Es difícil que la literatura del pasado fascine a los más jóvenes como a nosotros, pero debemos sembrar en ellos la curiosidad
Aunque parezca una perogrullada, una se da cuenta que ya tiene cierta edad cuando empieza a repetir (sino verbalmente, al menos de pensamiento) frases que había criticado hasta la saciedad a sus padres tipo: “En mi época…”.. Me explico.. Hace unos meses, en Instagram, una influencer quería leerse Cumbres borrascosas —no recuerdo si antes o después de ver la película—. La chica tenía una intención loable: leer un libro del que hay una adaptación cinematográfica reciente. Cuántos de nosotros habremos hecho lo mismo. El caso es que, tras este arranque novelesco, la influencer se sorprendía frente a la cámara de que había palabras ya desde el inicio que no entendía: Lidiar, faz, mundanal ruido, misántropo…. Se sorprendió: “Pensé: este librito me lo leo en nada, pero… necesito un diccionario al lado. ¿Cómo me voy a leer el libro si no entiendo la mitad del vocabulario?”. Y añadía: ”El problema es que está escrito de una forma que la literatura actual no está escrita. En el instituto nos dan un tipo de literatura más sencilla”.. Hace unos días ocurrió algo similar. Otra influencer literaria se viralizó tras recibir una edición de la Odisea de Homero y preguntar confundida si no era “la película nueva que ha salido en cines”.. Vayamos por partes y dejemos de lado no solo que hay multitud de estudios que demuestran que el desarrollo cognitivo de la generación presente es menor que la de sus padres, sino también que las personas que traducen se devanan los sesos para encontrar en nuestro idioma términos adecuados para la época en que se escribió el libro; y que, seamos sinceros, los planes de estudio priman las adaptaciones frente a las versiones originales. Dicho de otro modo, no entender Cumbres borrascosas o no saber que la Odisea la escribió Homero no es culpa suya.. Operan varios factores: cambios de hábitos de consumo cultural (redes sociales, videojuegos, consumo de contenidos breves…); una distancia lingüística y cultura de los contenidos que no son contemporáneos (para leer y entender hay que tener conocimientos previos, de otro modo ni las referencias ni las estructuras narrativas se comprenden); ha habido multitud de cambios en el sistema educativo (menos dedicación a la lectura, unas enseñanzas centradas en priorizar fragmentos o resúmenes; una falta de enseñanza de los clásicos, presentados como aburridos o difíciles); la competencia con la literatura contemporánea y juvenil (muchas veces incluso en los propios centros educativos, que priorizan el entretenimiento de los jóvenes o las temáticas y estructuras más sencillas, por no hablar de personajes con los que se identifican más fácilmente) y, por último, los cambios contemporáneos de las formas de narrativas para contar las historias (series, películas, audiolibros, podcasts).. El problema no es de ahora. Cuántos de nuestros jóvenes, y no tan jóvenes, desconocen que El padrino, Blade Runner, La guerra de los mundos o Psicosis fueron antes un libro que una película.. Todo lo anterior no obedece a que esté disminuyendo el número de lectores. Los datos más recientes indican que los jóvenes son el grupo que más lee en España. Entre 14 y 24 años, alrededor del 75% lee libros por ocio, más de 10 puntos por encima de la media nacional. No podemos quejarnos.. Lo que quiere decir todo lo anterior es que no basta con leer novelas adaptadas o sagas de fantasía que no suponen dificultad y solo entretenimiento. Lo que hace falta es aprender a leer. Porque la lectura de los clásicos requiere de una atención prolongada y específica, menos habitual en el entorno digital actual y que solo se adquiere con una educación consciente de que la lectura es un hábito que se inicia y fomenta desde los primeros años escolares, y que, dificultad léxica incluida, eso solo se resuelve diccionario en mano para, con el tiempo, poder disfrutar de la lectura.. Todos estamos de acuerdo en que los estilos de escritura, las tramas o los ambientes de lo que leen hoy nuestros jóvenes no pueden ser idénticos a los que vivimos nosotros. Las aventuras de Celia, los romances de Isabel Allende, las aventuras de Julio Verne o de Salgari, el ambiente colonial de Pearl S. Buck o el poscolonial de Arundhati Roy es difícil que fascinen a los más jóvenes de la misma manera que nos fascinaron a nosotros. Sin embargo, debemos sembrar en ellos la curiosidad por esos tiempos pasados, otras civilizaciones, otras formas de relacionarse.. Los clásicos que, a juzgar por algunas de las respuestas que recibió el tuit de la influencer de la que hablaba al inicio, son “aburridos y están pasados de moda”, no solo no lo son, sino que, justo al contrario, son los únicos que pueden ayudarnos a aumentar nuestro vocabulario tanto como a disfrutar de las obras más allá de las adaptaciones comerciales. Y a darnos cuenta de que las sagas de hoy tienen su germen en las novelas de ayer. Todavía más, son los que nos pueden ayudar a entender el mundo, porque nos presentan cómo era el pasado y, como diría aquel, solo conociendo el pasado se puede comprender el presente.. Carmen Domingo es escritora. Su último libro es La soledad fue el precio. Vida de Carmen Díez de Rivera (Tusquets), premio Comillas 2026.
Aunque parezca una perogrullada, una se da cuenta que ya tiene cierta edad cuando empieza a repetir (sino verbalmente, al menos de pensamiento) frases que había criticado hasta la saciedad a sus padres tipo: “En mi época…”.. Seguir leyendo
