Hace treinta años, Barcelona acogió el 19º Congreso de la Unión Internacional de Arquitectos (UIA). Sitúense. Las olimpiadas habían convertido esta ciudad —que gracias a proyectistas como Manuel de Solà-Morales y a políticos como Pasqual Maragall había recuperado su fachada marítima— en sinónimo de urbanismo de vanguardia. Las ciudades rompedoras son las que, sin necesidad de arrasar su pasado, son capaces de actualizarse para cuidar a sus ciudadanos. Pueden cuidarlos con infraestructuras como colegios u hospitales, con un sistema de transportes accesible o también con sombras, zonas peatonales, cada vez menos coches, y más plazas y parques vecinales. Seguir leyendo
El congreso de la UIA, que por primera vez repite ciudad, congrega a miles de profesionales para debatir sobre la relación entre construcción, sociedad, cambio climático y futuro
Hace treinta años, Barcelona acogió el 19º Congreso de la Unión Internacional de Arquitectos (UIA). Sitúense. Las olimpiadas habían convertido esta ciudad —que gracias a proyectistas como Manuel de Solà-Morales y a políticos como Pasqual Maragall había recuperado su fachada marítima— en sinónimo de urbanismo de vanguardia. Las ciudades rompedoras son las que, sin necesidad de arrasar su pasado, son capaces de actualizarse para cuidar a sus ciudadanos. Pueden cuidarlos con infraestructuras como colegios u hospitales, con un sistema de transportes accesible o también con sombras, zonas peatonales, cada vez menos coches, y más plazas y parques vecinales. Por encima de una capital con grandes avenidas, Barcelona creció siendo escenario de lo pequeño: una sala de conciertos modernista oculta como la Fontana de Trevi, una ópera junto a una medianera, una antigua ciudadela convertida en parque o cientos de pequeñas plazas esponjando su gran densidad urbana. La ciudad de los prodigios fue también el escenario del mejor diseño español de una época —los bares de los años ochenta— y de una arquitectura que, esta vez cosmopolita, quería igualar el hito del momento modernista que le valió reputación internacional a la ciudad. A principios de los años noventa, fue en Barcelona donde Frank Gerhry desplegó su primer trabajo en España: un umbráculo en forma de pez, antes de que le encargaran el Guggenheim de Bilbao. En Barcelona, había construido Álvaro Siza, en la Villa Olímpica; Moneo, el Auditorio y también el rascacielos horizontal que es La Illa; Calatrava firmó el que posiblemente es su mejor puente, Bac de Roda, además del primero del arquitecto en España. Y el valenciano firmó además una torre de telefonía en Montjuïc, que la profesión no tardó en comparar con la que Norman Foster había clavado en Collserola. La última de las estrellas arquitectónicas de aquel momento fue el Museo de Arte Contemporáneo, el MACBA, que, firmado por Richard Meier, impactó con su sello blanco y maquinal en el corazón del antiguamente conflictivo y entonces renovado barrio del Raval barcelonés. Fue precisamente esa escena: la de los arquitectos más famosos del momento sacando sillas a la calle y dialogando con estudiantes, arquitectos, vecinos y curiosos, la que se erigió en la imagen de la 19ª edición del Congreso de la UIA. Aquellos arquitectos: Foster, Moneo, Peter Eisenman —vestido con la camiseta del Barça— o Daniel Libeskind llegaron, por primera vez, hasta la portada de los periódicos. Eran los tiempos en los que se empezaba a hablar de arquitectura espectáculo. Y aquellos proyectistas, rodeados de miles de estudiantes, pasándose el micro como estrellas del rock, disfrutaron del contacto con el público. Aquello les gustó. Fachada del Museo de Arte Contemporáneo de Barcelona (MACBA).David Ramos (Getty Images)Luego llegaría la resaca y el precio a pagar por la fiesta. Lo que ocurrió después es que
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