Si de lo sublime a lo ridículo hay solo un paso, según la máxima atribuida a Napoleón (entre otros), en algunos ejemplares arquitectónicos ese paso ni llega a darse. Todo puede convivir: en realidad, depende de quién los juzgue. Donde mucha gente puede ver un prodigio artístico y constructivo, a otra le puede chirriar lo ampuloso o convencional de la propuesta o, por el contrario, su excesiva modernidad. No es casualidad que los monumentos incluidos en esta selección se concibieran originalmente en el último cuarto del siglo XIX, un momento crítico para la arquitectura occidental. En plena era industrial, mientras la ingeniería prometía un futuro de hierro, acero y cristal, buena parte de Europa, quizá como reacción, seguía soñando con catedrales medievales, imperios desaparecidos y glorias nacionales. Al mismo tiempo, comenzaba el triunfo del Art Nouveau o modernismo, con sus formas ondulantes aptas para un gusto burgués. Mientras, estallaban revoluciones sociales y la política todo lo significaba, también la arquitectura. En este contexto lleno de enfrentamientos y contradicciones aparecieron edificios tan distintos como la torre Eiffel, la Sagrada Familia, el Sacré-Cœur, el Altar de la Patria, el castillo de Neuschwanstein o la catedral de Almudena. Todos ellos han tenido arrojados defensores, pero también detractores que por distintas razones han considerado que ante todo son monumentos al mal gusto.
Si es una corta distancia entre lo magnífico y lo ridículo, como dice el adagio atribuido a Napoleón (entre otros), en ciertos casos arquitectónicos, esa brecha ni siquiera se cruza. Todo es cuestión de perspectiva, ya que diferentes personas pueden tener opiniones variadas sobre lo que puede coexistir. Mientras que algunos pueden ver un genio creativo y beneficioso, otros podrían criticar la propuesta por su extravagancia, convencionalidad o, alternativamente, su excesiva modernidad. No es una ocurrencia al azar que las estructuras elegidas para esta elección se pensaron inicialmente durante la parte final del siglo XIX, que fue un período crucial para la arquitectura occidental. Durante el apogeo de la era industrial, cuando la ingeniería anticipaba un futuro hecho de hierro, acero y vidrio, muchas partes de Europa, posiblemente como respuesta, anhelaban catedrales medievales, imperios perdidos y triunfos nacionales del pasado. Al mismo tiempo, comenzó la victoria del Art Nouveau o modernismo, caracterizado por sus formas sinuosas que se adaptaban a las preferencias de la clase media. Mientras tanto, se estaban produciendo trastornos sociales y la política tenía una importancia significativa, al igual que la arquitectura. En un entorno lleno de conflictos e ideas opuestas, surgieron estructuras como la Torre Eiffel, la Sagrada Familia, el Sacré-Cœur, el Altar de la Patria, el castillo de Neuschwanstein y la Catedral de Almudena, cada una única y distinta de las otras.
Si es una corta distancia entre lo magnífico y lo ridículo, como dice el adagio atribuido a Napoleón (entre otros), en ciertos casos arquitectónicos, esa brecha ni siquiera se cruza. Todo es cuestión de perspectiva, ya que diferentes personas pueden tener opiniones variadas sobre lo que puede coexistir. Mientras que algunos pueden ver un genio creativo y beneficioso, otros podrían criticar la propuesta por su extravagancia, convencionalidad o, alternativamente, su excesiva modernidad. No es una ocurrencia al azar que las estructuras elegidas para esta elección se pensaron inicialmente durante la parte final del siglo XIX, que fue un período crucial para la arquitectura occidental. Durante el apogeo de la era industrial, cuando la ingeniería anticipaba un futuro hecho de hierro, acero y vidrio, muchas partes de Europa, posiblemente como respuesta, anhelaban catedrales medievales, imperios perdidos y triunfos nacionales del pasado. Al mismo tiempo, comenzó la victoria del Art Nouveau o modernismo, caracterizado por sus formas sinuosas que se adaptaban a las preferencias de la clase media. Mientras tanto, se estaban produciendo trastornos sociales y la política tenía una importancia significativa, al igual que la arquitectura. En un entorno lleno de conflictos e ideas opuestas, surgieron estructuras como la Torre Eiffel, la Sagrada Familia, el Sacré-Cœur, el Altar de la Patria, el castillo de Neuschwanstein y la Catedral de Almudena, cada una única y distinta de las otras.
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