Quizás fue el agua. Quizás, la tierra. O las hambrunas. Puede que algo menos asombroso, como que sus vecinos prefirieron desplazarse a poblaciones cercanas con más desarrollo. Pero hay dos certezas: que Polvoranca ha pasado a la historia como pueblo maldito y que desapareció. No por completo; la iglesia de San Pedro Apóstol resiste. Un puñado de muros vencidos y con grietas preocupantes que, si caen, caerá con ellos el único edificio en pie aún testigo del pasado de esta aldea. Seguir leyendo
Quizás fue el agua. Quizás, la tierra. O las hambrunas. Puede que algo menos asombroso, como que sus vecinos prefirieron desplazarse a poblaciones cercanas con más desarrollo. Pero hay dos certezas: que Polvoranca ha pasado a la historia como pueblo maldito y que desapareció. No por completo; la iglesia de San Pedro Apóstol resiste. Un puñado de muros vencidos y con grietas preocupantes que, si caen, caerá con ellos el único edificio en pie aún testigo del pasado de esta aldea.
EL PAÍS
Quizás fue el agua. Quizás, la tierra. O las hambrunas. Puede que algo menos asombroso, como que sus vecinos prefirieron desplazarse a poblaciones cercanas con más desarrollo. Pero hay dos certezas: que Polvoranca ha pasado a la historia como pueblo maldito y que desapareció. No por completo; la iglesia de San Pedro Apóstol resiste. Un puñado de muros vencidos y con grietas preocupantes que, si caen, caerá con ellos el único edificio en pie aún testigo del pasado de esta aldea.. Seguir leyendo
