Desembarqué hace unos días en Formentera pertrechado con dos traducciones de la Odisea, la que uso siempre de Carlos García Gual (Alianza, 2013 ), en castellano, y la controvertida de Emily Wilson (Norton, 2020), en inglés, recomendada a la inversa por un lector que me la puso verde, aunque ya solo por los materiales adicionales vale la pena. Esta segunda, muy interesante, la verdad, es la que ha utilizado Nolan para su película, cuyas potentes imágenes llevo todavía en la retina, de forma que se me confunde todo: la selección argentina con los pretendientes, los incendios que asolan España con el de Troya, Zapatero con el tesoro de Príamo, Formentera con la terrorífica isla de los lestrigones, la paradisíaca y hospitalaria de los feacios (que el cineasta ha suprimido sorprendentemente en su filme) o la seductora de las sirenas, según el día. Seguir leyendo
La isla presenta diferentes caras -depredadora, amable o seductora- según el momento y la suerte
Desembarqué hace unos días en Formentera pertrechado con dos traducciones de la Odisea, la que uso siempre de Carlos García Gual (Alianza, 2013 ), en castellano, y la controvertida de Emily Wilson (Norton, 2020), en inglés, recomendada a la inversa por un lector que me la puso verde, aunque ya solo por los materiales adicionales vale la pena. Esta segunda, muy interesante, la verdad, es la que ha utilizado Nolan para su película, cuyas potentes imágenes llevo todavía en la retina, de forma que se me confunde todo: la selección argentina con los pretendientes, los incendios que asolan España con el de Troya, Zapatero con el tesoro de Príamo, Formentera con la terrorífica isla de los lestrigones, la paradisíaca y hospitalaria de los feacios (que el cineasta ha suprimido sorprendentemente en su filme) o la seductora de las sirenas, según el día. La nueva versión cinematográfica del poema de Homero me ha gustado mucho. Es un gran espectáculo, tiene escenas muy bien resueltas y no es el menor de sus méritos toda la discusión que está provocando y que no hace sino darle mayor vidilla y actualidad al clásico (muchos jóvenes están leyendo a Homero para cotejarlo con Nolan, un camino curioso, pero bienvenido sea). Es verdad que Matt Damon no parece muy sagaz y que es algo extravagante convertir a Agamenón en Batman, con el añadido de esas siniestras vértebras que cuelgan del yelmo del líder aqueo, el “pastor de hombres”. Se hace raro que no aparezca Aquiles en el pasaje de la consulta a los muertos en el Hades, en el que en el original el gran guerrero dice aquello —más o menos— de que prefería ser un cualquiera vivo que un héroe muerto. Supongo que Nolan pensaría que el de los pies ligeros —“swift-foot(ed)” traduce Emily Wilson— ya había chupado mucha cámara en Troya. En el mismo episodio, poner a las tripulaciones masacradas por los lestrigones como zombis es una curiosa opción. Como lo es el ojo vertical de Polifemo, y que se elimine todo lo del ardid de Ulises de presentarse al cíclope como Ninguno (“Noman”, en Wilson). O que un marinero de rasgos orientales de la cóncava nave del protagonista se lance al agua en pos de las sirenas. Reducir a Circe a una bruja vindicativa en su isla del doctor Moreau avant la lettre es quitarle mucho glamur a la seductora diosa (“entonces yo me metí en el muy hermoso lecho de Circe”), mientras que eliminar a Nausicaa (¡qué diría Robert Graves!), la princesa Lolita, al suprimir a los feacios, es cargarse a otro personaje fundamental (en cambio sale, brevemente, el salvaje sacrificio de Polixena, degollada durante la toma de Troya). Que Helena sea negra, vale, pero ¿a qué viene ponerle una herida en la cara?; ¿es la venganza de Menelao para librarse del estigma de calzonazos? Lo de la emboscada de los pretendientes a Telémaco en el santuario de Atenea parece tomado de las aventuras de Sandokán entre los estranguladores thugs. Por cierto, a la pizpireta
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