Quien se abre al viaje sabe que el hogar es solo el lugar donde por fin se entiende lo que costó llegar. De allí que exija valor, pues supone descenso y desgarro
En la gala anual de 1985 del National Arts Club, en Nueva York, George Lucas subió al escenario para rendir homenaje a quien recibió esa velada la Medal of Honor for Literature, el escritor y mitólogo estadounidense Joseph Campbell. Reconocida es la influencia que la lectura de El héroe de las mil caras (1949) suscitó en la creación de Una Nueva Esperanza, la película con que Lucas daría comienzo a la saga Star Wars. De allí que no dudara en referirse a Campbell, durante su discurso, como «mi Yoda».. En dicha obra, Campbell planteó su tesis del monomito, la narrativa mítica a la que ha de someterse cada héroe de la literatura: el modelo universal del viaje en virtud del cual el personaje principal abandona lo ordinario y lo conocido, atraviesa un umbral de pruebas, aventuras y enfrentamientos para, finalmente, regresar a casa bajo un nuevo ropaje, con nuevos conocimientos y otra manera de apreciar el mundo. Lucas encontró en esta estructura la forma que necesitaba para configurar su universo galáctico. Tres años después, Campbell reconocería en Star Warsla prueba de que el mito seguía vivo, de que sí era posible traerlo de vuelta en un tiempo desencantado y huérfano de héroes. Una galaxia muy lejana hizo falta para devolver a Occidente la raíz de su herencia narrativa.. Cuarenta años después, este mismo modelo vuelve a nuestra contingencia de la mano de Odiseo. Sobran los motivos para justificar y avalar el éxito que ha tenido la película de Christopher Nolan. Pero más allá de los actores, la tecnología, la música y las imágenes con que se nos presenta esta milenaria historia, cabría preguntarnos si acaso hay algún otro elemento, más allá del placer por ver una buena película, que explique por qué, súbitamente, nos hemos vuelto a sentir interpelados y atraídos por este relato. En otras palabras: ¿Qué necesidad de nuestro tiempo viene a colmar el regreso de Ulises? ¿Se justifica por el mero hecho de tratarse de una obra imperecedera, o más bien delataría, de alguna manera, una ausencia, el reconocimiento de una cierta orfandad —de épica, de aventura, de misterio divino y horizonte trágico— que hemos aprendido a no nombrar?. A lo largo de la historia, múltiples voces han alertado y lamentado esta carencia. A mediados del siglo XVIII, los primeros románticos, imbuidos de fascinación hacia la Antigüedad homérica y presocrática, se lamentaban ante el «tiempo de penuria» (dürftiger Zeit) propio de la modernidad: aquel donde la oscuridad de la noche refleja la ausencia de los dioses idos. El Hiperión de Hölderlin o Los dioses de Grecia de Schiller cantan esta orfandad. La excesiva confianza hacia la razón ilustrada, de la mano de una entrega absoluta al progreso de la ciencia, habrían terminado por exiliar el manto de divinidad que barnizaba nuestra relación con el cosmos, relegando al hombre moderno a una indigencia fría y ciega.. Siglos más tarde, Max Weber hablará, de un «desencantamiento del mundo» (die Entzauberung der Welt) para abordar esta temática: el proceso de «desacralización» y «des-magización» a través del cual la ciencia, la burocracia y las religiones monoteístas (el profetismo judaico, el cristianismo y la Reforma) fueron marginando y excluyendo aquellos espacios de lo mundano donde anidaba y se resguardaba el misterio y lo sobrenatural. Bajo este influjo, la naturaleza habría quedado desarraigada de todo velo, relegada al mecanicismo y agotada en el cálculo de leyes universales abstractas. Así, por las calles de nuestra modernidad «cenicienta y algo marchita», ninguna deidad desciende ya a caminar, dejándonos en la creencia de que «estamos en un impasse, aguardando a que llegue la vida, esa vida que está en otra parte». Nuestro tiempo es uno de «larga espera y aburrimiento», ha escrito el filósofo español Manuel Barrios.. Sin embargo, perdido el fulgor de lo divino, el periplo de Ulises insinuaría el susurro de una esperanza: esa llamada hacia la apertura que es, al mismo tiempo, transformación del espíritu, pues su viaje es, también, interior, así como lo es el descenso de Dante hacia el Infierno. He ahí su épica, la confrontación trágica con la vida. Impregnado de la nostalgia por este espíritu ya marchito, Nietzsche alzará la consigna de abrirnos «¡a la mar!», interpelándonos a «enviar nuestros navíos hacia mares no explorados» como antídoto ante la penuria y el desencanto nihilista. «Vivir peligrosamente», abierto hacia la afirmación dionisiaca, permitiría contrarrestar y combatir la amnesia de los últimos hombres.. Ya en el siglo XX, y consciente de la interioridad subyacente al relato, Constantino Cavafis escribió Ítaca, poema en donde nos sugiere que los lestrigones, cíclopes y el «airado Poseidón» no aparecerán en el camino a nuestra Ítaca si uno no los lleva en su alma, si nuestra alma, dicho en sus palabras, «no los alza ante sí». Por esto, el bardo alejandrino desea que el camino de regreso sea largo, que Ítaca no llegue demasiado pronto, porque la isla no tiene otra cosa que darnos que el viaje mismo; es él, finalmente, quien nos torna sabios, permitiendo comprender qué significa Ítaca: una educación en la finitud, no una meta que apremia, sino una travesía que esculpe el espíritu en aras del renacimiento, eso que los griegos designaban con la palabra palingenesia.. Quien se abre al viaje sabe que el hogar es solo el lugar donde por fin se entiende lo que costó llegar. De allí que exija valor, pues supone descenso y desgarro. El espíritu libre de Odiseo ha de cargar con esta tragedia, ya que el naufragio y la pérdida de las propias naves es el precio a pagar por toda transformación verdadera. Y así también ocurre en toda vida: dejar ir el control y rendirse suponen un ejercicio espiritual que conlleva asumir que habremos de quemarnos en nuestro propio fuego si queremos renovarnos. Tal vez sea eso lo que nos vuelve a convocar del relato homérico: no el mero recuerdo de un heroísmo perdido, sino también la memoria enterrada de que toda vida épica exige un afuera, un riesgo y un coste, así como el reconocimiento de la sospecha, apenas confesada, de que hemos edificado con enorme diligencia un mundo diseñado para evitarnos estas incomodidades.. Aquí radicaría una lección para los espectadores: que nuestra verde y humilde Ítaca no sea tanto destino, querer llegar y constante afán en buscar la vida en otra parte, sino que sea más bien pregunta que abre sendero, donde cobran valor los pasos que damos y aquello que el camino deposita en el alma del viajero antes que la propia cumbre. Nuestras sirenas, Circes y Calipsos, así como nuestros desvíos y esperas, más que obstáculos, configuran la esencia misma de toda exploración. Sea sueño, amor o vocación, no se trata de ir hacia una Ítaca, sino de que esta sea impulso y salto, descubrimiento y danza sobre el abismo. Fuerza que ha de llevarnos al autoconocimiento, a descubrir quiénes somos y, más importante aún, quiénes podemos llegar a ser.. A partir de todo esto, ¿qué tesoro nos lega el viaje de Ulises? Tantos como lo demuestra el mero hecho de que después de casi tres mil años sigamos refugiándonos en él. Una exploración que culmina en un yo transformado, uno que retorna a los ojos de Argos con nueva mirada y espíritu libre. Pero, para que ello acontezca, hemos de perdernos y estar dispuestos a rendirnos. Valiente es quien ama su porvenir: solo así habremos de regresar a nosotros mismos y a esa divinidad olvidada que se cobija en nuestro espíritu, pues Ítaca es una isla depositada en el corazón de la propia condición humana.. Pedro Villarino Fresno es profesor investigador de Faro UDD y doctor (c) en Filosofía de la Universidad Complutense de Madrid
En la gala anual de 1985 del National Arts Club, en Nueva York, George Lucas subió al escenario para rendir homenaje a quien recibió esa velada la Medal of Honor for Literature, el escritor y mitólogo estadounidense Joseph Campbell. Reconocida es la influencia que la lectura de El héroe de las mil caras (1949) suscitó en la creación de Una Nueva Esperanza, la película con que Lucas daría comienzo a la saga Star Wars. De allí que no dudara en referirse a Campbell, durante su discurso, como «mi Yoda».. Seguir leyendo
