Timothée Chalamet debería dejarse caer por Múnich en verano para comprobar con sus propios ojos que lo que afirmó hace unos meses en la Universidad de Texas —“No quiero trabajar en el ballet o en la ópera, o en cosas que son como “Eh, hay que mantener esto vivo, a pesar de que ya no haya nadie a quien siga importándole”— es una soberana estupidez. Y es que aquí, semana tras semana, día tras día, miles de personas acuden al Festival de la Ópera Estatal de Baviera, un banquete constante que se sirve en varios escenarios de la ciudad y que convierte a la capital bávara durante un mes y medio en el mayor centro operístico mundial. ¿Por qué habrían de acudir en tropel, llenando los teatros un día sí y otro también, si no les importara el espectáculo por el que pagan con gusto una entrada y que aplauden larguísimamente casi cada tarde? Seguir leyendo
El gran festival de la capital bávara presenta en su recta final cuatro óperas que encarnan por sí solas otros tantos momentos decisivos de la historia del género
Timothée Chalamet debería dejarse caer por Múnich en verano para comprobar con sus propios ojos que lo que afirmó hace unos meses en la Universidad de Texas —“No quiero trabajar en el ballet o en la ópera, o en cosas que son como “Eh, hay que mantener esto vivo, a pesar de que ya no haya nadie a quien siga importándole”— es una soberana estupidez. Y es que aquí, semana tras semana, día tras día, miles de personas acuden al Festival de la Ópera Estatal de Baviera, un banquete constante que se sirve en varios escenarios de la ciudad y que convierte a la capital bávara durante un mes y medio en el mayor centro operístico mundial. ¿Por qué habrían de acudir en tropel, llenando los teatros un día sí y otro también, si no les importara el espectáculo por el que pagan con gusto una entrada y que aplauden larguísimamente casi cada tarde? La calidad del festival es, año tras año, tan alta que pueden elegirse al azar casi cualesquiera fechas con la certidumbre de que lo que se ofrezca en esos días revestirá sin duda un gran interés y estará tocado y cantado por una orquesta y unos solistas vocales de primerísima línea. Este año la bola ha caído casi al azar sobre los cuatro últimos días del festival, que van a permitir repasar otros tantos capítulos fundamentales de la historia de la ópera, en un recorrido que nos lleva desde una ópera barroca en italiano estrenada en Londres (Alcina de Handel) hasta una de las máximas exponentes de la grand opéra francesa (Faust de Gounod), pasando por el título fundacional de la ópera romántica alemana (Der Freischütz de Weber) y uno de los melodramas más perfectos de la ópera italiana (Rigoletto de Verdi). Tres de ellas tienen como sustancia literaria inicial, más o menos transformada, obras capitales de tres grandes literaturas europeas: la italiana (Orlando furioso, de Ludovico Ariosto), la alemana (Fausto, de Johann Wolfgang von Goethe) y la francesa (Le roi s’amuse, de Victor Hugo), aunque las nacionalidades se transmutan e intercambian si nos fijamos en sus compositores: en el mismo orden, y en un ejercicio de europeísmo sabiamente entendido, un alemán en activo en Gran Bretaña, un francés y un italiano. ¿De verdad que “ya no hay nadie a quien siga importándole” todo esto, con casi tres siglos de feliz supervivencia a sus espaldas, si partimos del estreno de Alcina en el Covent Garden de Londres el 16 de abril de 1735? En nuestra Edad de la Impudicia, en la que no paran de hacerse públicas a diario millones de palabras e imágenes que nunca deberían haber traspasado el ámbito estrictamente privado, memeces como la de Chalamet están, para infortunio de todos (incluidos quienes las difunden), a la orden del día. Jeanine de Bique (Alcina) observa desde lo alto su salón/isla.Geoffroy SchiedLa Alcina handeliana tiene como protagonista a una hechicera que impone su ley en una isla llena de encantos naturales a la que atrae a los hombres para converti
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