Mientras pinta no es fácil discernir si Jesús Galiana, Yissus, agarra el pincel para soltar brochazos luminosos sobre el lienzo o si se aferra a él casi como un náufrago al trazar manchas aleatorias sobre la tela. Dice este artista murciano de 55 años que cree en la causalidad. En su situación, muchos creeríamos más en la fatalidad, esa que hizo que, con solo 39 años, a finales de 2009, le diagnosticaran la enfermedad de Parkinson. ”Si no llega a ser por eso, no sé si hoy seguiría vivo. No sabría decirlo… Lo que es seguro es que tendría una vida muy distinta. No creo que hoy fuera pintor. Llevo ya 20 años con esta enfermedad, con estas limitaciones o impulsos… De no tenerlos, seguro que estaría amargadísimo, no creo que hubiera aguantado más de los 40. En aquella época me sentía muy mal”, recuerda.. Seguir leyendo
Mientras pinta no es fácil discernir si Jesús Galiana, Yissus, agarra el pincel para soltar brochazos luminosos sobre el lienzo o si se aferra a él casi como un náufrago al trazar manchas aleatorias sobre la tela. Dice este artista murciano de 55 años que cree en la causalidad. En su situación, muchos creeríamos más en la fatalidad, esa que hizo que, con solo 39 años, a finales de 2009, le diagnosticaran la enfermedad de Parkinson. ”Si no llega a ser por eso, no sé si hoy seguiría vivo. No sabría decirlo… Lo que es seguro es que tendría una vida muy distinta. No creo que hoy fuera pintor. Llevo ya 20 años con esta enfermedad, con estas limitaciones o impulsos… De no tenerlos, seguro que estaría amargadísimo, no creo que hubiera aguantado más de los 40. En aquella época me sentía muy mal”, recuerda. Seguir leyendo
Mientras pinta no es fácil discernir si Jesús Galiana, Yissus, agarra el pincel para soltar brochazos luminosos sobre el lienzo o si se aferra a él casi como un náufrago al trazar manchas aleatorias sobre la tela. Dice este artista murciano de 55 años que cree en la causalidad. En su situación, muchos creeríamos más en la fatalidad, esa que hizo que, con solo 39 años, a finales de 2009, le diagnosticaran la enfermedad de Parkinson. ”Si no llega a ser por eso, no sé si hoy seguiría vivo. No sabría decirlo… Lo que es seguro es que tendría una vida muy distinta. No creo que hoy fuera pintor. Llevo ya 20 años con esta enfermedad, con estas limitaciones o impulsos… De no tenerlos, seguro que estaría amargadísimo, no creo que hubiera aguantado más de los 40. En aquella época me sentía muy mal”, recuerda.. Galiana estudió Bellas Artes en Valencia, pero la vida lo llevó por otros derroteros. Trabajó durante años en publicidad en Barcelona, hasta que se trasladó a Madrid con su esposa, Sadrak Zmork, a la que conoció en 2000, convencido de que en la capital podría crecer profesionalmente, algo que no sucedió. No consiguió empleo en ninguna agencia, y tuvo que buscarse la vida, dedicado a hacer traducciones e ilustraciones. Con dos hijos pequeños, su vida dio un nuevo giro cuando una neuróloga le informó de que ese temblor que había empezado en su brazo izquierdo y la rigidez de su cuerpo eran fruto del párkinson. Aquel día arrancó un largo proceso de visitas médicas y tratamientos, de miedo, frustración y negación —“yo pensaba que iba a curarme”, reconoce—, hasta que en 2013 cambió su medicación por la apomorfina, un fármaco de efecto rápido pero breve al que pronto se enganchó. “Muchos días perdía la cuenta de las veces que me pinchaba”, recuerda en La señal perdida (editorial Cuatro Hojas, 2017), libro en el que Galiana relata su experiencia.. Jesús Galiana, sentado en el suelo de su estudio en Murcia. Raúl Belinchón. En mayo de 2014 tomó una decisión drástica: dejar por su cuenta y riesgo las “inyecciones mágicas”, un proceso de desintoxicación que a punto estuvo de costarle la vida. Fueron 10 días de un mono implacable que le llevó a vivir una experiencia cercana a la muerte y de la que salió un nuevo Yissus, con una energía liberada que poco después acabaría plasmando en la pintura.. Ahora, en su estudio de Murcia, dedica sus noches a enfrentarse a grandes lienzos en los que despliega de forma casi inconsciente sus creaciones abstractas. “Es por la noche cuando realmente empiezo a expandirme. Durante el día está la gente, las voces de fuera, el ruido, las interrupciones… Y muchas veces relacionarte con los demás implica una energía determinada. Pero mi vida aquí es otra cosa. Porque cuando me levanto entro en una especie de no mundo, un lugar extraño donde el cerebro no funciona bien, donde no puedo moverme con normalidad. Y una de mis preocupaciones es simplemente no atascarme. Salgo de ahí y, poco a poco, entro en otro mundo. He tenido que aprender a no obligarme a funcionar como los demás. Intenté buscar una normalidad durante mucho tiempo y nunca la encontré. Y además he entendido que esa normalidad tampoco me funciona, porque me llevaba al miedo. Y el miedo es mi mayor enemigo. Así que tengo que inventarme mi propia vida. Si no puedo pintar, intento alimentar la mente”, argumenta.. Un cuadro de Javier Galiana. Raúl Belinchón. A partir del 1 de julio Galiana participa en la X Bienal de la ONCE. Su obra podrá verse en el Palacio de Cibeles de Madrid hasta el 11 de octubre. “Cuando Jesús vuelve tras el mono es cuando realmente se ha convertido en un artista”, recuerda Zmork (Madrid, 52 años). “Y se nota. Las primeras acuarelas, cuando baja por primera vez al estudio, fueron algo increíble porque se ponía ante el lienzo y emanaba paz. Por primera vez estaba en paz, se había quitado una armadura. Porque antes era alguien muy cerebral, muy intelectual, pero sus cuadros no tenían alma, no tenían emoción”.. Jesús, cuyo cuerpo a veces se mueve de forma espasmódica, asiente a su lado. “Tras pasar por todo aquello quería ver si podía dibujar. Cogí la pluma y descubrí que esa facultad seguía intacta. El trazo era superdetallado. Incluso con la mano izquierda, que es la parte que más afectada tengo por el párkinson”, explica. Por eso, aquel primer día frente a la tela se convirtió en un episodio inolvidable. “Fue algo glorioso, una emoción muy profunda”, dice el artista. “Era una sensación religiosa. Sentía una energía que venía de algún sitio… Estoy seguro de que el arte se produce desde un lugar que está más cerca de lo salvaje que del artista intelectualizado de ahora”, apunta.. La mano izquierda del artista, en la que sintió por primera vez los síntomas de la enfermedad, con la palabra ‘fate’ (destino) tatuada.Raúl Belinchón. El discurso de Galiana es un poco como su pintura. Está lleno de fuerza, y la emoción se impone casi siempre a la razón, con ideas que se superponen como las manchas en sus cuadros. Asegura que lo suyo es la abstracción romántica, romanticismo que, lejos del arte figurativo, es difícil expresar, añade. “¿Cómo se expresa la épica en el arte abstracto?”. Eso es lo que busca. La épica que domina su vida. Y lo curioso es que, antes de la enfermedad, jamás se había sentido atraído por la abstracción. Como ilustrador siempre se había centrado en lo concreto, en plasmar el concepto de una forma clara. “La pintura necesita expansión. El arte abstracto… no funciona en formatos pequeños”, señala. “Son como temas que podrían ser considerados románticos, sobre todo porque no hay nada racional en ellos. Es sentimiento puro. Bueno…, hay una parte racional, que es la parte cromática, la parte de la cocina del óleo. Pero… creo que lo que define mi pintura es comunicar sentimientos”. En ocasiones siente en medio de su trabajo cómo su cuerpo se bloquea, lo que le lleva a rendirse tendido en el suelo de su estudio, hasta que vuelve a recuperar el dominio de sus músculos.. Zmork, directora de cine, ha vivido todo este proceso en lo que llama “la puta realidad”. Tenían dos niños pequeños cuando llegó el diagnóstico y tuvo que aparcar su carrera para centrarse en un día a día complicadísimo, aunque ahora, poco a poco, va viendo la luz. “Jesús se ha quitado todo el lastre, el miedo, todo el control, la frustración, la amargura… Yo he pasado de todo. ¿Cómo lo he hecho? Pues con amor, con una confianza incondicional. Desde que le conozco, siempre he visto lo que había en él, y eso que era un ser arisco. Pero ya entonces le decía: ‘En el fondo, eres un ser espiritual, tienes algo muy puro’. Y Jesús se endemoniaba, lo negaba”, recuerda.. Tubo de pintura del artista en su estudio de Murcia. Raúl Belinchón. En cierto modo, Zmork se ha quitado esa espina con la película El pintor y el escorpión, que se estrenará a finales de este año. En ella narra, con la voz del actor Asier Etxeandia, la experiencia vivida por Galiana desde el diagnóstico hasta sus inicios como artista. “Era la mejor manera de transformar mi propia vivencia en una obra audiovisual, ya que no podía continuar con mi carrera, que había quedado en un segundo plano por la enfermedad de Jesús. Pensé: ¿qué puedo hacer? ¿Qué tengo a mano con lo que hacer una película? Habían pasado ya 10 años y tenía vídeos que había hecho a lo largo de toda esta época”, recuerda la cineasta.. Una de las últimas pinturas de Jesús Galiana.Raúl Belinchón. Este trabajo ha supuesto para ella una especie de reivindicación personal. “Y también una reconciliación. No diría que es mi sanación, porque cuando hice la película ya había sanado, si no, no habría podido hacerla, no habría tenido la distancia necesaria. Pero sí me reconcilió con muchas cosas, con el sacrificio que había supuesto renunciar durante tantos años a mi desarrollo profesional, con todo lo que tuve que aparcar. Pero también hay algo mágico. La misma historia que me impidió hacer mi primera película fue la que acabó convirtiéndose en mi primera película. Y eso tiene algo profundamente hermoso”, resume Zmork.. En la película sale también Jacobo Fitz-James Stuart, galerista que en su Espacio Valverde, en Madrid, ha expuesto la obra de Yissus. Llegó hasta él a través de otro galerista, José Robles, que los presentó. “La primera vez vino con un montón de papeles y empezó a narrar toda su historia, e iba sacando sus trabajos, que eran casi cronológicos”, cuenta. “Me explicó cómo empezó a dibujar en el momento de la máxima crisis, y sus obras me parecieron interesantísimas. Como en esta galería mi esposa y yo tomamos las decisiones siempre conjuntamente, pues se lo comenté a Asela [Pérez Becerril], y luego ya quedamos otra vez. Y ahí fue cuando dijimos: ‘Vale, pues adelante, vamos con la exposición”.. «Lo que más me gusta es que mucha gente me ha dicho que ve mis cuadros como algo suyo”, cuenta Javier Galiana. Raúl Belinchón. Para Fitz-James Stuart no existe ninguna diferencia entre trabajar con Galiana o con cualquiera de sus otros artistas. “Si lo dices por el párkinson, me acostumbré pronto. Al principio era un poco inquietante, pero luego se te olvida. Lo que sí me pareció desde el principio es que es un tipo muy inteligente. Y creo que eso es algo muy importante en un artista. Porque a veces hay algunos que hacen cosas que están muy bien y te apetece trabajar con ellos, pero luego te das cuenta de que por el camino se empiezan a abrir grietas”, asegura. Sobre su obra, el galerista, poco amigo de etiquetas, detalla: “Es una pintura muy interesante, no ortodoxa, pero que tiene detrás una serie de ingredientes muy singulares. Y eso es lo que me gusta. Al final lo que uno busca siempre son cosas que tengan un ingrediente genuino. Y eso Jesús lo tiene. Es verdad que es una pintura muy extraña, igual no para todo el mundo. Pero vivimos una época de grandes desarrollos del artificio, de mucho espectáculo… Y cuando se ve algo vivo de verdad, llama la atención”.. Jesús, que ha vuelto a una medicación más convencional para intentar domar su enfermedad, ha comprobado este tipo de reacciones en sus exposiciones: “Por lo general, hay bastante emoción. Lo que más me gusta es que mucha gente me ha dicho que ve mis cuadros como algo suyo”. En este sentido, el galerista recuerda una anécdota curiosa. En una de sus primeras muestras, se le acercó una mujer y le preguntó si el autor había estado “al otro lado”. Le explicó que ella había pasado varias semanas en coma y que se sentía muy identificada con los cuadros. “Se me puso la piel de gallina. Además, esa serie era especialmente bíblica. Tenía algo de montañas, de figuras… La tensión entre figuración y abstracción en esas pinturas era muy fina. De hecho, funcionó genial”, rememora.. Galiana, en el suelo de su estudio, a la espera de recobrar la movilidad tras un bloqueo provocado por el párkinson.Raúl Belinchón. Aunque vive aferrado al presente, cabe preguntarse cómo ve el futuro, si le preocupa la trascendencia de su trabajo. “A mí sí que me interesa. Creo que en el fondo todos los que pintamos lo hacemos un poco para decir: yo estuve aquí. O sea, realmente busco esa trascendencia. Cuando vino el párkinson tuve mucho miedo por lo que significa desaparecer. Me decía: Dios, me voy y no dejo ninguna huella. Sí que tengo ese deseo de dejar algo, un legado”.. —¿Tiene la sensación de que todo esto, en cierto modo, ha sido una preparación para llegar hasta aquí?. —Sí, totalmente. Hay muchas veces que pienso que, si hubiera tenido una vida normal, sin todos estos acontecimientos, probablemente no habría llegado al lugar donde estoy ahora. Y no digo que lo agradezca, porque hay cosas que han sido muy duras, pero ahora entiendo que forman parte del camino. Antes tenía una necesidad enorme de controlarlo todo. De saber qué iba a ocurrir. De prever. Y ahora no. Ahora hay una confianza. No sé si llamarlo fe. Pero sí una confianza.. —¿Y eso da paz?. —Sí. Y miedo también. Porque soltar el control también da miedo. Pero es mucho más ligero. Mucho más humano. Mucho más verdadero.. —¿Y la enfermedad?. —La enfermedad sigue ahí. No desaparece. No tengo una historia de superación en ese sentido, pero aprendes a convivir con ella. Y a dejar de pelearte continuamente con lo que supone. Porque gran parte del sufrimiento venía de querer que las cosas fueran distintas. Y llega un momento en el que dices: esto es lo que hay. Y, desde ahí, construyes… No desde la resignación, sino desde la aceptación.. —¿Es feliz?. —Hay momentos en los que sí. Y momentos en los que no. Pero creo que ahora estoy más cerca de la felicidad que nunca. Porque ya no la busco como antes. No la persigo. No intento alcanzarla. Simplemente aparece. Y cuando aparece, está bien. Y cuando no aparece, también.
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