Azulejo con fondo amarillo y una imagen en negro, la de un jinete con sombrero sobre su caballo, fileteada por una línea blanca. Una frase destinada al agricultor: abonad con Nitrato de Chile. Este cartel, concebido a comienzos del siglo XX, forma parte de un imaginario visual que, junto al Toro de Osborne, el hombre de la capa de Sandeman o la botella de Tío Pepe son hitos de la publicidad exterior en España. Pero de todos es el de Nitrato de Chile el que tenía la patria más rural y por eso su diseño ha sido evocado como imagen propia por un grupo de pueblo con nombre muy de pueblo, Casas de Don Pedro, de la despoblada Siberia extremeña, al noreste de Badajoz. Son Sanguijuelas del Guadiana, como su nombre sugiere, conocen el glamur como los pueblos un atasco, con su música reflejan un mundo que fenece cada día y mediante un retrato festivo de esa realidad menguante han conseguido que su primer disco, editado el año pasado, sea un fenómeno.. Seguir leyendo
El grupo de Extremadura ha logrado que su primer disco sea un fenómeno, con una música que refleja un mundo que desaparece
Azulejo con fondo amarillo y una imagen en negro, la de un jinete con sombrero sobre su caballo, fileteada por una línea blanca. Una frase destinada al agricultor: abonad con Nitrato de Chile. Este cartel, concebido a comienzos del siglo XX, forma parte de un imaginario visual que, junto al Toro de Osborne, el hombre de la capa de Sandeman o la botella de Tío Pepe son hitos de la publicidad exterior en España. Pero de todos es el de Nitrato de Chile el que tenía la patria más rural y por eso su diseño ha sido evocado como imagen propia por un grupo de pueblo con nombre muy de pueblo, Casas de Don Pedro, de la despoblada Siberia extremeña, al noreste de Badajoz. Son Sanguijuelas del Guadiana, como su nombre sugiere, conocen el glamur como los pueblos un atasco, con su música reflejan un mundo que fenece cada día y mediante un retrato festivo de esa realidad menguante han conseguido que su primer disco, editado el año pasado, sea un fenómeno.. Hospitalet de Llobregat no es Barcelona, dijo alguien entre el público cuando los Sanguijuelas preguntaron si allí había mucha gente de pueblo. Se alzaron muchas manos, probablemente sentirse de pueblo es más fácil al lado de la capital, donde todo parece distinguido y “outfit” son las pintas. Pues en L’Hospitalet de Llobregat, había de ser allí, en la vigésima edición del Let’s Festival, coincidiendo con la celebración de los 30 años de Salamandra, sala organizadora del mismo, se presentó el flamante trío extremeño para participar con el público otro argot, con palabras como “revolá”, el título del disco que significa cambio de aire o “jaribe”, que denota persona inquieta. Palabras que se escuchan en las cocheras, esa decoración de la gira de Sanguijuelas que por tamaño no pudieron montar en la sala y que son espacios de una sola planta donde amén de aparcar coches y tractores se realizan las fiestas, celebraciones y encuentros en los pueblos. Otro mundo. Parece muy lejano, pero aún vive cerca. Allí nacieron Sanguijuelas del Guadiana, entre aperos.. El concierto de Sanguijuelas del Guadiana este jueves en Barcelona.GIANLUCA BATTISTA. La sala llena y el público como debe estar el de una cochera tras horas de fiesta: cansado, sudado y feliz. En la apretura se bailaron hasta jotas como Jota final, que por fortuna empuja los brazos enhiestos al aire sin ocupar espacio añadido, y entre la inicial 100 Amapolasy la postrer Llevadme a mi Extremadura, macerada por ritmos bailables propios de pistas de autos de choque, norias y algodón de azúcar, toda una celebración de la identidad rural, de las fiestas populares con aquellas cámaras de fotos de las que salía un monigote. No hay misterio en el trío, cuarteto en escena, música popular, aires de rumba “estopera”, rock preñado por Robe Iniesta, versionaron Nada que hacer y la sala fue una incubadora de futuros acufenos, un poquito de funky, Pa qué me llamas, que siempre cosquillea y leves aires rítmicos de hip hop en piezas como Intacto, donde el grupo, con indisimulado acento, canta a la necesidad de proteger la vida de esos almacenes de olvido que son los pueblos. Siempre con aire de celebración, aunque se narrase cómo el tiempo deseca los territorios “pasan los años deprisa, y la prisa va secando las flores, que el tiempo a veces no avisa y cada vez somos menos en los bares”, cantaron en Septiembre, siendo esos espacios de la periferia lugares de encuentro estival de quienes hubieron de marchar a la ciudad en busca de oportunidades, como reflejó La brecha. Llaneza para explicar vidas llanas. Llaneza con orgullo del que ha sido estigmatizado por llano.. Sin misterios pues, pero con el sentido común de quien tiene los problemas encima, de quien ha crecido con Estopa y Extremoduro y también se ha dejado atropellar por la música trance en una cochera, ha escuchado jotas y su ramen es un buen potaje. Ese mundo menguante que reflejaban los azulejos del Nitrato de Chile. Y tuvo todo el sentidoque esa reivindicación de la resistencia tuviese lugar en Salamandra, otra aldea gala que sobrevive a los cierres de las salas de conciertos. David Lafuente, su responsable, ponía palabras a la situación: “como esto siga así a las salas que no están en grandes ciudades sólo nos quedará el tardeo y los grupos de versiones y tributo, que aún no van a festivales”. De momento Salamandra aguanta, tiene incluso planes de expansión y se reafirma con conciertos como el de Sanguijuelas, que junto a Buzzcocks, La Habitación Roja y The New Raemon entre otros, forman parte del cartel del Let’s Festival.
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