Hace poco, Pete Hegseth, que lidera el ejército más poderoso del mundo, clamó que no va a admitir “nada de gordos, nada de trannies —personas trans—, nada de barbudos, nada de raritos, nada de débiles, nada de radicales. Solo guerreros”. No mucho antes, Trump vociferó que solo hay “dos sexos, masculino y femenino. Esos sexos no pueden modificarse”. Es el pensamiento binario, que, a pesar de la radical diversidad de la vida que una y otra vez demuestran las ciencias, la biología, las humanidades o la antropología, solo admite dos compartimentos. Seguir leyendo
Hace poco, Pete Hegseth, que lidera el ejército más poderoso del mundo, clamó que no va a admitir “nada de gordos, nada de trannies —personas trans—, nada de barbudos, nada de raritos, nada de débiles, nada de radicales. Solo guerreros”. No mucho antes, Trump vociferó que solo hay “dos sexos, masculino y femenino. Esos sexos no pueden modificarse”. Es el pensamiento binario, que, a pesar de la radical diversidad de la vida que una y otra vez demuestran las ciencias, la biología, las humanidades o la antropología, solo admite dos compartimentos.
Jocosamente, la feminista Gloria Steinem solía decir: “A veces pienso que el mundo entero se divide en dos, los que dividen el mundo en dos y los que no”. Pero así estamos. En Estados Unidos, en Rusia, en Argentina y en los programas de la ultraderecha hay un proyecto de contrarreforma contra el movimiento LGTBI y contra la revolución de la inclusividad, que lleva décadas rompiendo jerarquías y privilegios.
Ante ello, no es mala idea echar mano de Michel Foucault (Poitiers 1926-París 1984). Ahora que el 15 de octubre se cumple el centenario de su nacimiento, hay que prestar atención a una de las bestias negras intelectuales de la derecha. Entre otros campos del conocimiento, Foucault fue el sustento teórico de los estudios de género y la teoría queer que luego desarrollaría Judith Butler. Eso, sumado a sus estudios sobre el poder —que revelan que este no existe como esencia, sino que es fluctuante, que solo hay personas ejerciéndolo y tratando de mantenerse en él, por lo que puede ser arrebatado—, lo ha situado al frente de las guerras culturales contemporáneas.
A las novedades foucaultianas de la editorial Siglo XXI, que está publicando inéditos como La cuestión antropológica, El discurso filosófico y, en breve, Nietzsche. Cursos, conferencias y trabajos, se añade Los hermafroditas, en Anagrama, un inédito de 1978 que estaba destinado a ser un capítulo de su Historia de la sexualidad.
El libro es importante porque desarrolla la distinción crucial entre el sexo anatómico y sexualidad, explica por correo electrónico Arianna Sforzini, editora de Los hermafroditas. El texto reexamina cuestiones “relativas a las diferencias sexuales, las relaciones de poder basadas en el género, y las perspectivas desnaturalizadas e historizadas sobre el sexo, el género y la sexualidad”.
Frente a la relativa autonomía de las personas intersexuales en tiempos anteriores, en los archivos médico-legales del siglo XIX —el siglo de las taxonomías— Foucault descubre un proceso de patologización hacia ellas. Quizás porque son figuras que cuestionan el orden prescrito, agentes dobles que contravienen la correspondencia “entre el sexo anatómico, el sexo jurídico, el sexo social: esos sexos tienen que coincidir y nos colocan en una de las dos columnas de la sociedad”, apunta el francés, en referencia al caso de Herculine Barbin, una persona intersexual que en 1860 fue obligada legal y socialmente a cambiar su identidad de mujer a hombre tras un examen médico, lo que la llevó al suicidio.
Con este y con otros trabajos, Foucault —cuyo padre era cirujano y profesor de anatomía— rompe la tradición del pensamiento occidental, centrado en las ideas, para estudiar el cuerpo como guía de conocimiento. “Su aportación fundamental reside en entender que el poder atraviesa el cuerpo”, explica el pensador Paul B. Preciado en conversación telefónica. El autor de Manifiesto contrasexual destaca la importancia de que Foucault investigara la historia de la sexualidad, no desde la medicina o la psicología, sino “pensando en las tecnologías del poder y como estas definen ciertas formas de subjetivación, algunas consideradas normales y otras, patológicas. Es un antes y un después de lo que más tarde van a ser las teorías queer y de género”.
La paradoja estriba en que Foucault, que era homosexual, huía de la noción de identidad —“no me pregunten quién soy, ni me pidan que permanezca invariable”, escribió en La arqueología del saber—, y no ahondó en la cuestión de género. “Y pensó poco en las mujeres. Se le escapó por completo la cuestión de la reproducción sexual en la organización del poder”, apunta Preciado.
Con todas sus contradicciones, el autor de Vigilar y castigardemuestra que el deseo y el placer se construyen según una legalidad y legitimidad asignada por una identidad que solo puede ser binaria. “Somos lo que se ha dicho”, advierte Foucault. Esto es, somos el resultado de lo que las palabras, las normas y las instituciones dicen de nosotros. Ante ello, la labor de demolición del francés, que se consideraba un “artificiero” más que un filósofo, se basa en un ángulo inédito: comprender nuestra sociedad a partir de sus sistemas de exclusión, rechazo y negación, “de lo que no se quiere, a través de sus límites, del sentimiento de obligación que incita a suprimir un determinado número de cosas, de personas, de procesos”, explicó a John K. Simon en 1971.
En su obra, Foucault desmenuza las vergüenzas del poder, mostrando cómo construye supuestos modelos “naturales” —que no lo son— sobre lo “normal” y lo “anormal”, una tarea de ida y vuelta, ya que, a la vez, convoca a la reconstrucción. Impulsado por sus tres valores fundamentales —rechazo, curiosidad, innovación—, su trabajo abre camino a otras formas de ser y estar en el mundo. De hecho, para Foucault vivimos “en un mundo legal, social, institucional, donde las únicas relaciones posibles son extremadamente escasas, esquematizadas, pobres”.
Estudiando el campo de la exclusión, ilumina el juego de la disputa. “Es el pensador de la posibilidad, de resistencia y la emancipación —reflexiona Rodrigo Castro, doctor en Filosofía por la Universidad Complutense de Madrid y especialista en Foucault—. Nos lleva a pensar en la libertad frente a las lógicas de poder que aspiran a la dominación, lo que tiene mucho sentido en la actualidad”. Castro revela que “como Nietzsche, Foucault considera que la Verdad con mayúsculas no existe, pero también, como el alemán, reflexiona sobre cuáles son las consecuencias de la inexistencia de la verdad”. Por eso el trabajo de ambos filósofos va más allá de la mera descodificación, y se da “una búsqueda de una filosofía que debe ser afirmativa con la vida”.
La obra de Foucault supuso un nuevo camino para la izquierda, prácticamente monopolizada por el marxismo. Y a la manera de Marx, que acuñó términos como plusvalía, capital o lucha de clases, el francés creó nuevos conceptos, como dispositivo, episteme o heterotomía, destaca Preciado. El autor de Las palabras y las cosas, que entendía la filosofía como un taller, los consideraba instrumentos de una caja de herramientas para martillear y mirar dentro de lo que genera tanto sufrimiento y, así, poder cambiarlo. Ahora, frente a las campañas contra el género, frente a la epidemia de transfobia, el deber es resistir. “Todo está relacionado. Los derechos de las personas trans transforman también los derechos de toda la población”, advierte Preciado, quien subraya la importancia de una última afirmación de Foucault: no hay ninguna lucha más importante que otra. Todas deben darse, a la vez, en todas partes.
EL PAÍS
Hace poco, Pete Hegseth, que lidera el ejército más poderoso del mundo, clamó que no va a admitir “nada de gordos, nada de trannies —personas trans—, nada de barbudos, nada de raritos, nada de débiles, nada de radicales. Solo guerreros”. No mucho antes, Trump vociferó que solo hay “dos sexos, masculino y femenino. Esos sexos no pueden modificarse”. Es el pensamiento binario, que, a pesar de la radical diversidad de la vida que una y otra vez demuestran las ciencias, la biología, las humanidades o la antropología, solo admite dos compartimentos.. Seguir leyendo
