El 15 de abril de 1915, horas antes de que Pastora Imperio estrenara El amor brujo en el Teatro Lara, el diario La Patria publicó una conversación de Rafael Benedito con Manuel de Falla. En un café, mientras la misma página recogía radiogramas del frente de Verdún, el compositor repasó su vocación literaria, el magisterio de Pedrell, las clases de Tragó y su gratitud hacia “aquel espíritu magnánimo que se llamó Albéniz”. También dejó un credo: “Nunca pensé en ser un virtuoso. El virtuosismo me ha causado siempre un verdadero horror”. La charla terminó de golpe: Falla debía “ultimar un número” de la partitura que esa noche subía al escenario. Seguir leyendo
Granada
El 15 de abril de 1915, horas antes de que Pastora Imperio estrenara El amor brujo en el Teatro Lara, el diario La Patria publicó una conversación de Rafael Benedito con Manuel de Falla. En un café, mientras la misma página recogía radiogramas del frente de Verdún, el compositor repasó su vocación literaria, el magisterio de Pedrell, las clases de Tragó y su gratitud hacia “aquel espíritu magnánimo que se llamó Albéniz”. También dejó un credo: “Nunca pensé en ser un virtuoso. El virtuosismo me ha causado siempre un verdadero horror”. La charla terminó de golpe: Falla debía “ultimar un número” de la partitura que esa noche subía al escenario. En el año en que el Festival de Granada conmemora el 150º aniversario del nacimiento de Falla, aquel credo volvió a resonar anoche en el Patio de los Arrayanes de la Alhambra. Javier Perianes puso su música para piano frente a los dos espejos que apuntaba la entrevista: Chopin, recibido por línea casi directa a través de Tragó, alumno en París de un discípulo del compositor polaco, y el Albéniz magnánimo de Iberia. Cuando todo parecía dicho, la última de las tres propinas devolvió el eco de aquella tarde madrileña de 1915: el arreglo pianístico de la Danza ritual del fuego, de El amor brujo, acaso el número que Falla corría a ultimar al despedirse de Benedito. No fue virtuosismo. Fue casi un exorcismo. La metamorfosis se inició poco antes de la medianoche, con los trece minutos de la Fantasía bætica. A las doce, como en los cuentos, el poeta de los nocturnos escuchado hasta entonces convirtió en rito la obra más ardua y genial de Falla, que Arthur Rubinstein, su destinatario, apenas comprendió y pronto apartó de su repertorio. Perianes dominó sus disonancias y arrebatos, esa estilización del flamenco cuyo título, precisó Falla, carecía de significación “especialmente sevillana”, y le respondió con ironía: enlazó como segunda propina una brillante Sevilla de Albéniz. El tercer bis llegó ya de madrugada, cuando las propinas ocupaban una tercera parte del recital y el reloj parecía seguir el argumento de la versión final de El amor brujo, justo después de A media noche: los sortilegios.Reflejo del escenario del recital de Javier Perianes en el agua de la alberca del Patio de los Arrayanes donde sobrevuela un murciélago, la noche del 6 de julio en el Festival de Granada.Fermin RodriguezEl recital había comenzado con el primero de esos juegos de espejos: Falla-Chopin. Como recuerda Luis Gago en sus notas al programa, Noche de poetas, el gaditano consideraba al polaco la representación más pura del Romanticismo. Perianes enlazó el Nocturno y la Mazurca en do menor del Falla veinteañero con primorosos modelos chopinianos. El cruce más revelador unió la Serenata andaluza, cuyos pasajes cantables marcados “con abandono” realzó con especial delicadeza, y el melancólico Vals en la menor, op. 34 núm. 2, convertido en ese baile para
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