El maestro sale a hombros con su magisterio absoluto y Alejandro Talavante como colofón a una gran tarde; un toro de Álvaro Núñez premiado con la vuelta; primer «No hay billetes» de sus cuatro citas Leer
El maestro sale a hombros con su magisterio absoluto y Alejandro Talavante como colofón a una gran tarde; un toro de Álvaro Núñez premiado con la vuelta; primer «No hay billetes» de sus cuatro citas Leer
La marabunta agitaba a Morante de la Puebla y Alejandro Talavante sobre sus hombros camino de las once de la noche con toda una gran tarde a cuestas, el prodigio del toreo y el milagro de la bravura. Pero, sobre todo, con una faena de Morante en el filo de lo imposible, conjurando su magisterio absoluto, levantada la catedral sobre la piedra angular de su valor de plomo.Cuando casi tres horas antes antes concluyó el despeje de plaza de los alguaciles y los toreros pisaron el ruedo, los tendidos lucían repletos hasta las banderas. Morante de la Puebla acababa de colgar, hacía algunos minutos, el cartel de «No hay billetes» para la primera de sus cuatro tardes en esta categórica temporada de verano. No sé si somos muy conscientes de lo que significa meter más de 40.000 personas -a razón de algo más de 10.000 por tarde, la consagración como empresario de Carlos Zúñiga- sólo al reclamo de un nombre. Es posible que ni el propio Morante -para quien tanto significa El Puerto de Santa María por su romanticismo con Joselito el Gallo- haya valorado la trascendencia de este nuevo hito, desbordando de expectación la «patria marinera» de Alberti.Una venda protegía la mano derecha herida en el evitable «compromiso» de Palma, descartada una férula para torear porque el artilugio hace «torear bruto», según las propias palabras del maestro.Morante y Talavante a hombros en El PuertoCircuitos TaurinosMdlP recogió con su vieja montera en la dolorida mano, no sin dificultad, la cerrada ovación de las 10.500 almas que colmaban la plaza. A las 20.26, el dolor, era un quejío, el toreo puesto en pie por aquella misma mano derecha, vendada y cosida a la embestida preñada de clase del toro de Álvaro Núñez. La serie provocó un bramido en núcleo de la faena, como epicentro y cénit de la misma. El toreo en redondo, esférico, rítmico y ceñido. El pase de pecho desahogó el ole sostenido, que necesitaba respirar. Hasta ese momento, Morante había mimado la calidad quebradiza de cuvillo de Álvaro, preciso de poder, muy pronto, tocado arriba de pitones, guapo pero recortado, exacto en la colocación de su cara.El principio de faena desprendió el temple y la torería a media altura, con un pase de la firma sideral y un cambio de mano crepuscular. Sitio y tiempo para ir haciendo. Hasta que lo hizo. El eco de la tanda esférica en redondo continuó en otra embraguetadísima. El paso por la izquierda había dado naturales largos, abriendo los vuelos para, precisamente, abrir el toro, que se vencía levemente. Todo envuelto de torería. Un pinchazo en todo lo alto devolvió a Morante de la Puebla a la realidad del dolor. El gesto de su rostro lo radiografiaba, agarrándose la mano lisiada. La suerte de recibir fue la solución, y entonces la espada se hundió como cuchillo en mantequilla evitando males mayores. El maestro levantó el dedo para esperar la muerte. Cuando cayó el toro, rodó la oreja.Monumental derechazo de Morante durante la inalcanzable
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