De forma irresponsable, mucha gente se anima a votar la extrema derecha para expresar su hartazgo ante la impotencia de los sistemas democráticos
La profundidad de la grieta que divide a las sociedades actuales es motivo de preocupación en todas partes. La gente se agrupa por bloques ideológicos. La pertenencia a uno de estos bloques moldea valores, estilos de vida y visiones del mundo. En el enfrentamiento entre bloques, se exageran tanto las diferencias que parece desvanecerse cualquier posibilidad de entendimiento mutuo. Donde antes había un terreno común, ahora se abre una brecha infranqueable. Quienes pertenecen a un bloque no pueden entender que haya gente que pertenezca al contrario. A quien milita en el bloque opuesto se le da por perdido, se le ve como alguien irrecuperable, presa de una ceguera ideológica que le impide reconocer la realidad. Woody Allen, que siempre ha tenido mucho ojo sociológico, lo reflejó de forma muy divertida en Todos dicen I Love You (1996): a unos padres adinerados que vivían en una casa maravillosa en Nueva York, ambos demócratas puros, uno de los hijos les salía republicano convencido y lo llevaban al neurólogo para averiguar qué andaba mal en su cerebro.
Esta evolución hacia sociedades crecientemente polarizadas constituye una sorpresa, pues hace 50 años hubo múltiples pronósticos apuntando que el desarrollo económico produciría la muerte de las ideologías. En sociedades consumistas, la gente iría perdiendo el interés por la política, la cual acabaría reduciéndose a mera gestión de los asuntos públicos. Y, sin embargo, 50 años después, aquí estamos, tirándonos los trastos a la cabeza por cualquier asunto.
No es la primera vez que las sociedades se polarizan. En el periodo de entreguerras también sucedió y por eso muchos analistas vuelven a aquel periodo para explicar lo que está sucediendo ahora. Sin embargo, el tipo de polarización de entonces (encarnada en el enfrentamiento entre comunismo y fascismo) guarda poca relación con el actual. La gente, de momento, no anda matándose, los partidos no han organizado milicias armadas como en aquella época. En la actualidad, además, aunque haya diferencias innegables e importantes con respecto a la economía, todos juegan dentro del capitalismo. Unos quieren llevarlo al extremo, otros quieren embridarlo, pero todos consideran que el capitalismo forma parte del orden natural de las cosas. En la época de entreguerras no era así.
Aunque suene un poco chocante, la polarización de nuestro tiempo guarda un cierto parecido con la que se observa en el futbol. La identificación del hincha con su equipo se vuelve patológica en muchos casos; en el límite, da lugar a ese fenómeno tan desagradable y masculino que es el hooliganismo. Los hinchas de equipos rivales se odian con una intensidad digna de mejor causa. En el fondo, las pasiones desatadas por el futbol son posibles porque no se trata más que de eso, de un juego. El juego crea una esfera de actividad propia que suspende temporalmente el plano de la realidad cotidiana. Nos podemos permitir el lujo de polarizarnos cuanto deseemos porque no es sino un juego, sin mayores consecuencias para nuestra existencia diaria.
Quizá haya algo de todo esto en la polarización política de nuestra época. No quiero dar a entender, por supuesto, que la política sea un mero juego, pero hay que reconocer que algo se relajó en el mundo occidental cuando el bloque comunista se vino abajo. Hasta el final de la Guerra Fría, las sociedades occidentales se mantenían alerta, no podía bajar la guardia ante la posibilidad de que la URSS ganara posiciones. En aquel periodo, el mayor miedo era el avance del comunismo y la posibilidad de una conflagración nuclear entre las superpotencias.
Superado ese riesgo tras el final de la Guerra Fría, la relación de los ciudadanos occidentales con el sistema político de la democracia liberal se transformó. Así, se ha extendido la percepción de que en nuestras sociedades la política ha perdido buena parte de su capacidad transformadora. La desigualdad de la riqueza lleva aumentando desde los años ochenta en muchos lugares, provocando todo tipo de problemas, económicos, fiscales y sociales, sin que los gobiernos sean capaces de ponerle freno a pesar de una inmensa mayoría de la población favorable a revertir dicha desigualdad. Algo similar sucede con el cambio climático: a pesar de los compromisos internacionales y los avances importantes en la transición energética, el calentamiento global continúa aumentando a un ritmo peligroso. De nuevo, hay mayorías muy amplias que apoyan medidas más ambiciosas, pero luego surgen resistencias de todo tipo y el resultado final es decepcionante.
Quizá el mejor ejemplo sea la comparación entre la crisis económica de 1929, que produjo un cataclismo mundial, y la de 2008, que, no obstante el daño causado en amplias capas de la población, no ha traído grandes novedades. Se habló de refundar el capitalismo y del fin de las políticas neoliberales, pero, casi veinte años después, los fundamentos del sistema apenas han cambiado (salvo por lo que toca a un retroceso en la globalización en beneficio de posiciones políticas y económicas nacionalistas).
Es en este contexto en el que, paradójicamente, las diferencias ideológicas se extreman. Cuando cala la sensación de que la política democrática es impotente, que no consigue abordar los problemas más graves que afectan a las sociedades contemporáneas, los riesgos que se asumen por polarizarnos políticamente se reducen notablemente. Sabiendo que los cimientos del sistema son muy sólidos, podemos pelearnos cuanto queramos sobre cuestiones morales, culturales e identitarias.
Desde luego, en el remolino de la polarización también entran cuestiones que, si bien no comprometen gravemente el futuro, tienen consecuencias materiales evidentes y afectan a la vida de la gente. Insisto en que no estoy diciendo que la política se haya vuelto irrelevante. Pero me parece que el aumento de la polarización política se produce a la vez que se extiende en muchas sociedades la percepción de una impotencia de las democracias para modificar el statu quo y resolver los problemas más acuciantes. En esas condiciones, muchos pueden preferir tener razón frente al rival antes que llegar a algún tipo de entendimiento o compromiso. Y resulta innegable que la polarización hace de la política un espectáculo mucho más entretenido.
Desde este punto de vista, nos polarizamos no porque esté en riesgo nuestro sistema, sino precisamente por lo contrario, porque más allá de todas las rivalidades políticas, las sociedades liberales capitalistas de los países avanzados han alcanzado una estabilidad y una solidez a prueba de sacudidas políticas o económicas.
Si el argumento que estoy presentando no va del todo descaminado, no hay más remedio que concluir que hay algo de “frivolidad civil” en el auge del voto a la derecha radical. De forma irresponsable, mucha gente se anima a votar a esos partidos para expresar su hartazgo ante la impotencia de los sistemas democráticos. En muchos casos, son ciudadanos que quizá no comparten en su integridad los postulados excluyentes y autoritarios que defienden los partidos de la derecha radical; con todo, los apoyan electoralmente para que quede clara su decepción con los partidos tradicionales. Por castigar al establishment, se coquetea con la ruptura del Estado de derecho y la renuncia a los derechos fundamentales de los ciudadanos. Si las sociedades fueran más frágiles, quizá se lo pensarían dos veces. El mayor peligro es que algunos lleven demasiado lejos la impresión de que no pasa nada y el “juego” se descontrole con consecuencias irreparables.
EL PAÍS
La profundidad de la grieta que divide a las sociedades actuales es motivo de preocupación en todas partes. La gente se agrupa por bloques ideológicos. La pertenencia a uno de estos bloques moldea valores, estilos de vida y visiones del mundo. En el enfrentamiento entre bloques, se exageran tanto las diferencias que parece desvanecerse cualquier posibilidad de entendimiento mutuo. Donde antes había un terreno común, ahora se abre una brecha infranqueable. Quienes pertenecen a un bloque no pueden entender que haya gente que pertenezca al contrario. A quien milita en el bloque opuesto se le da por perdido, se le ve como alguien irrecuperable, presa de una ceguera ideológica que le impide reconocer la realidad. Woody Allen, que siempre ha tenido mucho ojo sociológico, lo reflejó de forma muy divertida en Todos dicen I Love You (1996): a unos padres adinerados que vivían en una casa maravillosa en Nueva York, ambos demócratas puros, uno de los hijos les salía republicano convencido y lo llevaban al neurólogo para averiguar qué andaba mal en su cerebro.. Seguir leyendo
