La foto de portada de El País Semanal de este domingo era la de un trabajador que, con las manos enfundadas en guantes de látex y sumo cuidado, tiraba de un panel del que colgaban algunas pinturas de Sorolla. El museo dedicado al pintor concluía sus obras de ampliación y este periódico se coló en la mudanza para hacer un magnífico reportaje. En él aparecían imágenes de las nuevas dependencias del museo, de los lucernarios que han colocado en los tejados para que la luz entre por todos lados, como le gustaba al pintor, del equipo de arquitectos que ha firmado el proyecto y de los profesionales que han intervenido en el transporte de las obras. Hubo algo que me impactó, porque revelaba el mimo con el que habían sido tratadas las pinturas durante el proceso: a pesar de no estar expuestas, habían sido colgadas para respetar su posición vertical. Seguir leyendo
La foto de portada de El País Semanal de este domingo era la de un trabajador que, con las manos enfundadas en guantes de látex y sumo cuidado, tiraba de un panel del que colgaban algunas pinturas de Sorolla. El museo dedicado al pintor concluía sus obras de ampliación y este periódico se coló en la mudanza para hacer un magnífico reportaje. En él aparecían imágenes de las nuevas dependencias del museo, de los lucernarios que han colocado en los tejados para que la luz entre por todos lados, como le gustaba al pintor, del equipo de arquitectos que ha firmado el proyecto y de los profesionales que han intervenido en el transporte de las obras. Hubo algo que me impactó, porque revelaba el mimo con el que habían sido tratadas las pinturas durante el proceso: a pesar de no estar expuestas, habían sido colgadas para respetar su posición vertical. Seguir leyendo
ColumnaArtículos estrictamente de opinión que responden al estilo propio del autor. Estos textos de opinión han de basarse en datos verificados y ser respetuosos con las personas aunque se critiquen sus actos. Todas las columnas de opinión de personas ajenas a la Redacción de EL PAÍS llevarán, tras la última línea, un pie de autor —por conocido que éste sea— donde se indique el cargo, título, militancia política (en su caso) u ocupación principal, o la que esté o estuvo relacionada con el tema abordadoLa persona que devolvió el cuadro de Sorolla aparece en los mismos informativos que últimamente solo nos hablan de la indignidad de las élitesEl audio de esta noticia utiliza una voz sintética generada por Inteligencia Artificial y podría tener algunas inconsistencias.Andrés Hurtado, un vecino de Murcia, muestra el cuadro del pintor valenciano Joaquín Sorolla que encontró en la calle.Marcial Guillen (EFE)La foto de portada de El País Semanal de este domingo era la de un trabajador que, con las manos enfundadas en guantes de látex y sumo cuidado, tiraba de un panel del que colgaban algunas pinturas de Sorolla. El museo dedicado al pintor concluía sus obras de ampliación y este periódico se coló en la mudanza para hacer un magnífico reportaje. En él aparecían imágenes de las nuevas dependencias del museo, de los lucernarios que han colocado en los tejados para que la luz entre por todos lados, como le gustaba al pintor, del equipo de arquitectos que ha firmado el proyecto y de los profesionales que han intervenido en el transporte de las obras. Hubo algo que me impactó, porque revelaba el mimo con el que habían sido tratadas las pinturas durante el proceso: a pesar de no estar expuestas, habían sido colgadas para respetar su posición vertical. Leí el reportaje mientras mi padre hojeaba el periódico, esperando el AVE en Santa Justa, la estación de trenes de Sevilla. Habíamos ido para ver el concierto de El Último de la Fila, que por lo visto fue el más multitudinario de toda la gira. 60.000 personas, mayoritariamente boomers e hijos, llenamos La Cartuja para recordar nuestra juventud o nuestra infancia. Y entre los fans de Manolo García y Quimi Portet, los que habían ido al Orgullo, que se celebraba ese sábado, y los turistas, la ciudad estaba hasta la bola y la estación de trenes también. Así que si me hubiera cruzado con Andrés Hurtado, quien como yo volvía ese día a su casa, no habría reparado en la bolsa de plástico que llevaba en la mano. Ni en que de ella asomaba un cuadro, que resultó ser un Sorolla. A Andrés no le hicieron falta ni guantes para manipularlo ni una cámara sellada en la que guardarlo: se encontró el lienzo apoyado en un macetero, a pocos metros del hotel en el que se alojaba, y se lo llevó porque le gustó el marco. El lunes, ya en su casa, se dio cuenta de que en el cuadro había una firma. Así que le hizo una foto y se la mandó a la IA del teléfono, que le dijo que
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