Smiljan Radić Clarke, arquitecto chileno, 60 años, estudio pequeño en Santiago, es el segundo chileno en ganar el Pritzker después de Alejandro Aravena en 2016. Aravena, por cierto, presidía este año el jurado, lo cual tiene su gracia interna porque da fe de esa especie de circuito cerrado que las instituciones de prestigio acaban formando con el tiempo, donde los premiados de ayer deciden los premiados de mañana y nadie parece notar que el mecanismo se ha vuelto algo endogámico. Pero antes de hablar del premio quiero hablar de la obra, porque la obra lo merece y porque de hecho es lo único en toda esta historia de lo que merece hablarse sin reservas. Seguir leyendo
Smiljan Radić Clarke, arquitecto chileno, 60 años, estudio pequeño en Santiago, es el segundo chileno en ganar el Pritzker después de Alejandro Aravena en 2016. Aravena, por cierto, presidía este año el jurado, lo cual tiene su gracia interna porque da fe de esa especie de circuito cerrado que las instituciones de prestigio acaban formando con el tiempo, donde los premiados de ayer deciden los premiados de mañana y nadie parece notar que el mecanismo se ha vuelto algo endogámico. Pero antes de hablar del premio quiero hablar de la obra, porque la obra lo merece y porque de hecho es lo único en toda esta historia de lo que merece hablarse sin reservas. Seguir leyendo
Smiljan Radić Clarke, arquitecto chileno, 60 años, estudio pequeño en Santiago, es el segundo chileno en ganar el Pritzker después de Alejandro Aravena en 2016. Aravena, por cierto, presidía este año el jurado, lo cual tiene su gracia interna porque da fe de esa especie de circuito cerrado que las instituciones de prestigio acaban formando con el tiempo, donde los premiados de ayer deciden los premiados de mañana y nadie parece notar que el mecanismo se ha vuelto algo endogámico. Pero antes de hablar del premio quiero hablar de la obra, porque la obra lo merece y porque de hecho es lo único en toda esta historia de lo que merece hablarse sin reservas.Radić lleva tres décadas haciendo una arquitectura rara en el mejor sentido posible de la palabra rara. Frágil, contenida, con una voluntad hasta cierto punto obsesiva en que los edificios no parezcan terminados del todo, de que conserven una cualidad de provisionalidad, de cosa a punto de irse, que es exactamente lo contrario de lo que la arquitectura suele perseguir en general. Hay una casa suya en Papudo, la Casa Pite, medio incrustada en un acantilado, orientada para protegerse del viento de la costa chilena. No impone nada al paisaje. Se mete dentro de él, lo cual en arquitectura es bastante más difícil de lo que parece, porque la tentación profesional siempre es la contraria, el gesto grande, la torre que se ve desde lejos, el edificio para las cuentas de Instagram de los estudiantes de arquitectura.Retratdo del arquitecto chileno Smiljan Radic Clarke, ganador del Premio Pritzker 2026. Fotografía de EFE/Tom Welsh. EFESu pieza más visible es probablemente el Serpentine Pavilion de Londres de 2014, una especie de dónut traslúcido de fibra de vidrio apoyado sobre piedras. Piedras de verdad, grandes, sin tallar, haciendo de estructura portante de un pabellón que parecía a punto de salir volando o de desmoronarse, y eso era exactamente lo que Radić quería que pareciera. Después está el Teatro Regional del Bío-Bío en Concepción, su obra de mayor escala, una envolvente también traslúcida, o semitraslúcida, que filtra la luz y trabaja la acústica desde la contención, todo muy medido, muy preciso, con una pátina de obra efímera, a medio construir o a medio desmontar.El jurado del Pritzker habla en su acta de fragilidad, de incertidumbre, de edificios al borde de la desaparición. Y el jurado tiene razón. La arquitectura de Radić parece estar siempre a punto de irse, y eso le da una cualidad emocional que la mayoría de edificios, contemporáneos o de los otros, ni siquiera intentan alcanzar.Hasta aquí, el premio está razonablemente bien dado. Radić es un arquitecto serio, con una obra coherente, que trabaja desde Santiago con un equipo pequeño y que no ha necesitado construir rascacielos en Dubái ni museos faraónicos en capitales del Golfo para tener una voz propia. El problema, entonces, no es el premiado. El problema es el premio en sí, y deberíamos mirarl
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