Una guitarra de madera gastada es algo más que un instrumento para Atilio, músico salvadoreño exiliado en México. Esa guitarra perteneció a su tío Benjamín, asesinado por militares en 1981, durante la guerra civil que desangró al país centroamericano. Atilio la carga en este desarraigo que lo convierte también en migrante, en un país de tránsito para millones de personas que huyen de dictaduras, de la violencia o de la miseria. Con la guitarra ha viajado una bandana que guardó su abuela, locutora de Radio Venceremos —la emisora clandestina fundada tras el asesinato de Monseñor Romero— y el dolor por dejar a su padre enfermo, guerrillero y firmante de los Acuerdos de Paz que llevaron la tranquilidad a El Salvador. Atilio, compositor de 37 años, es el último eslabón de una estirpe que ha aprendido a sobrevivir a los autoritarismos convirtiendo el dolor en resistencia.. Seguir leyendo
Tras la detención de su padre —un exguerrillero— y su huida a México por la persecución del régimen de Bukele, el cantautor lanza ‘Tránsito’, un disco donde la música se vuelve refugio frente al desarraigo y la nostalgia
Una guitarra de madera gastada es algo más que un instrumento para Atilio, músico salvadoreño exiliado en México. Esa guitarra perteneció a su tío Benjamín, asesinado por militares en 1981, durante la guerra civil que desangró al país centroamericano. Atilio la carga en este desarraigo que lo convierte también en migrante, en un país de tránsito para millones de personas que huyen de dictaduras, de la violencia o de la miseria. Con la guitarra ha viajado una bandana que guardó su abuela, locutora de Radio Venceremos —la emisora clandestina fundada tras el asesinato de Monseñor Romero— y el dolor por dejar a su padre enfermo, guerrillero y firmante de los Acuerdos de Paz que llevaron la tranquilidad a El Salvador. Atilio, compositor de 37 años, es el último eslabón de una estirpe que ha aprendido a sobrevivir a los autoritarismos convirtiendo el dolor en resistencia.. Atilio habita desde hace dos años en el caos de la capital mexicana, epicentro de la cultura latinoamericana, aunque no llegó por elección artística, sino por un “amable petitorio” que le enviaron a través de un familiar: si no se iba del país, recuerda, las sombras que lo perseguían y le tomaban fotos en cada esquina terminarían por alcanzarlo. Su delito, como el de tantos otros bajo el régimen del presidente Nayib Bukele, fue denunciar la arbitrariedad.. Su vida cambió la noche del 30 de mayo de 2024. Su padre, Atilio Montalvo, quien fue guerrillero del Frente Farabundo Martí (FMLN) y luego participó en los acuerdos de paz que pusieron fin a la guerra civil en 1992 (cuya conmemoración fue anulada por Bukele, que ha catalogado aquellos acuerdos como una “farsa”), fue sacado de su casa por policías sin orden judicial. Estaba convaleciente de un infarto, con una sonda y apenas movilidad. Atilio se convirtió durante 14 meses en la voz de un hombre enfermo atrapado en las cárceles del bukelismo. Cuando el ruido de su denuncia se volvió viral, el Estado salvadoreño le mostró la puerta de salida. Él compró un boleto sin pasaje de retorno.. Hoy, desde el corazón de México, presenta Tránsito, un álbum que es a la vez “un rito de iniciación” y un acto de protesta. Un disco que no suena a lamento, sino a cumbia, rock y experimentación sonora. “Mi música tiene que poder bailarse. Es una forma de decir que seguimos vivos”, afirma.. Fotografías de Atilio, colocadas dentro de su estudio. Aurea Del Rosario. ¿Qué representan México y el exilio para usted?. Todo absolutamente. Desde la identidad de la estética de la música, que está basada en los sonidos del Valle Central de México —la cumbia, el rock y esa veta experimental de la Ciudad de México—. Ese es el marco. Las letras sí hablan sobre el exilio y tienen una carga política específica. Uno, desde que pone un pie en Ciudad de México, se empieza a impregnar de esa vibración y de la larga tradición que tiene de recibir exilios y migraciones.. ¿Cómo suena el exilio?. Para mí suena, para empezar, bailable. Siento que el exilio tiene que tener una carga de cuerpo muy fuerte, porque no solo es intelectual, sino que se siente físicamente. Al exiliarme empecé a manifestar dolores en partes del cuerpo que no tenía; estaba somatizando algo psicológico y espiritual. Por eso me interesa que la música que hago la gente la pueda bailar de alguna manera.. El proceso creativo de Tránsito no fue el de un álbum planeado en la comodidad de un estudio, sino el resultado de un avance “a tropezones”, dice, dictado por la urgencia de quien intenta mantenerse a flote en medio de la tormenta. “Es más como un impulso de necesidad de supervivencia, una necesidad vital que he tenido toda la vida: ante cualquier dificultad, lo primero que hago es agarrar la guitarra y ponerme a cantar y a escribir. Es mi impulso natural para poder hablar de lo que sucede en El Salvador de manera sutil. Normalmente, la conversación es blanco o negro, a favor o en contra; se busca polarizar a la población. Creo que la música tiene el poder de aglutinar y mostrar puntos de vista que no son necesariamente A o B”, explica.. El título del disco es también simbólico. El músico explica que para él la palabra tránsito evoca la espera antes de un viaje largo, aunque en este caso sin boleto de retorno y marcado por la incertidumbre. “Cuando uno se exilia, estás esperando que la vida se reactive: volver a tener amistades, trabajo, redes, familiaridad. En ese estado de tránsito la cabeza se va para atrás, pero también para adelante; no estás en el presente. En ese estado mental la creatividad fluye mucho”, asegura.. Ahora que el álbum está listo, ¿ha logrado aliviar algo o las heridas siguen abiertas?. He logrado expresar con mis palabras algo que no podía decir sin música, así que he aliviado bastantes dolores. Y no solo el mío; me escribe gente de El Salvador que todavía no puede hablar diciéndome que escucharon la canción y se pusieron a llorar. Me interesa entenderme como un ser colectivo que lleva un mensaje necesario para la supervivencia de un pueblo, no solo por mi supervivencia personal.. En una de sus canciones, Volverte a ver, Atilio habla de ese exilio que le duele en el cuerpo, una salida causada por “los dinosaurios que vuelven a patrullar” en un país que aún tiene abiertas las heridas de las dictaduras militares del pasado siglo y la sangrienta guerra civil que dejó más de 70.000 muertos. Una historia de terror, de sangre, pero también de heroísmo y de la que formó parte su padre, Atilio Montalvo.. Atilio en Ciudad de México. Meme Flores y Jeremy Vargas / CEDIDA. El músico guarda en su refugio mexicano —una bonita casa con terraza en el vanidoso barrio de San Miguel Chapultepec, donde vive con su pareja— un recuerdo de aquellos procesos de paz históricos: una bola de cristal con la paloma de la paz tallada. Atilio creció rodeado de la mística de la resistencia. En su casa, los relatos de la guerra civil no eran cuentos de gloria, sino lecciones de derechos humanos, asegura. Su padre, a quien Bukele ha intentado tildar de criminal, fue un hombre que convenció a miles de combatientes de soltar los fusiles para abrazar la democracia.. ¿Qué representa para usted la figura de su padre?. Mi papá fue un comandante guerrillero y un luchador por los derechos humanos. La vida lo llevó a tomar las armas, pero su objetivo siempre fueron los derechos de la gente. Él me influenció musicalmente —a los siete años me ponía devedés de Woodstock, Pink Floyd, Santana o los Beatles—, pero también con su experiencia organizándose contra la dictadura militar. Fue pieza clave para el desarme de la guerrilla; es un hombre de paz que convenció a los suyos de entrar al terreno democrático. Aunque los Acuerdos de Paz no funcionaron del todo (si no, no estaríamos en una dictadura otra vez), hay que rescatar ese espíritu de diseñar una posibilidad de futuro.. ¿Considera a Bukele un dictador?. Es un dictador, y no solo lo considero yo, sino muchos salvadoreños.. Aunque aterrizó en México con los privilegios de una visa y un boleto de avión —lujos inalcanzables para la mayoría de los centroamericanos que cruzan el continente a pie—, el inicio fue para este músico de 37 años una sucesión de sofás de amigos y burocracia ante la Comisión Mexicana de Ayuda a Refugiados (COMAR). “Es difícil ser centroamericano en México”, confiesa. “Existe un estigma muy fuerte, una xenofobia hacia el migrante pobre. Incluso en el ámbito artístico, alguien me llegó a decir: ‘Para ser centroamericano, tocas muy bien’. Como si nuestra cultura fuera de segunda”.. A pesar del estigma —y una xenofobia que crece en México como una hoguera alimentada por la presión de la gentrificación y el alto costo de la vida— fue en las calles de la gran urbe donde encontró la “vibración” para su nuevo trabajo. Tránsito es también una conversación entre su identidad salvadoreña y la metrópoli que lo acogió. Su música pretende generar un cambio, porque a diferencia de la generación de su padre, considera que la trinchera hoy es cultural. “La batalla ahora es por la educación y por la honestidad. Necesitamos poder sentarnos a la mesa con quien piensa diferente sin que eso separe a las familias”. Y cita al uruguayo Jorge Drexler: el trabajo del músico es mover la cabeza de la gente.. Atilio subirá al escenario del Centro Cultural de España en México el próximo 14 de mayo. No será un concierto convencional, afirma. Será una instalación artística, un acto de agradecimiento a la red de exiliados nicaragüenses, guatemaltecos y salvadoreños que le tendieron la mano cuando no tenía nada. Será, en sus propias palabras, un “ritual para la diáspora”.. Atilio en el jardín de su casa, en Ciudad de México. Aurea Del Rosario. A pesar de la frustración que le produce el “apellido” de refugiado —una etiqueta que reconoce que genera culpa y pesadez—, Atilio ha decidido llevarla con orgullo. “El exilio significa una segunda vida. Allá [El Salvador] no podría estar haciendo ni la mitad de lo que hago aquí. Probablemente estaría preso. Esto es una oportunidad para que mi país se escuche fuera, para que la memoria no se borre bajo el marketing de un gobierno”, afirma en referencia a la propaganda bukelista. La suya es la voz de un hombre que perdió su casa, pero encontró un ritmo. Un tránsito que, aunque doloroso, parece haber hallado en México un puerto seguro. Al menos por ahora.
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