Un buen toro como guinda a una imponente corrida de Zahariche en tierra de nadie; profesionalidad y entrega de Manuel Escribano (oreja y vuelta), que pudo salir a hombros; insufrible Colombo (oreja) Leer
Un buen toro como guinda a una imponente corrida de Zahariche en tierra de nadie; profesionalidad y entrega de Manuel Escribano (oreja y vuelta), que pudo salir a hombros; insufrible Colombo (oreja) Leer
Fue la penúltima tarde de la Feria del Toro más larga que un miura, interminable: tres horas de función. La corrida disto mucho de la interesante miurada lidiada en Sevilla, también mayoritariamente cárdena, donde hubo de todo, desde dos toros de bravura notable y moderna (sobre todo Lamparillo) a otros con el sello del demonio de la casa. Pero en esta corrida pamplonesa no saltó ni el bravo de verdad ni el malo auténtico de Zahariche: se quedó en tierra de nadie con toda su imponente fachada a cuestas, trasteable, pidiendo méritos a los toreros, sin romper ni por un extremo ni por otro. Sólo el último toro, el único castaño, con otras hechuras y otro estilo (Merecido), apuntó hacia la bravura del siglo XXI. Manuel Escribano cortó con profesionalidad una oreja y pudo cortar otra, y Jesús Enrique Colombo se embolsó otro trofeo en una actuación insufrible.Un cinqueño, el único, había abierto la corrida miureña, un toro cárdeno, despegado del piso pero no alto, muy largo, sin exageraciones. Apenas quiso caballo, ni humilló, y tampoco se dio en la muleta más que con medios viajes. Contó con un manejo sin maldad, eso sí. A Manuel Escribano le entregaron una oreja al conjunto, supongo: se fue a porta gayola, compartió banderillas con Jesús Enrique Colombo —niquelado el par quebrado al violín—, se mostró inteligente para darle distancia al principio, pasarlo con seguridad después y despedirse por manoletinas. Lo mató con un eficaz espadazo, y de ahí el premio.Subía mucho en la escala de Miura el siguiente de su lote, de esos de Zahariche que nacen con la legendaria vértebra más; más nervio que poder y bravura. Manuel Escribano volvió a darlo todo desde que se fue a la puerta de toriles de nuevo. Un tercio de banderillas con desigual reunión en cuatro pares, una faena valerosa, meritoria y abundante para muletear aquella cara tan suelta. Media estocada pasada y mortal. No atendió la presidencia la petición, sin mucha coherencia: si le había dado la anterior oreja, puede que hubiera más argumentos ahora. Paseó la vuelta al ruedo.Pamplona es la única plaza en el mundo en la que un toro se puede partir un pitón y que no se percate casi nadie. Le sucedió al imponente tercero al rematar contra un burladero en el tercio de banderillas entre Colombo —»Fuerza Venezuela», se había leído escrito en su capote— y Escribano. Como no se desprendió el cuerno —y reglamentariamente tampoco había nada que hacer—, el venezolano siguió con la lidia del miura, que se movió y obedeció por la mano derecha. Cómo lo hizo el toro ya fue otra cuestión, y cómo resolvió el torero, otra. Cada cosa iba allí por su lado. Alardes bajo el sol, manoletinas, un aviso y un impepinable espadazo. Otra oreja con el argumento de la eficacia estoqueadora.Como si a la corrida no le sobrasen tiempos muertos, J. E. Colombo inició diálogos absurdos con los tendidos de sol precisamente con el castaño sexto, el que apuntó más
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