El análisis genético de los enterrados en una maqbara de Ibiza desvela que la mayoría tenían ancestros tanto europeos como norteafricanos
Los musulmanes tardaron dos siglos en llegar hasta Ibiza desde que entraran en la península ibérica en el 711. Durante ese tiempo, además de conquistar tierras a los visigodos, debieron mezclarse con los lugareños. Es lo que desvela el análisis genético de los enterrados en un cementerio musulmán, o maqbara. Recuperados deprisa y corriendo de una calle de la capital ibicenca por necesidades urbanísticas, los restos han sido analizados ahora genéticamente. Los resultados, publicados en Nature Communications, muestran que los allí inhumados tenían orígenes de medio mundo conocido: ibérico, europeo occidental, mucho gen norteafricano, dos que venían de más allá del Sahara, pero ningún árabe.
En el número 33 de la ibicenca calle Bartomeu Vicent Ramon, mientras se realizaban unas obras para levantar un nuevo residencial donde estuvo el viejo edificio de los sindicatos, descubrieron un antiguo cementerio y de los grandes. Contabilizaron 125 cuerpos enterrados allí durante la Edad Media. La mayoría yacían sin seguir un patrón de enterramiento y en hasta tres niveles, lo que indica que lo usaron durante décadas o siglos. Los inhumados lo fueron directamente en la tierra, algo que ya daba pistas de su origen musulmán. Distintas fatuas de los tiempos de Al-Ándalus reprueban el uso de ataúdes o ser enterrado con algún tipo de ajuar.
Una década después de desenterrarlos, un amplio grupo de científicos han buceado en su genética para saber quiénes eran y de dónde venían. Aunque empezaron con los restos de 40 individuos, solo pudieron extraer suficiente material genético de la dentadura de 13 de ellos. Eran cuatro mujeres, nueve hombres y ningún niño. De su estudio osteopatológico, se descarta que alguno muriera de forma violenta. Gracias a la datación mediante carbono-14, se sabe que fueron enterrados en distintos momentos entre los siglos X y XII, en los que Ibiza fue parte del califato de Córdoba primero, la taifa de Denia después, para caer bajo los dominios sucesivos del imperio almorávide y el almohade después, hasta su conquista en 1235 por la corona de Aragón.

“Es difícil desligarse del contexto, de que es un cementerio musulmán, porque se ve claro por el tipo de enterramiento”, dice Ricardo Rodríguez Varela, del Centro de Paleogenética (CPG) de la Universidad de Estocolmo (Suecia) y primer autor del estudio. “Pero si no lo supiéramos, lo que vemos al analizar la genética de estos 13 individuos es que solo uno es completamente norteafricano, hay dos subsaharianos, otros dos tienen una ancestría más europea y los demás están mezclados, con un gradiente entre más norteafricano y más ibérico”, resume. No han encontrado rastro de ascendencia árabe. Tampoco debe extrañar; las gentes del antiguo califato omeya fueron una minoría entre los que cruzaron el estrecho.
Los dos de raza negra, cuyo acervo genético indica que pertenecían a grupos muy distantes, uno de la región de Senegambia, y otro del sur de lo que hoy es Chad, fueron enterrados en una fase tardía. Esto encajaría con los relatos de los escritos árabes que mencionan la participación de contingentes subsaharianos en las incursiones almorávide y almohade sucesivas del siglo XII. Los dos de marcada ancestría europea enterrados en una maqbara solo podían ser muladíes, hispanovisigodos locales o llegados de la Península convertidos al islam. Pero son los otros siete los que muestran el mestizaje en Al-Ándalus.
“Si tu madre es del África subsahariana y tu padre danés, al nivel de cromosoma, tú tendrás grandes fragmentos, porque solo ha habido una recombinación, en ti; y como son muy diferentes genéticamente, es muy fácil distinguirlos”, explica Rodríguez Varela. “A medida que van pasando generaciones, si te vas mezclando solo con daneses, y no vuelves a tener ningún contacto con un africano, se hacen cada vez más pequeñitos los otros fragmentos, porque se van diluyendo y estremezclando. Según ese tamaño, puedes estimar las generaciones atrás que hubo en esa mezcla”, termina el investigador.

“El mestizaje es muy reciente, entre 2,5 y 7,8 generaciones”, destaca Glenda Graziani, arqueóloga de la Universidad Autónoma de Barcelona y coautora del estudio. Eso apunta a que podrían ser descendientes de personas locales que se mezclaron con los llegados de la Península o cuyo mestizaje fue peninsular, pero siempre en décadas recientes. Graziani fue una de las responsables de la excavación de urgencia del cementerio musulmán hace más de una década. “Se llama arqueología preventiva; la normativa balear obliga a prospecciones previas antes de edificar”, recuerda. Y es que la maqbara solo sería una parte de una necrópolis aún mayor que hay debajo del centro de Ibiza (ver imagen aérea). “Toda la ciudad es un yacimiento arqueológico”, destaca la investigadora. De la década pasada son los estudios osteológicos, pero solo la genética ha podido exprimir toda la información.
Lo recuerda Almudena García, antropóloga de la Sociedad de Ciencias Aranzadi: “El estudio genético aporta detalles sobre la diversidad de población en la isla en esos tiempos, y sus vínculos con Europa, el norte de África y el Sahel, que no podríamos conocer con precisión únicamente con fuentes históricas y arqueológicas”. Para la investigadora, coautora de un estudio sobre un viejo sonajero, su dueño y su madre fusilada en la Guerra Civil hace unos años, destaca que trabajos como el de este cementerio musulmán “demuestran la necesidad de interdisciplinariedad en los estudios sobre poblaciones del pasado”.
Los autores también han podido realizar un estudio metagenómico buscando patologías que no dejaron marcas visibles en sus huesos o dientes. Lo que han descubierto es que uno de los individuos tenía incrustado en su genoma genes de Mycobacterium leprae, la bacteria causante de la lepra. Es el primer caso confirmado por la genética de esta enfermedad en Al-Ándalus. Por los demás, la cepa es la misma que circulaba por la Europa cristiana entonces. “Lo interesante aquí”, apostilla Rodríguez Varela, “es que no hicieron distinciones y lo enterraron como a los demás”.
La lista de enfermedades que han encontrado es más larga. Uno de los enterrados tenía hepatitis B y otros seis, casi todo apunta a que también, pero la menor resolución de sus lecturas no les permite ser rotundos. Otros cuatro tenían o habían pasado una infección por parvovirus b19, un virus de identificación relativamente reciente (1974), pero que ya circulaba por la Europa medieval. En otro de los casos, el enfermo murió teniendo una neumonía de origen probablemente tuberculoso.
Para Graziani, la arqueóloga, los estudios de la genética del pasado “permiten una mirada microscópica sobre cómo eran esas gentes, cómo vivían, cómo enfermaban y cómo morían”.
EL PAÍS
Los musulmanes tardaron dos siglos en llegar hasta Ibiza desde que entraran en la península ibérica en el 711. Durante ese tiempo, además de conquistar tierras a los visigodos, debieron mezclarse con los lugareños. Es lo que desvela el análisis genético de los enterrados en un cementerio musulmán, o maqbara. Recuperados deprisa y corriendo de una calle de la capital ibicenca por necesidades urbanísticas, los restos han sido analizados ahora genéticamente. Los resultados, publicados en Nature Communications, muestran que los allí inhumados tenían orígenes de medio mundo conocido: ibérico, europeo occidental, mucho gen norteafricano, dos que venían de más allá del Sahara, pero ningún árabe.. Seguir leyendo
