En la penumbra nadie es nadie, y la música lo es todo. En un sótano del centro de Madrid, las luces bajas presagian el inicio de una interrupción entre lo que ocurre en las calles, en las pantallas e incluso en los pensamientos de los “40 locos” en la sala. Así les llama Leandro Sabino, una de las mentes creativas detrás de Pausa, sesiones de escucha que funcionan como un paréntesis de la vida hiperestimulada y que reúnen —cada 15 días— a decenas de personas a disfrutar un álbum entero en la completa oscuridad. La escucha sin distracciones (originada en Argentina) se ha extendido de forma gradual a España y ha tenido eco en otras capitales europeas y del otro lado del mundo.. Seguir leyendo
Iniciativas culturales en Madrid y Barcelona impulsan experiencias inmersivas sin pantallas con las que buscan recuperar la atención y la dimensión emocional de los discos
En la penumbra nadie es nadie, y la música lo es todo. En un sótano del centro de Madrid, las luces bajas presagian el inicio de una interrupción entre lo que ocurre en las calles, en las pantallas e incluso en los pensamientos de los “40 locos” en la sala. Así les llama Leandro Sabino, una de las mentes creativas detrás de Pausa, sesiones de escucha que funcionan como un paréntesis de la vida hiperestimulada y que reúnen —cada 15 días— a decenas de personas a disfrutar un álbum entero en la completa oscuridad. La escucha sin distracciones (originada en Argentina) se ha extendido de forma gradual a España y ha tenido eco en otras capitales europeas y del otro lado del mundo.. Pausa es un concepto musical que nació de la cabeza de dos bonaerenses emigrados a Madrid ante la necesidad de detenerse. Así lo explica Ilan Kazez, gestor cultural y periodista que en cada sesión aporta el contexto necesario para completar la escucha sensorial. La premisa es sencilla porque el nombre lo indica: parar. Parar para sentir, para tomar conciencia, para compartir, para escuchar. Kazez y Sabino lo conciben como una forma de frenar: “En un mundo hiperestimulado, donde nos han obligado al multitasking [las multitareas], nosotros invitamos a desconectar, a estar presentes y a disfrutar”.. Desde la izquierda, Ilan Kazez y Leandro Sabino, antes de la sesión del pasado jueves.JUAN BARBOSA. La gran mayoría de los presentes en el sótano de la librería Big Three Books no supera la edad del disco de esta noche. Loveless (1991), de My Bloody Valentine, que está por cumplir los 35 años. Sin embargo, algún asistente reconocerá, al final de la sesión, haber comprado el CD recientemente para preparar el debate de esta experiencia. Este último momento es clave para el concepto: charlar con los treinta y tantos desconocidos con los que se ha compartido la oscuridad, lo que se sintió y percibió al escuchar el disco.. La dinámica de la sesión es, a la vez, simple y exigente. Sacas tus entradas (cinco euros), llegas al pase de tus tickets, recoges algo para beber y te sumerges en una experiencia sensorial. A partir de ahí, el móvil y cualquier interacción quedan fuera. El espacio se transforma en un entorno sin referencias. Lo único que sabes, y sabrás, durante la próxima hora es a qué suenan 20 guitarras con reverb y cómo se difuminan las voces de Bilinda Butcher y Kevin Shields, componentes de My Bloody Valentine. Después, el regreso a la realidad con los extraños que, de a poco, se convierten en conocidos y, con suerte, amigos.. Como Pausa, otros proyectos han ido abriéndose paso en España con una idea similar: pausar la vida para escuchar. Aude: La Habitación Sonora es uno de ellos. Desde Barcelona, Florencia Carranza, argentina afincada en la capital catalana, defiende la escucha activa sin estímulos como “una forma de resistencia en el encuentro con la música”. La gestora cultural sostiene que, cuando la vista se apaga, el tiempo parece detenerse. “En un momento sin hacer nada más que escuchar, todo lo emocional que trae la música sale a flote. A la gente le cuesta frenar y conectar. Se vuelve terapia, un cine sonoro para personas con gustos afines”.. El concepto de reciente arraigo en España, desde septiembre de 2025, viene de mucho más atrás y de mucho más lejos. Para ser precisos, toma inspiración del Teatro Ciego que se estrenó en la ciudad de Córdoba (Argentina), el mismo año que se publicó el disco que suena esta noche en Madrid. Creado por Ricardo Sued, el formato se apoya en técnicas de meditación zen en la oscuridad. Durante más de tres décadas se ha consolidado como una experiencia sensorial inmersiva que prescinde de la vista para potenciar el oído, el tacto y el olfato.. A diferencia de la experiencia argentina, Pausa y Aude no precisan de más estímulos que la música en sí. No hay gente corriendo ni hablando alrededor de la sala, no hay comida ni olores añadido, la atención se centra exclusivamente en lo que escuchas y cómo lo escuchas. Para ello, ambos proyectos han procurado un sistema de sonido sólido que permita a los presentes, desde la primera hasta la última fila de la sala, gozar de cada uno de los acordes, los bajos, las baterías y las voces de quienes les hablan en la oscuridad.. Algunos de los asistentes a la sesión de ‘Loveless’ de My Bloody Valentine en la primera fila de la sesión.JUAN BARBOSA. Camilo Soto, un cubano residente en España desde hace casi dos años, describe la experiencia como un privilegio. Al salir de la isla y encontrarse ante la inmensidad del streaming, de la música sin filtros, y de una oferta musical que te invade desde el metro hasta las ventanas de casa, escuchar un álbum completo sin distracciones adquiere otro valor: “Venir a un lugar específico para escuchar un disco con la luz apagada es como mágico. Creo que al anular el sentido de la vista, se agudiza mucho más el sentido de la audición y eso hace que se potencie muchísimo, y además hay como una dedicación muy grande para que todo suene como debe sonar, que todos podamos gozarlo, aunque no lo conozcamos, y me parece genial eso”.. Detenerse a escuchar no es solo una cuestión estética ni una pose contemporánea. Algunas investigaciones, como la publicada en la revista PLOS ONE a inicios del siglo, apuntan a que cerrar los ojos mientras suena la música modifica de forma tangible la experiencia: al desaparecer lo visual, la atención se repliega hacia dentro y la emoción se intensifica. El cerebro, liberado de estímulos externos, activa con más fuerza las regiones vinculadas a lo emocional y conecta de manera más directa lo que suena con lo que se siente.. Carranza añade un matiz que se percibe en sala. En algunos de los momentos más intensos de los álbumes programados en Bridge 48 Studios, en Barcelona, el silencio se rompe por un sollozo. “Las emociones brotan ante la intensidad de lo que se escucha. En la oscuridad, las personas son quienes quieren ser, pero, sobre todo, quienes en la luz no siempre se permiten ser”. Aude ofrece tres sesiones de lunes a miércoles, con precios entre 9 y 19,5 euros. Pausa mantiene una tarifa fija, pero con dos sesiones quincenales. Sus fundadores hablan de “gestión artesana” y crecimiento sostenido. En ambos casos, el lleno es habitual. Sin embargo, hasta en el verano hay que parar. Pausa tendrá un descanso de dos meses, a partir de la última semana de junio; y Aude, hasta la última actualización, solo contempla una sesión en julio, del disco La leyenda del tiempo (1979), de Camarón de la Isla.. La selección podría parecer caprichosa. Pero aun en el gusto de los gestores, la premisa es que todos los presentes gocen de la escucha. Los álbumes a escuchar van desde los clásicos de toda la vida como Kind of Blue (1959), de Miles Davis, o The Dark Side of The Moon (1973), de Pink Floyd, pasando por álbumes de rock en español como Comfort y Música para volar (1996), de Soda Stereo, o Yo, minoría absoluta (2002), de Extremoduro, hasta hitos más actuales como Channel Orange (2012), de Frank Ocean, o El mal querer (2018), de Rosalía. Carranza, Kazez y Sabino hablan de una curaduría pensada en discos con una esencia que se disfrute de inicio a fin.. El exterior de la librería Big Three Books en el barrio de La Latina, en Madrid.JUAN BARBOSA. El concepto de reciente estreno en España ha tenido eco en otras capitales europeas como Londres, Berlín y París. Además, ha calado al otro lado del Atlántico en espacios culturales de Los Ángeles, Nueva York, Vancouver, Ciudad de México y Santiago, de la mano de proyectos como Pitchblack Playback.. El multipremiado productor estadounidense Rick Rubin lleva años defendiendo una práctica similar: tumbarse, descalzarse, cerrar los ojos y eliminar cualquier distracción visual. Su propuesta, simple en apariencia, busca crear un entorno donde el sonido lo ocupe todo. Solo así —sostiene— la música deja de ser un fondo y se convierte en una experiencia que se siente tanto en la cabeza como en el cuerpo.. Ni en Pausa ni en Aude es necesario descalzarse. Pero la lógica es la misma. En un contexto de estímulos constantes y atención fragmentada, estas propuestas plantean un gesto mínimo y, a la vez, radical: parar. Detenerse para escuchar un disco de principio a fin, sin interrupciones, sin pantallas, sin atajos. Detenerse para comprobar que, en la oscuridad, la música no cambia, pero sí lo hace quien la escucha. Y que, quizá, en ese desplazamiento —casi imperceptible— se juega la posibilidad de volver a prestar atención.
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