Toca agarrarse, que vienen curvas, o sea, titulares de aquellos a cinco columnas, que se decía. “La moda actual pisa sobre cadáveres”. O: “Soy una persona tóxica para esta industria”. Y también: “John Galliano va a morir siendo el más rico del cementerio, pero lo de Zara es una vergüenza”. Es lo que tiene hablar con Miguel Adrover (Calonge, 61 años), que le pones la grabadora delante y dispara ráfagas verbales sin tregua. Lo que, seguramente, esperaría cualquiera que sepa del diseñador y artista mallorquín. He ahí la cuestión: parece que se le indujera a soltar bombas de relojería de forma casi pavloviana, periodistas o cuentistas a la caza de la declaración explosiva, el escándalo para alimentar un rato el algoritmo. El problema es que nadie, o casi, se para a escuchar lo que realmente quiere decir tras la detonación, verdades que otros apenas se atreven a susurrar y que dan cuenta de una filosofía de la resistencia indigesta aún para el negocio del vestir. Tanto ruido contrasta con el silencio rural de su pueblo, al sudeste de Mallorca, que tampoco es idílico: suena a combate, un poco a trinchera. Quien espere encontrar refugiado en él al mártir melancólico del diseño español, el genio que una vez puso de rodillas a la aristocracia de Manhattan con un vestido confeccionado con camisas de soldados muertos en la guerra de Vietnam, autor de uno de los capítulos más emocionantes de la moda global entre 1998 y 2012, se topará con una suerte de asceta indomable disfrutando la desaparición voluntaria. Parte inapelable de la narrativa indumentaria contemporánea —la sostenibilidad, la crisis climática y migratoria, el feminismo, la homofobia y la islamofobia ya estaban en su discurso—, su trabajo conserva algo extraordinario, extinguido en el resto de casi todos los que fueran sus colegas: peligro. Seguir leyendo
El diseñador mallorquín, que definió la vanguardia de la moda global y adelantó los debates de esta industria, se expone en un libro de autorretratos
El diseñador Miguel Adrover, retratado en su casa de Calonge, en Mallorca, donde vive retirado desde 2004.Asier RuaToca agarrarse, que vienen curvas, o sea, titulares de aquellos a cinco columnas, que se decía. “La moda actual pisa sobre cadáveres”. O: “Soy una persona tóxica para esta industria”. Y también: “John Galliano va a morir siendo el más rico del cementerio, pero lo de Zara es una vergüenza”. Es lo que tiene hablar con Miguel Adrover (Calonge, 61 años), que le pones la grabadora delante y dispara ráfagas verbales sin tregua. Lo que, seguramente, esperaría cualquiera que sepa del diseñador y artista mallorquín. He ahí la cuestión: parece que se le indujera a soltar bombas de relojería de forma casi pavloviana, periodistas o cuentistas a la caza de la declaración explosiva, el escándalo para alimentar un rato el algoritmo. El problema es que nadie, o casi, se para a escuchar lo que realmente quiere decir tras la detonación, verdades que otros apenas se atreven a susurrar y que dan cuenta de una filosofía de la resistencia indigesta aún para el negocio del vestir. Tanto ruido contrasta con el silencio rural de su pueblo, al sudeste de Mallorca, que tampoco es idílico: suena a combate, un poco a trinchera. Quien espere encontrar refugiado en él al mártir melancólico del diseño español, el genio que una vez puso de rodillas a la aristocracia de Manhattan con un vestido confeccionado con camisas de soldados muertos en la guerra de Vietnam, autor de uno de los capítulos más emocionantes de la moda global entre 1998 y 2012, se topará con una suerte de asceta indomable disfrutando la desaparición voluntaria. Parte inapelable de la narrativa indumentaria contemporánea —la sostenibilidad, la crisis climática y migratoria, el feminismo, la homofobia y la islamofobia ya estaban en su discurso—, su trabajo conserva algo extraordinario, extinguido en el resto de casi todos los que fueran sus colegas: peligro.Miguel Adrover, retratado en su casa de Mallorca.Asier RuaSiempre hay una buena razón para volver a Miguel Adrover, pero la que lo pone a tiro ahora mismo es suprema: un monolito de papel cuché con el que se refunda y reivindica, a sí mismo y a su obra. Miguel Adrover, autorretratos. El diseñador. El fotógrafo. El modelo, ha titulado este volumen fotográfico autoeditado, 432 páginas concebidas en la más estricta autarquía creativa durante los últimos siete años. No, no es un libro que busque la distribución amable de las librerías (1.500 copias numeradas y firmadas, cuatro kilos de peso, 300 euros, estaba claro que tampoco lo iba a poner fácil), que se trata de un ajuste de cuentas histórico, un manifiesto en el que reclama la propiedad intelectual de su propia iconografía frente a esos depredadores que llevan casi tres décadas desvalijando su archivo sin darle crédito.Parábola perfecta sobre el precio de la soberanía artística, he aquí una monografía parida en plan kamikaze, l
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