Quien glorifica a un bando para denostar a otro da por hecho que el espejo del pasado se divide en láminas fáciles de volver políticamente útiles
La marcha Radetsky es una obra maestra cuajada en forma de novela por Joseph Roth en 1932 cuyo título alude a la contagiosa pieza musical que se ha popularizado cada 1 de enero cuando los pudientes austriacos aplauden al unísono como cierre para el tradicional concierto de Año Nuevo. Lo que nos ocupa aquí es intentar contagiar la magnífica novela de Roth, cuyos aciertos e invaluables virtudes narrativas no pueden porque no caben escribirse aquí, pero en estos aciagos días donde parecen esfumarse tantos imperios y mundos de ayer se me ocurrió volver a leer La marcha Radetsky como aliento de insomnio.
Joseph Roth, orfebre de palabras, judío errante y santo narrador cuajó en un biombo intemporal la vida de tres generaciones de una familia en el Imperio Austro-Húngaro y no pienso ni podría resumir aquí el hipnótico mural de su trama, personajes y párrafos punzantes, por lo que me concentro en una escena nodal que aparece en las primeras páginas del monumento:
Joseph Trotta es un joven teniente de infantería que se encuentra en el frente de la Batalla de Solferino cuando observa que a pocos metros se ha acercado el Emperador Francisco José con su comitiva y ayudas de campo. En una movida imprudente, propia de políticos o advenedizos ajenos al fragor del combate, los ayudas del monarca lo parapetan para que pueda otear la batalla desde el tendido con su telescopio imperial. Es un blanco fácil para los fusiles del enemigo y en el instante en que una bala asesina vuela hacia su real corazón, Trotta se lanza sobre el Jefe Máximo y lo taclea tirándolo de los hombros y recibiendo él mismo la bala en su brazo izquierdo.
El monarca lo visita en la enfermería del campo y promete no sólo condecorarlo, sino además agradecerle con dinero de por vida su hazaña de azar. Desde ese primer día el Teniente de Infantería Joseph Trotta será conocido como el “Héroe de Solferino” y su leyenda se crece con el tiempo que no sin crueldad le revela una aplastante verdad de las mentiras: pocos años después del instante que lo hizo célebre, Trotta descubre que en el libro de historia de la primaria de su pequeño hijo aparece un relato absolutamente fantasioso de su azarosa participación en el incidente de Solferino. La Historia Oficial (ésa loca con mayúsculas) se ha encargado de tergiversar el recuerdo y ya varias generaciones de niños austriacos han memorizado cono veraz y verídico un rollazo falso por inverificable e inverosímil. Los textos escolares afirman que Francisco José iba en corcel blanco, rodeado por el enemigo y defendiéndose valerosamente con su espada imperial (y sus patillas como prolongación de sus bigotes) cuando el joven Trotta lo libra de una bala asesina y furtiva que le dispara un enemigo a poca distancia, tomando con su pecho de Héroe de Solferino la explosión de esa pólvora, desmontado violentamente de su propio caballo.
Trotta se queja directamente con el Emperador en una audiencia que consigue gracias a sus cartas de queja en abono de la Verdad (que merece mayúscula) y el propio Francisco José le dice que aunque reconoce y recuerda que la escena no fue como la pintan las maestras en el parvulario, ambos no salen tan mal parados del juicio caprichoso de la Historia y el mismísimo Ministro de Educación y Cultura le explica a Trotta que el Estado y lo políticos tienen que edulcorar, acomodar y maquillar esa Historia con mayúscula en abono de su proyecto de Nación, ancla de posteridad o gozne para el futuro.
Joseph Trota queda como un héroe malagradecido, renuncia a las gratificaciones oficiales (aunque conserva su medalla en el pecho) y se vuelve un callado amargado que renuncia a la milicia y se refugia en una callada vida de campo a la crianza de su hijo y de ovejas, necio en apuntalar la Verdad contra el racimo consuetudinario, cíclico y generacional de la Mentira y con eso apenas empieza el novelón de Joseh Roth que aplaudí al paso de la madrugada como si se escuchara el rítmico latido de la sinfónica de Viena destejiendo con lectura la saga de los descendientes Trotta que parecen cabalgar hasta nuestros días.
Estimadas señoras que han abonado el nefando e inútil de la polarización del pasado; distinguidas presidentas de cada cual que han tomado partido y respetables damas que han soltado opiniones como axiomas y demás etcéteras:
Me permito sugerir que en el fascinante intento por historiar debe imponerse con honestidad y empeño la lectura, la que procura evitar lo subjetivo y se propone respetar las circunstancias del pretérito como lejanas y ajenas a los caldos del presente.
Quien glorifica a un bando para denostar a otro da por hecho que el espejo del pasado se divide en láminas fáciles de volver políticamente útiles, socialmente populares y generadora de ánimos encendidos (a favor o en contra) sin importar la caducidad del tiempo o la verificable y verídica transmisión generacional de las ideas o los hechos, pero sin formalizar la indispensable respeto por los hechos mismos, el conocimiento de las circunstancias, la vera contextualización y libros, libros muchos libros más papeles, papeles y más papeles, por no mencionar piedras calladas y los apellidos que se pasan de generación en generación. Hacer lo contrario, así se practique a uno y otro lado del mar, caricaturiza a los habitantes del pasado y reduce los hechos a un pinche chisme de lavadero.
Los soldados de Solferino son los anónimos habitantes del pasado, la sangre mezclada sobre templos y entre contrarios que deciden unir sus apellidos, sabores y andanzas. Soldados de Solferino somos también los que tenemos que atestiguar un reprobable ejercicio de posturas tomadas en abono de la deseducación como las bronceadas páginas que nos endilgaron en la primaria y en ceremonias cívicas o las ocurrencias de algún desempleado que desde su hamaca cree corregir al pasado histórico como si de veras su abuelita había tenido una monumental cabeza tipo Olmeca o como la maruja que se cree nieta de una armadura que se trasatlantizó y transpeninsularizó cuando su verdadera ascendencia nunca ha salido de la Gran Vía o como el guiño de llevar a la Guadalupana en el vuelo de una falda color guinda a contrapelo de la estrella de David tatuada en apellido paterno.
Señoras mías: encaren u encarrilen sus políticas públicas al respectivo horror y embrollo con los que cada una tiene que lidiar (con o sin catalejo, dentro o lejos de las trincheras), pero sugiero eviten seguir en el inútil caldo de cultivo de las mentiritas y las ocurrencias, pues con gran dignidad y en abono de las verdades, los verdaderos Soldados de Solferino se aburren pronto de sus memes, dimes y diretes, se desvelan una y otra madrugada por leer para viajar como se debe al pretérito e incluso estar atentos para salvarles en última instancia su vida misma… con el peso y la constancia de la Memoria que ambas parecen trastocar.
EL PAÍS
La marcha Radetsky es una obra maestra cuajada en forma de novela por Joseph Roth en 1932 cuyo título alude a la contagiosa pieza musical que se ha popularizado cada 1 de enero cuando los pudientes austriacos aplauden al unísono como cierre para el tradicional concierto de Año Nuevo. Lo que nos ocupa aquí es intentar contagiar la magnífica novela de Roth, cuyos aciertos e invaluables virtudes narrativas no pueden porque no caben escribirse aquí, pero en estos aciagos días donde parecen esfumarse tantos imperios y mundos de ayer se me ocurrió volver a leer La marcha Radetsky como aliento de insomnio.. Seguir leyendo
