Hay una idea ingenua según la cual el director de cine se asoma a la cámara para registrar lo que ya existe. Pero sucede exactamente al revés: las cosas empiezan a existir de un modo determinado cuando alguien decide desde dónde mirarlas. Orson Welles no mira, o no solo mira: decide, sobre todo, desde dónde hacerlo. Como el científico que se asoma al microscopio, ha inclinado el cuerpo y ha cerrado un ojo, sacrificando así el campo visual de la vida, para aceptar lo que le muestra el estrecho túnel del visor. Ha renunciado, igual que el cazador, a verlo todo para centrarse de manera exclusiva en el trofeo. Quizá pensar consista en eso: en aceptar una reducción del escenario a cambio de un poco de sentido. Se habla del punto de vista como de una técnica narrativa, pero en el fondo es una ética. Cada uno mira desde el lugar en el que ha colocado el cuerpo, pero el cuerpo acaba revelando dónde se encuentra el alma. No piensa igual quien observa el mundo desde un ático que quien lo hace desde un sótano. No juzga igual quien habla desde el estrado que quien escucha desde el último banco. Decidir el emplazamiento de cámara equivale a una toma de conciencia. Seguir leyendo
la imagenColumnaArtículos estrictamente de opinión que responden al estilo propio del autor. Estos textos de opinión han de basarse en datos verificados y ser respetuosos con las personas aunque se critiquen sus actos. Todas las columnas de opinión de personas ajenas a la Redacción de EL PAÍS llevarán, tras la última línea, un pie de autor —por conocido que éste sea— donde se indique el cargo, título, militancia política (en su caso) u ocupación principal, o la que esté o estuvo relacionada con el tema abordadoEl audio de esta noticia utiliza una voz sintética generada por Inteligencia Artificial y podría tener algunas inconsistencias.El actor y director Orson Welles durante el rodaje de la película ‘Mr. Arkadin» en el aeropuerto de Barajas, el 27 de febrero de 1954. EFEHay una idea ingenua según la cual el director de cine se asoma a la cámara para registrar lo que ya existe. Pero sucede exactamente al revés: las cosas empiezan a existir de un modo determinado cuando alguien decide desde dónde mirarlas. Orson Welles no mira, o no solo mira: decide, sobre todo, desde dónde hacerlo. Como el científico que se asoma al microscopio, ha inclinado el cuerpo y ha cerrado un ojo, sacrificando así el campo visual de la vida, para aceptar lo que le muestra el estrecho túnel del visor. Ha renunciado, igual que el cazador, a verlo todo para centrarse de manera exclusiva en el trofeo. Quizá pensar consista en eso: en aceptar una reducción del escenario a cambio de un poco de sentido. Se habla del punto de vista como de una técnica narrativa, pero en el fondo es una ética. Cada uno mira desde el lugar en el que ha colocado el cuerpo, pero el cuerpo acaba revelando dónde se encuentra el alma. No piensa igual quien observa el mundo desde un ático que quien lo hace desde un sótano. No juzga igual quien habla desde el estrado que quien escucha desde el último banco. Decidir el emplazamiento de cámara equivale a una toma de conciencia.Welles no pretende confirmar lo evidente, sino descubrir lo que se esconde tras lo manifiesto. Ahí lo vemos al acecho de la realidad como el cazador a la espera de la presa. El arte, en fin, es el resultado de un choque entre el paisaje y la actitud del sujeto frente al paisaje. Lo decisivo no es lo que se encuentra delante de la cámara, sino el pensamiento de quien se ha colocado detrás para obligarle a hablar al mundo. Sobre la firmaEscritor y periodista (1946). Su obra, traducida a 25 idiomas, ha obtenido, entre otros, el Premio Nadal, el Planeta y el Nacional de Narrativa, además del Miguel Delibes de periodismo. Destacan sus novelas El desorden de tu nombre, El mundo o Que nadie duerma. Colaborador de diversos medios escritos y del programa A vivir, de la Cadena SER.Normas ›Mis comentariosNormasRellena tu nombre y apellido para comentarcompletar datosPlease enable JavaScript to view the comments powered by Disqus.
Hay una idea ingenua según la cual el director de cine se asoma a la cámara para registrar lo que ya existe. Pero sucede exactamente al revés: las cosas empiezan a existir de un modo determinado cuando alguien decide desde dónde mirarlas. Orson Welles no mira, o no solo mira: decide, sobre todo, desde dónde hacerlo. Como el científico que se asoma al microscopio, ha inclinado el cuerpo y ha cerrado un ojo, sacrificando así el campo visual de la vida, para aceptar lo que le muestra el estrecho túnel del visor. Ha renunciado, igual que el cazador, a verlo todo para centrarse de manera exclusiva en el trofeo. Quizá pensar consista en eso: en aceptar una reducción del escenario a cambio de un poco de sentido. Se habla del punto de vista como de una técnica narrativa, pero en el fondo es una ética. Cada uno mira desde el lugar en el que ha colocado el cuerpo, pero el cuerpo acaba revelando dónde se encuentra el alma. No piensa igual quien observa el mundo desde un ático que quien lo hace desde un sótano. No juzga igual quien habla desde el estrado que quien escucha desde el último banco. Decidir el emplazamiento de cámara equivale a una toma de conciencia. Seguir leyendo
