Tanto si tienes pensado visitar la capital nipona, como si te apetece escapar de la realidad, esta guía, y las novelas en las que está basada, hacen un recorrido por los barrios imprescindibles de la ciudad niponaUn viaje al fin del comunismo en Albania: recorremos el país y su historia con la literatura de Lea Ypi como guía Aunque el fluir de personas en el cruce de Shibuya es hipnótico y fascinante, reducir Tokio a la marabunta de gente cruzando un paso de cebra sería tan absurdo como reducir Londres al cruce de Abbey Road. Cada barrio posee una arquitectura y una atmósfera diferentes, con planes específicos y hasta una gastronomía particular que es recomendable descubrir con calma. Tanto si tienes pensado visitar la capital nipona, como si te apetece escapar de la realidad, esta guía, y las novelas en las que está basada, hacen un recorrido por los barrios imprescindibles de Tokio, desde los más vibrantes como Shinjuku hasta las joyas ocultas como Jimbocho. Haruki Murakami y Tokio Blues: Shinjuku Shinjuku es uno de los distritos más frecuentados de Tokio. Su estación de metro ostenta el Récord Guinness de las más concurridas del planeta, con un tránsito promedio de 2,7 millones de pasajeros al día. Entre la multitud encontramos a los famosos salarymen (oficinistas uniformados) que caminan hacia sus despachos como una flecha; turistas con cara de pánico arrastrados por la marea humana; amigas de mediana edad cargadas con bolsas tras una tarde de compras, cada una con un sombrero más chic; jóvenes de pelo platino absortos en sus videojuegos y mujeres jóvenes, paraguas en mano, falda corta y plataformas que se dirigen a una cita. A pesar del gentío, el suelo está impecable, el olor es neutro (a no ser que pases ante un puesto callejero) y todo funciona con una organización milimétrica. Golden Gai. Además de sus neones, salas de recreativos y puestos de yakitori (brochetas a la parrilla), uno de los lugares más icónicos de este distrito es el Golden Gai. Se trata de un entramado de callejones estrechos repletos de carteles luminosos y bares diminutos con apenas una barra y unos cuantos taburetes para tomar una copa. No todos admiten turistas (conviene fijarse si hay carteles en inglés en la puerta), ya que es uno de los refugios predilectos de los locales para desestresarse lejos del bullicio. Algunos, como el protagonista de Tokio Blues, necesitan una vía de escape como esta para huir de la obsesión entre dos mujeres: Naoko, que representa un pasado oscuro, y Midori, que le ofrece un presente luminoso. “Después de la clase de alemán, subimos al autobús, fuimos hasta Shinjuku y entramos en un bar llamado DUG situado en uno de los subterráneos de detrás de la librería Kinokuniya, donde pedimos dos vodkas con tónica. —Vengo a veces. Aquí no te sientes incómoda bebiendo durante el día. —¿Tienes por costumbre beber durante el día? —No, solo a veces. —Hizo tintinear el hielo del vaso—. A veces, cuando el mundo empieza a angustiarme, me paso por aquí y me tomo un vodka con tónica“ Tokio Blues, Haruki Murakami En Shinjuku también se encuentran los legendarios templos del jazz. El DUG Jazz Cafe & Bar, esa taberna subterránea que el propio Murakami visitaba de joven y que inmortalizó en su novela, hoy funciona como cafetería de día y bar de noche con un ambiente bohemio. Si buscas música en directo, el Shinjuku Pit Inn es el trampolín y hogar de los mejores músicos nipones de este género. Sin embargo, nuestra joya oculta favorita está en el Golden Gai: se llama Papa’s Dream. Tras subir por unas escaleras empinadas, te recibirá el amable Nobu-san luciendo una camiseta con el título de la novela de Murakami. Allí puedes degustar un buen whisky japonés o un vodka tonic mientras escuchas vinilos de John Coltrane y saboreas un cuenco de crujientes kaki-pi (galletas de arroz y cacahuetes). Satoshi Yagisawa y Mis días en la librería Morisaki: las librerías de viejo de Jimbocho Mis días en la librería Morisaki, de Satoshi Yagisawa, es una carta de amor a Jimbocho, un barrio pequeño y coqueto cercano al Palacio Imperial. Al recorrer su calle principal y alrededores, encontramos librerías de viejo abarrotadas hasta el techo, con ese reconfortante olor a papel antiguo y clasificadas por temáticas: guiones de teatro, manga, fotografía o literatura clásica. Con más de ciento cincuenta establecimientos, se trata de uno de los oasis literarios más grandes del mundo, muy apreciado por intelectuales desde la era Meiji. “Era el rincón de una ciudad donde se respiraba un aire de otros tiempos, ya fuese en las calles principales o en los callejones: con todas esas librerías viejas, las cafeterías y esos bares de otro mundo, te daban ganas de visitarlo todo. El barrio estaba inmerso en un ambiente único, lento; no había ni rastro de ese frenesí del que tanto había intentado huir.” Mis días en la librería Morisaki, Satoshi Yagishawa Además de las tiendas, el barrio es conocido por sus cafeterías retro (como Passage bis! Books and Cafe) donde disfrutar de una bebida caliente y un postre, quizá unas tostadas francesas con ese pan grueso que se deshace como mantequilla y que los japoneses acompañan de helado o miel. Para comer, la especialidad local es el katsu curry, una receta fragante de cerdo empanado sobre arroz bañado en una salsa densa y especiada. Jimbocho. La novela de Satoshi Yagishawa es la forma ideal de conocer el barrio sin moverse del sofá. Solo hay que seguir los pasos de Takako, quien llega a Jimbocho tras un desengaño amoroso para regentar la librería de su tío; es entre esos volúmenes y la atmósfera acogedora de sus calles donde comienza a sanar sus heridas. Banana Yoshimoto y Moshi Moshi: Shimokitazawa y sus tiendas de segunda mano Shimokitazawa es el barrio hipster por excelencia. Se trata de un híbrido entre el Williamsburg neoyorquino y el Shoreditch londinense, pero con un inconfundible sello nipón. Sus calles están atestadas de tiendas de ropa de segunda mano, cafeterías de diseño y grafitis. Muchos locales operan dentro de estructuras metálicas de colores que recuerdan contenedores marítimos, ofreciendo propuestas gastronómicas internacionales y creativas. Y sí, aquí se esconde también Shiro-Hige’s Cream Puff Factory, la famosa cafetería autorizada que hornea los icónicos bollos de crema con la forma de Totoro (el protagonista de la famosa película del Studio Ghibli Mi vecino Totoro). “El desorden de calles y edificios, que parecen haber sido dejados para esparcirse y crecer sin ningún pensamiento; a veces parecen muy hermosos, como un pájaro comiendo una flor, o un gato saltando con gracia desde una altura. Siento que lo que podría parecer a primera vista descuido y desorden, en realidad expresa las partes más puras de nuestro inconsciente”. Moshi Moshi (Banana Yoshimoto) Shimokitazawa. A pesar de la gentrificación galopante, el barrio conserva cierto encanto. Adorado por japoneses y extranjeros, las colas frente a sus restaurantes de curry son muy largas. Cuesta imaginarse hoy estas calles como el oasis de silencio que describe Yoshimoto para Yoshie y su madre, quienes eligen este rincón para superar el duelo tras la muerte de su padre. Si buscas ese Tokio más residencial y pausado que evoca la novela, sería recomendable tomar un desvío hacia el distrito tradicional de Yanaka Ginza. Michiko Aoyama y Los jueves en la cafetería de Tokio: la cultura cafetera de Tokio en Nakameguro y Kiyosumi Tokio se ha consolidado como una de las grandes mecas mundiales del café de especialidad. Aquí, los baristas preparan la infusión de forma lenta y artesanal, utilizando desde el clásico espresso hasta vistosos sistemas de sifón para extraer lo mejor de granos traídos de Etiopía, Colombia o Ruanda. Dos barrios destacan para abandonarse a este placer pausado. “Un respiro. Respuestas para el corazón. Bajo los cerezos que abrazan el río de Tokio, un pequeño café con tres mesas de madera ofrece más que una bebida: es un refugio.” Los jueves en la cafetería de Tokio, Michiko Aoyama El primero es Nakameguro, un barrio pegado al río Meguro, especialmente bello en primavera, cuando sus cerezos florecen y el paisaje se tiñe de rosa pastel. Sus calles son tranquilas, con tiendas de dulces, restaurantes y cafeterías en las que disfrutar de un buen café de especialidad. Cerca de la orilla, Switch Coffee con su atmósfera relajada, ofrece buenos espressos y lattes que pedir para llevar antes de seguir el paseo. Para café de sifón, Onibus Coffee tiene variedades internacionales y un espacio al aire libre muy agradable para tomarlo con calma. Nakameguro. El segundo distrito es Kiyosumi. Tras visitar su precioso jardín de la época Edo, diseñado con un cuidado y precisión exquisita, la parada obligatoria es iki Roastery and Eatery, donde el café es tan delicado como su bollería francesa. Para los muy cafeteros, Koffee Mameya Kakeru ofrece un menú degustación omakase bajo reserva previa, mientras que Rikashitsu Coffee Distillery parece más un laboratorio químico que un despacho de bebidas: su café se filtra gota a gota a través de un sistema de cristal en un proceso que llega a tardar ocho horas. “El señor del lunar entró en la barra. Gotita a gotita, me hizo un café de sifón mientras yo lo observaba fijamente. […] De la taza, hecha de cerámica sin esmaltar, emanaba un aroma exquisito. Di un sorbo y un sabor delicado, pero a su vez intenso, se apoderó de mi paladar”. Los jueves en la cafetería de Tokio, Michiko Aoyama Jardines japoneses en Kiyosumi. La novela de Aoyama, que entrelaza doce historias conectadas por la calidez de un café de barrio, es el acompañante perfecto para esta ruta. Sayaka Murata y La dependienta: las tiendas de conveniencia Las tiendas de conveniencia o konbinis, son una pieza clave en la vida cotidiana de los japoneses. La mayoría están abiertos 24 horas, los siete días de la semana y aunque algunos están regentados por particulares, la mayoría pertenecen a estas tres multinacionales: 7-Eleven, Family Mart y Lawson. Tienda de conveniencia local. Los establecimientos ofrecen una gran selección de productos pero su punto fuerte son los platos preparados. Desde los clásicos sándwiches de tortilla japonesa (tamago sando) o de cerdo empanado (katsu), ensaladas y sopas instantáneas, hasta los famosos bentos, cajas con compartimentos que incluyen fideos o arroz, carne o pescado cocinados y alguna verdura cocida o encurtida. También hay onigiris (triángulos de arroz rellenos de, por ejemplo, atún con mayonesa o huevas de pescado), sushi o productos fritos (como pollo o patata) que se pueden solicitar junto a la caja. “Una tienda de conveniencia es un mundo lleno de sonidos. Desde el tintineo del carillón que anuncia la entrada de un cliente hasta el pitido del escáner de códigos de barras al pasar los productos. Voces que dan la bienvenida, pasos que se alejan, el rumor de los refrigeradores, el crujido de las bolsas de plástico al abrirse… Todos estos estímulos auditivos se mezclan y fluyen por la tienda las veinticuatro horas del día, los trescientos sesenta y cinco días del año, sin detenerse un solo instante.” La Dependienta, Sayaka Murata Cada una de estas cadenas produce su propia línea de dulces, con éxitos de ventas tan claros como el pudin de tofu y el pastel enrollado ‘Premium’ de Lawson, los soufflés de fresa o los mochis (pasta de arroz rellena de judía roja) de FamilyMart, y el flan de calabaza, las cookies de Matcha o los Warabimochi (dulces de gelatina) de 7-Eleven. Una tienda de conveniencia Lawson. Para comprender la importancia sociológica de estos lugares, hay que leer la ácida novela de Sayaka Murata, basada en su propia experiencia como empleada. La historia sigue a Keiko Furukura, una mujer de 36 años que encuentra en las estrictas normas y uniformidad del konbini un manual de instrucciones para mimetizarse con lo que la sociedad considera “una persona normal”, desafiando las expectativas de su familia y amigos. Con La dependienta, Murata nos regala una crítica mordaz al capitalismo productivo y las rigideces de la familia tradicional japonesa. Bonus: Durian Sukegawa y Dorayaki: dónde comer los mejores dorayaki de Tokio No hace falta desplazarse hasta el periférico barrio de Higashimurayama, como en la novela de Durian Sukegawa, para comer los mejores dorayaki de Tokio. Aunque en aquel distrito hay cierta tradición por los dulces y sobas artesanos, la pastelería del libro es una licencia poética. En su lugar, destacamos tres locales accesibles donde degustar este icónico dulce compuesto por dos tapas redondas hechas de bizcocho, rellenas de una pasta dulce de judías rojas (anko). “Hacer pasta de judías dulces significa pasar tiempo con ellas. Es un proceso de paciencia. Primero, hay que lavarlas con delicadeza, como si estuviéramos bañando a un bebé. Luego, cuando se ponen a hervir, no puedes simplemente dejarlas solas; debes observar cómo cambia el agua, cómo se hinchan. El momento en que se añade el azúcar es crucial: no se echa todo de golpe, se hace de forma gradual, permitiendo que las judías se acostumbren a la dulzura. Si te apresuras, la piel se rompe y el alma de la judía se pierde”. Dorayaki, Durian Sukewaga Kamejū, ubicado en el barrio histórico de Asakusa donde se encuentra el templo Senso-ji. En este establecimiento, se ofrecen dos variedades de dorayaki, una con el tradicional relleno de judía roja no muy dulce, que se recomienda maridar con un té verde sin azúcar, y la pasta de judía blanca mucho más empalagosa, no apta para todos los paladares. Suzumeya, en Ikebukuro, es un pequeño puesto cerca de la estación de metro fundado en 1937 y con una selección de dulces artesanos que van desde las monakas (pasta de judías emparedada por dos barquillos hechos de mochi), hasta los famosos dorayaki. Es esa combinación entre la masa esponjosa con la sutil nota de miel y el relleno generoso pero ligero de los dorayaki lo que hace que sus existencias se agoten habitualmente antes del mediodía. Usagiya, en Ueno, es una parada imprescindible antes de visitar el famoso parque, donde los dulces se pueden comprar para llevar. El bizcocho es esponjoso y fragante, pero no demasiado dulce, cediéndole el protagonismo al relleno que, esparcido generosamente, presenta algunas judías enteras. Usagiya Ueno. En el libro, la llegada de la anciana Tokue y su técnica ancestral transforma una anodina tienda que usaba productos industriales en un lugar de peregrinación. Esa misma reverencia por el producto es la que justifica las colas que hoy se siguen formando en estos tres templos de la repostería tokiota.
Aunque el fluir de personas en el cruce de Shibuya es hipnótico y fascinante, reducir Tokio a la marabunta de gente cruzando un paso de cebra sería tan absurdo como reducir Londres al cruce de Abbey Road. Cada barrio posee una arquitectura y una atmósfera diferentes, con planes específicos y hasta una gastronomía particular que es recomendable descubrir con calma. Tanto si tienes pensado visitar la capital nipona, como si te apetece escapar de la realidad, esta guía, y las novelas en las que está basada, hacen un recorrido por los barrios imprescindibles de Tokio, desde los más vibrantes como Shinjuku hasta las joyas ocultas como Jimbocho.
elDiario.es – Novela
Tanto si tienes pensado visitar la capital nipona, como si te apetece escapar de la realidad, esta guía, y las novelas en las que está basada, hacen un recorrido por los barrios imprescindibles de la ciudad niponaUn viaje al fin del comunismo en Albania: recorremos el país y su historia con la literatura de Lea Ypi como guía Aunque el fluir de personas en el cruce de Shibuya es hipnótico y fascinante, reducir Tokio a la marabunta de gente cruzando un paso de cebra sería tan absurdo como reducir Londres al cruce de Abbey Road. Cada barrio posee una arquitectura y una atmósfera diferentes, con planes específicos y hasta una gastronomía particular que es recomendable descubrir con calma. Tanto si tienes pensado visitar la capital nipona, como si te apetece escapar de la realidad, esta guía, y las novelas en las que está basada, hacen un recorrido por los barrios imprescindibles de Tokio, desde los más vibrantes como Shinjuku hasta las joyas ocultas como Jimbocho. Haruki Murakami y Tokio Blues: Shinjuku Shinjuku es uno de los distritos más frecuentados de Tokio. Su estación de metro ostenta el Récord Guinness de las más concurridas del planeta, con un tránsito promedio de 2,7 millones de pasajeros al día. Entre la multitud encontramos a los famosos salarymen (oficinistas uniformados) que caminan hacia sus despachos como una flecha; turistas con cara de pánico arrastrados por la marea humana; amigas de mediana edad cargadas con bolsas tras una tarde de compras, cada una con un sombrero más chic; jóvenes de pelo platino absortos en sus videojuegos y mujeres jóvenes, paraguas en mano, falda corta y plataformas que se dirigen a una cita. A pesar del gentío, el suelo está impecable, el olor es neutro (a no ser que pases ante un puesto callejero) y todo funciona con una organización milimétrica. Golden Gai. Además de sus neones, salas de recreativos y puestos de yakitori (brochetas a la parrilla), uno de los lugares más icónicos de este distrito es el Golden Gai. Se trata de un entramado de callejones estrechos repletos de carteles luminosos y bares diminutos con apenas una barra y unos cuantos taburetes para tomar una copa. No todos admiten turistas (conviene fijarse si hay carteles en inglés en la puerta), ya que es uno de los refugios predilectos de los locales para desestresarse lejos del bullicio. Algunos, como el protagonista de Tokio Blues, necesitan una vía de escape como esta para huir de la obsesión entre dos mujeres: Naoko, que representa un pasado oscuro, y Midori, que le ofrece un presente luminoso. “Después de la clase de alemán, subimos al autobús, fuimos hasta Shinjuku y entramos en un bar llamado DUG situado en uno de los subterráneos de detrás de la librería Kinokuniya, donde pedimos dos vodkas con tónica. —Vengo a veces. Aquí no te sientes incómoda bebiendo durante el día. —¿Tienes por costumbre beber durante el día? —No, solo a veces. —Hizo tintinear el hielo del vaso—. A veces, cuando el mundo empieza a angustiarme, me paso por aquí y me tomo un vodka con tónica“ Tokio Blues, Haruki Murakami En Shinjuku también se encuentran los legendarios templos del jazz. El DUG Jazz Cafe & Bar, esa taberna subterránea que el propio Murakami visitaba de joven y que inmortalizó en su novela, hoy funciona como cafetería de día y bar de noche con un ambiente bohemio. Si buscas música en directo, el Shinjuku Pit Inn es el trampolín y hogar de los mejores músicos nipones de este género. Sin embargo, nuestra joya oculta favorita está en el Golden Gai: se llama Papa’s Dream. Tras subir por unas escaleras empinadas, te recibirá el amable Nobu-san luciendo una camiseta con el título de la novela de Murakami. Allí puedes degustar un buen whisky japonés o un vodka tonic mientras escuchas vinilos de John Coltrane y saboreas un cuenco de crujientes kaki-pi (galletas de arroz y cacahuetes). Satoshi Yagisawa y Mis días en la librería Morisaki: las librerías de viejo de Jimbocho Mis días en la librería Morisaki, de Satoshi Yagisawa, es una carta de amor a Jimbocho, un barrio pequeño y coqueto cercano al Palacio Imperial. Al recorrer su calle principal y alrededores, encontramos librerías de viejo abarrotadas hasta el techo, con ese reconfortante olor a papel antiguo y clasificadas por temáticas: guiones de teatro, manga, fotografía o literatura clásica. Con más de ciento cincuenta establecimientos, se trata de uno de los oasis literarios más grandes del mundo, muy apreciado por intelectuales desde la era Meiji. “Era el rincón de una ciudad donde se respiraba un aire de otros tiempos, ya fuese en las calles principales o en los callejones: con todas esas librerías viejas, las cafeterías y esos bares de otro mundo, te daban ganas de visitarlo todo. El barrio estaba inmerso en un ambiente único, lento; no había ni rastro de ese frenesí del que tanto había intentado huir.” Mis días en la librería Morisaki, Satoshi Yagishawa Además de las tiendas, el barrio es conocido por sus cafeterías retro (como Passage bis! Books and Cafe) donde disfrutar de una bebida caliente y un postre, quizá unas tostadas francesas con ese pan grueso que se deshace como mantequilla y que los japoneses acompañan de helado o miel. Para comer, la especialidad local es el katsu curry, una receta fragante de cerdo empanado sobre arroz bañado en una salsa densa y especiada. Jimbocho. La novela de Satoshi Yagishawa es la forma ideal de conocer el barrio sin moverse del sofá. Solo hay que seguir los pasos de Takako, quien llega a Jimbocho tras un desengaño amoroso para regentar la librería de su tío; es entre esos volúmenes y la atmósfera acogedora de sus calles donde comienza a sanar sus heridas. Banana Yoshimoto y Moshi Moshi: Shimokitazawa y sus tiendas de segunda mano Shimokitazawa es el barrio hipster por excelencia. Se trata de un híbrido entre el Williamsburg neoyorquino y el Shoreditch londinense, pero con un inconfundible sello nipón. Sus calles están atestadas de tiendas de ropa de segunda mano, cafeterías de diseño y grafitis. Muchos locales operan dentro de estructuras metálicas de colores que recuerdan contenedores marítimos, ofreciendo propuestas gastronómicas internacionales y creativas. Y sí, aquí se esconde también Shiro-Hige’s Cream Puff Factory, la famosa cafetería autorizada que hornea los icónicos bollos de crema con la forma de Totoro (el protagonista de la famosa película del Studio Ghibli Mi vecino Totoro). “El desorden de calles y edificios, que parecen haber sido dejados para esparcirse y crecer sin ningún pensamiento; a veces parecen muy hermosos, como un pájaro comiendo una flor, o un gato saltando con gracia desde una altura. Siento que lo que podría parecer a primera vista descuido y desorden, en realidad expresa las partes más puras de nuestro inconsciente”. Moshi Moshi (Banana Yoshimoto) Shimokitazawa. A pesar de la gentrificación galopante, el barrio conserva cierto encanto. Adorado por japoneses y extranjeros, las colas frente a sus restaurantes de curry son muy largas. Cuesta imaginarse hoy estas calles como el oasis de silencio que describe Yoshimoto para Yoshie y su madre, quienes eligen este rincón para superar el duelo tras la muerte de su padre. Si buscas ese Tokio más residencial y pausado que evoca la novela, sería recomendable tomar un desvío hacia el distrito tradicional de Yanaka Ginza. Michiko Aoyama y Los jueves en la cafetería de Tokio: la cultura cafetera de Tokio en Nakameguro y Kiyosumi Tokio se ha consolidado como una de las grandes mecas mundiales del café de especialidad. Aquí, los baristas preparan la infusión de forma lenta y artesanal, utilizando desde el clásico espresso hasta vistosos sistemas de sifón para extraer lo mejor de granos traídos de Etiopía, Colombia o Ruanda. Dos barrios destacan para abandonarse a este placer pausado. “Un respiro. Respuestas para el corazón. Bajo los cerezos que abrazan el río de Tokio, un pequeño café con tres mesas de madera ofrece más que una bebida: es un refugio.” Los jueves en la cafetería de Tokio, Michiko Aoyama El primero es Nakameguro, un barrio pegado al río Meguro, especialmente bello en primavera, cuando sus cerezos florecen y el paisaje se tiñe de rosa pastel. Sus calles son tranquilas, con tiendas de dulces, restaurantes y cafeterías en las que disfrutar de un buen café de especialidad. Cerca de la orilla, Switch Coffee con su atmósfera relajada, ofrece buenos espressos y lattes que pedir para llevar antes de seguir el paseo. Para café de sifón, Onibus Coffee tiene variedades internacionales y un espacio al aire libre muy agradable para tomarlo con calma. Nakameguro. El segundo distrito es Kiyosumi. Tras visitar su precioso jardín de la época Edo, diseñado con un cuidado y precisión exquisita, la parada obligatoria es iki Roastery and Eatery, donde el café es tan delicado como su bollería francesa. Para los muy cafeteros, Koffee Mameya Kakeru ofrece un menú degustación omakase bajo reserva previa, mientras que Rikashitsu Coffee Distillery parece más un laboratorio químico que un despacho de bebidas: su café se filtra gota a gota a través de un sistema de cristal en un proceso que llega a tardar ocho horas. “El señor del lunar entró en la barra. Gotita a gotita, me hizo un café de sifón mientras yo lo observaba fijamente. […] De la taza, hecha de cerámica sin esmaltar, emanaba un aroma exquisito. Di un sorbo y un sabor delicado, pero a su vez intenso, se apoderó de mi paladar”. Los jueves en la cafetería de Tokio, Michiko Aoyama Jardines japoneses en Kiyosumi. La novela de Aoyama, que entrelaza doce historias conectadas por la calidez de un café de barrio, es el acompañante perfecto para esta ruta. Sayaka Murata y La dependienta: las tiendas de conveniencia Las tiendas de conveniencia o konbinis, son una pieza clave en la vida cotidiana de los japoneses. La mayoría están abiertos 24 horas, los siete días de la semana y aunque algunos están regentados por particulares, la mayoría pertenecen a estas tres multinacionales: 7-Eleven, Family Mart y Lawson. Tienda de conveniencia local. Los establecimientos ofrecen una gran selección de productos pero su punto fuerte son los platos preparados. Desde los clásicos sándwiches de tortilla japonesa (tamago sando) o de cerdo empanado (katsu), ensaladas y sopas instantáneas, hasta los famosos bentos, cajas con compartimentos que incluyen fideos o arroz, carne o pescado cocinados y alguna verdura cocida o encurtida. También hay onigiris (triángulos de arroz rellenos de, por ejemplo, atún con mayonesa o huevas de pescado), sushi o productos fritos (como pollo o patata) que se pueden solicitar junto a la caja. “Una tienda de conveniencia es un mundo lleno de sonidos. Desde el tintineo del carillón que anuncia la entrada de un cliente hasta el pitido del escáner de códigos de barras al pasar los productos. Voces que dan la bienvenida, pasos que se alejan, el rumor de los refrigeradores, el crujido de las bolsas de plástico al abrirse… Todos estos estímulos auditivos se mezclan y fluyen por la tienda las veinticuatro horas del día, los trescientos sesenta y cinco días del año, sin detenerse un solo instante.” La Dependienta, Sayaka Murata Cada una de estas cadenas produce su propia línea de dulces, con éxitos de ventas tan claros como el pudin de tofu y el pastel enrollado ‘Premium’ de Lawson, los soufflés de fresa o los mochis (pasta de arroz rellena de judía roja) de FamilyMart, y el flan de calabaza, las cookies de Matcha o los Warabimochi (dulces de gelatina) de 7-Eleven. Una tienda de conveniencia Lawson. Para comprender la importancia sociológica de estos lugares, hay que leer la ácida novela de Sayaka Murata, basada en su propia experiencia como empleada. La historia sigue a Keiko Furukura, una mujer de 36 años que encuentra en las estrictas normas y uniformidad del konbini un manual de instrucciones para mimetizarse con lo que la sociedad considera “una persona normal”, desafiando las expectativas de su familia y amigos. Con La dependienta, Murata nos regala una crítica mordaz al capitalismo productivo y las rigideces de la familia tradicional japonesa. Bonus: Durian Sukegawa y Dorayaki: dónde comer los mejores dorayaki de Tokio No hace falta desplazarse hasta el periférico barrio de Higashimurayama, como en la novela de Durian Sukegawa, para comer los mejores dorayaki de Tokio. Aunque en aquel distrito hay cierta tradición por los dulces y sobas artesanos, la pastelería del libro es una licencia poética. En su lugar, destacamos tres locales accesibles donde degustar este icónico dulce compuesto por dos tapas redondas hechas de bizcocho, rellenas de una pasta dulce de judías rojas (anko). “Hacer pasta de judías dulces significa pasar tiempo con ellas. Es un proceso de paciencia. Primero, hay que lavarlas con delicadeza, como si estuviéramos bañando a un bebé. Luego, cuando se ponen a hervir, no puedes simplemente dejarlas solas; debes observar cómo cambia el agua, cómo se hinchan. El momento en que se añade el azúcar es crucial: no se echa todo de golpe, se hace de forma gradual, permitiendo que las judías se acostumbren a la dulzura. Si te apresuras, la piel se rompe y el alma de la judía se pierde”. Dorayaki, Durian Sukewaga Kamejū, ubicado en el barrio histórico de Asakusa donde se encuentra el templo Senso-ji. En este establecimiento, se ofrecen dos variedades de dorayaki, una con el tradicional relleno de judía roja no muy dulce, que se recomienda maridar con un té verde sin azúcar, y la pasta de judía blanca mucho más empalagosa, no apta para todos los paladares. Suzumeya, en Ikebukuro, es un pequeño puesto cerca de la estación de metro fundado en 1937 y con una selección de dulces artesanos que van desde las monakas (pasta de judías emparedada por dos barquillos hechos de mochi), hasta los famosos dorayaki. Es esa combinación entre la masa esponjosa con la sutil nota de miel y el relleno generoso pero ligero de los dorayaki lo que hace que sus existencias se agoten habitualmente antes del mediodía. Usagiya, en Ueno, es una parada imprescindible antes de visitar el famoso parque, donde los dulces se pueden comprar para llevar. El bizcocho es esponjoso y fragante, pero no demasiado dulce, cediéndole el protagonismo al relleno que, esparcido generosamente, presenta algunas judías enteras. Usagiya Ueno. En el libro, la llegada de la anciana Tokue y su técnica ancestral transforma una anodina tienda que usaba productos industriales en un lugar de peregrinación. Esa misma reverencia por el producto es la que justifica las colas que hoy se siguen formando en estos tres templos de la repostería tokiota.
