En 1981, un hombre escaló los 442 metros de la Torre Sears, el edificio más alto del mundo por aquel entonces. No fue un espectáculo circense, aunque lo pareciera desde la calle; fue una advertencia, y una advertencia bastante incómoda para la ciudad, porque que puso en cuestión todos los rascacielos del planeta y obligó a Chicago a repensarse a sí misma. La historia merece contarse despacio.. Seguir leyendo
En 1981, un hombre escaló los 442 metros de la Torre Sears, el edificio más alto del mundo por aquel entonces. No fue un espectáculo circense, aunque lo pareciera desde la calle; fue una advertencia, y una advertencia bastante incómoda para la ciudad, porque que puso en cuestión todos los rascacielos del planeta y obligó a Chicago a repensarse a sí misma. La historia merece contarse despacio. Seguir leyendo
Dan Goodwin mirando hacia la cima del John Hancock Center el 11 de noviembre de 1981.. En 1981, un hombre escaló los 442 metros de la Torre Sears, el edificio más alto del mundo por aquel entonces. No fue un espectáculo circense, aunque lo pareciera desde la calle; fue una advertencia, y una advertencia bastante incómoda para la ciudad, porque que puso en cuestión todos los rascacielos del planeta y obligó a Chicago a repensarse a sí misma. La historia merece contarse despacio.. En 1970, Sears —que por entonces era la mayor empresa de grandes almacenes del mundo, con más de 350.000 trabajadores repartidos por todo el país— le encargó al arquitecto Bruce Graham, de la firma SOM, la construcción de su cuartel general en Chicago. Era un edificio para un coloso empresarial, y los colosos empresariales, ya se sabe, rara vez se conforman con edificios normales, algo que Graham entendió perfectamente, así que les propuso otro coloso. Una sede que estuviera a la altura del tamaño de su imperio, literalmente. Les propuso construir el rascacielos más alto del mundo, y Sears —cómo no— dijo que sí.. Vista de la Torre Sears durante su construcción en 1972. Chicago History Museum (Getty Images). Por suerte para todos, Graham contaba con Fazlur Khan, ingeniero bangladesí con quien ya había trabajado en la John Hancock de Chicago. Khan era uno de esos personajes que aparecen de vez en cuando en la historia de la arquitectura para romper las reglas del juego. En la Hancock había revolucionado la construcción en altura con su sistema de tubo exterior, inspirado —y esto ya da pistas sobre el personaje— en la caña de bambú.. El problema era que la John Hancock medía 344 metros, y la futura Torre Sears llegaría a los 442. Casi cien metros más alta, lo cual es ya un desafío técnico incomparable, pero es que, además, serían cien metros más alta en una ciudad con el viento de Chicago, que la llaman La Ciudad del Viento por algo. ¿Qué significaba esto? Pues que lo que se planteaba eran 442 metros de ingeniería al borde de lo imposible. ¿Y dónde encontró Khan la solución? Pues en un paquete de tabaco. En serio. Sacó una cajetilla en mitad de una reunión y le explicó a Graham cómo iba a ser la estructura del nuevo rascacielos.. Un cigarro aislado podía bambolearse con facilidad, pero si agrupabas varios y los hacías trabajar juntos, la esbeltez expuesta al viento se reducía considerablemente y el conjunto se estabilizaba. Khan podría haber recurrido a las cañas de bambú, desde luego, pero en los setenta se fumaba muchísimo y la cajetilla estaba más a mano.. La torre John Hancock de Boston, en medio de la imagen, fue diseñada por Fazlur Khan.Alamy Stock Photo. El resultado fue una estructura que parecía condensar en acero y vidrio el optimismo brutal de la arquitectura de los primeros setenta. No una aguja única, nada de eso, sino nueve tubos cuadrados —un manojo organizado en una retícula de tres por tres— que se elevaba compacto durante cincuenta pisos para luego ir cediendo, escalonándose, hasta que solo dos tubos sobrevivían en la cumbre. La estructura en manojo resolvía el problema del viento pero también economizaba material y multiplicaba la superficie útil. Es decir, era mucho más rentable, lo cual es un factor esencial en la arquitectura corporativa y en los rascacielos.. Inaugurada en 1973, la Torre Sears se convirtió en el edificio más alto del mundo y en el centro de gravedad de la ciudad. Chicago inauguraba un nuevo símbolo. Pero los símbolos también generan preguntas. Qué ocurre dentro cuando se produce un incendio. Cómo se evacúan plantas que están a 300 metros del suelo. Qué significa la verticalidad cuando deja de ser un triunfo y se convierte en una amenaza.. Estas preguntas no eran abstractas. Y alguien las iba a plantear tarde o temprano de la manera más, ejem, vertical posible.. En 1980, Dan Goodwin, un escalador de veinticinco años, vio con sus propios ojos el incendio del hotel MGM Grand en Las Vegas. Ochenta y cinco muertos. Cuerpos atrapados en habitaciones de lujo, ventanas selladas, humo llenando los pasillos. Eran víctimas de las llamas y al mismo tiempo —y esto es lo que obsesionó a Goodwin durante meses— víctimas de la altura. Nadie podía alcanzarlos. Los bomberos no tenían medios para rescatarlos. La altura los había convertido en inaccesibles mucho antes de que el fuego los matara.. Vista panorámica de la Torre Sears (Chicago).Bettmann (Bettmann Archive). Impresionado por el desastre, Goodwin se presentó a las pocas semanas en el cuerpo de bomberos de Las Vegas con un plan de rescate en altura. Su idea consistía en escalar por el exterior de los rascacielos y tender cables y redes para las víctimas, que después serían evacuadas con helicópteros. Al jefe de bomberos de Las Vegas le pareció un plan temerario pero le dijo a Goodwin —un poco para quitárselo de encima— que lo tendría en cuenta si era capaz de demostrar que alguien podía efectivamente escalar un rascacielos por el exterior. Y Goodwin se tomo el reto como como una invitación formal.. Dos meses después, el 25 de mayo de 1981, se presentó en la Torre Sears con una serie de ganchos y ventosas, enfundado en un traje azul y rojo que cualquiera podía identificar desde un kilómetro de distancia. Era el día de los caídos, fiesta nacional, y eso le aseguraba cientos de espectadores y todavía más cámaras. Los periódicos empezaron a llamarle Spider-Dan aquella misma tarde.. Spider-Dan impresionó al mundo entero, claro. Pero él no estaba allí para impresionar a nadie. Estaba allí para advertir, y su argumento no era un informe técnico, era su propio cuerpo desplazándose lentamente por la piel del rascacielos más alto del planeta.. Siete horas de ascenso. El sol golpeando los vidrios, el viento intentando arrancarlo de la superficie, los bomberos abajo mirando hacia arriba sin saber muy bien qué hacer con aquel hombre vestido de personaje de cómic. Cada metro que ganaba Goodwin era, de algún modo, una acusación silenciosa contra la ciudad entera. Porque los bomberos no podían atajarlo —lo intentaron, por cierto, con bastante poca fortuna— y eso no significaba únicamente que fuesen más lentos que él, significaba también que no podrían atajar un incendio en el rascacielos. Quizá en ningún rascacielos. Y esa era la parte incómoda del asunto.. El hombre vestido de Spider-Man plantó una bandera estadounidense en la cima de la torre más alta del mundo y, durante unos segundos, se convirtió en la figura que todos miraban desde la calle, desde las oficinas, desde los ascensores detenidos en mitad de la subida. Lo arrestaron al bajar y le pusieron una multa simbólica, porque no sabían muy bien qué más hacer con él. Lo que quedó fue la imagen. Un cuerpo humano pegado a la fachada, desafiando una estructura concebida como síntesis del poder corporativo americano.. La escalada de Goodwin reveló algo que Khan y Graham habían construido sin proponérselo. Que la torre era también un escenario, una superficie pública donde cualquiera con suficiente ambición podía escribir un mensaje a trescientos metros del suelo. Y Chicago tomó nota. Reformó sus protocolos de rescate en altura y los convirtió en los más seguros del mundo.. La torre sigue allí, aunque ahora se llama Torre Willis, porque los nombres de los rascacielos son tan volátiles como las empresas que los pagan. Visitarla es visitar su doble historia. La del ingeniero bangladesí que domó el viento con una cajetilla de tabaco, y la del escalador californiano que la usó como advertencia vestido de superhéroe.
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