillo restaurar esta vieja máquina de 70 mm porque sus piezas son muy difíciles de encontrar hoy.Ray García. “Si no viene un señor loco con la intención de convencer a una sala para que proyecte esta película en 70 mm, le cueste a quien le cueste, esto jamás se hubiera puesto en marcha”, dice David padre. Se refiere a Enrique Costa, cofundador y distribuidor de Elástica Films, quien contactó a David para que fuera su cómplice, a sabiendas de que los Pereira comulgarían con su obsesión y la ejecutarían con maestría.. “Mi padre vivió la época en la que una única copia recorría todos los cines de España, la de las grandes salas y el sonido mono. Montó los dos únicos Cinerama que hubo en España. Y vivió la época gloriosa del 70 mm, con películas como Doctor Zhivago o West Side Story”, evoca David padre. Su progenitor, Domingo Pereira, es quien inicia esta estirpe de técnicos cinéfilos cuando entra a trabajar con 14 años en una fábrica de proyectores. Con el tiempo acabaría fundando su propia empresa, hoy Cinematografía Pereira. Ha sido una vida colmada de celuloides y bobinas. “Yo nací en un taller de proyectores, jamás tuve ninguna duda de que me iba a dedicar a esto”, dice David. Mirando al vacío, se emociona al verse en sus recuerdos, a sí mismo y a su padre, recorriendo los pueblos, arreglando equipos, la vez en la que instalaron un cine de verano con una máquina oxidada, todas esas ocasiones en las que vieron una película, solos, en un gran cine el día antes de su estreno. “Yo he mamado cine desde pequeño”, continúa su hijo David, y enseña en su móvil la foto analógica de un crío de cuatro años que posa junto a un proyector de 70 mm: “En casa nunca se ha hablado de fútbol, siempre hemos hablado de cine”.. David Pereira, hijo, sostiene parte de los negativos de una película.Ray García. Es incomprensible para los Pereira que Madrid haya permanecido durante tanto tiempo fuera del circuito europeo de proyecciones en 70 mm para el gran público. Que haya sido posible ahora responde a una larga lista de “milagros”, como la aparición de ese “señor loco” que dio el pistoletazo de salida. Aunque, en realidad, todo empezó un año y medio antes, cuando Domingo —el padre del padre— decidió dedicar sus ratos libres de jubilado a poner en marcha una máquina de 70mm que llevaba años en el taller familiar. “Yo pensaba todo el rato en quitarla porque nos faltaba espacio y no quería chatarra”, dice David. Da gracias de no haberlo hecho. Cuando llegó el momento, David padre e hijo terminaron de reacondicionarla para que pudiera volver a proyectar tanto películas analógicas de 35 mm como de 70 mm. “Es un trabajo muy fino, como si se montara un mueble”, dicen. Muchas de las piezas son hoy casi imposibles de encontrar, desde las lentes o los platos hasta la licencia para los subtítulos de Digital Theater Systems (DTS), una compañía desaparecida, y que han conseguido finalmente gracias a una cadena de favores.. Otro de los milagros fue conocer a Javier de Blas. Mientras que el cine digital se proyecta prácticamente en remoto, sin nadie en cabina, el 70mm exige que un proyeccionista monte y supervise cada pase. Javier no es proyeccionista, es ingeniero informático y cinéfilo. Pero ya en la primera llamada, los Pereira supieron que era uno de los suyos. “Cuando vino a nuestro taller, se volvió loco viendo los proyectores, y nos dijo que quería dar cine. Con todo lo que eso conlleva: hipotecar tu tiempo, los fines de semana, la responsabilidad de proyectar para el gran público con una copia que cuesta muchísimo dinero”, señalan.. “Estamos en un momento de la exhibición del cine muy industrial. Esto es todo lo contrario, requiere un cuidado desde el principio hasta el final”, contextualiza David padre, fuera de la cabina, en la sala y frente a la pantalla. Unas horas después, en esa lona blanca, se suceden los fotogramas analógicos de Kill Bill. La imagen palpita —está viva― y tiene otra profundidad, no es perfecta, a veces aparece moteada, pero los colores son más potentes que los de una película digital. Y quien escribe recuerda las palabras de David padre, que dice que esto es una artesanía, y de David hijo, que asegura que el cine en 70 mm tiene algo que te atrapa, aunque él no sepa explicar muy bien por qué: “por mucho que una película dure cinco horas, hace que no te puedas levantar de la butaca”.
David Pereira (26 años, Madrid) sube las escaleras del mk2 Cine Paz, se adentra en las tripas del edificio, avanza agachado bajo las vigas y emerge en la cabina donde ha devuelto, junto a su padre, el cine de 70 mm a Madrid, un formato de culto desaparecido en los dos mil de la capital y que hasta ahora sólo conservaban dos salas en Zaragoza y una en Barcelona.. Seguir leyendo
