Hay un chaval de 14 años de Canterbury que canta y toca la guitarra que desde hace una semana ocupa casi toda mi carpeta de Instagram llamada “felicidad”. Cuando estoy triste, lo busco. Cuando estoy alegre, lo busco. Cuando quiero escuchar música, me pongo sus vídeos en bucle. El algoritmo me trajo a @axelpower_mp3 cantando Here, there and everywhere de los Beatles con su guitarra eléctrica y a los pocos minutos ya llevaba horas sumergida en su perfil. Tiene una versión de Everybody wants you de Jeff Buckley que ojalá durase toda la vida, aunque parezca impropio hablar de Internet y belleza. Seguir leyendo
Quizá el problema no sea Internet, sino haber dejado que nos llevara hacia los escombros
Red de redesColumnaArtículos estrictamente de opinión que responden al estilo propio del autor. Estos textos de opinión han de basarse en datos verificados y ser respetuosos con las personas aunque se critiquen sus actos. Todas las columnas de opinión de personas ajenas a la Redacción de EL PAÍS llevarán, tras la última línea, un pie de autor —por conocido que éste sea— donde se indique el cargo, título, militancia política (en su caso) u ocupación principal, o la que esté o estuvo relacionada con el tema abordadoQuizá el problema no esté en las redes, sino en haber dejado que nos arrastrara hacia los escombrosEl audio de esta noticia utiliza una voz sintética generada por Inteligencia Artificial y podría tener algunas inconsistencias.La filósofa María Zambrano. Raúl CancioHay un chaval de 14 años de Canterbury que canta y toca la guitarra que desde hace una semana ocupa casi toda mi carpeta de Instagram llamada “felicidad”. Cuando estoy triste, lo busco. Cuando estoy alegre, lo busco. Cuando quiero escuchar música, me pongo sus vídeos en bucle. El algoritmo me trajo a @axelpower_mp3 cantando Here, there and everywhere de los Beatles con su guitarra eléctrica y a los pocos minutos ya llevaba horas sumergida en su perfil. Tiene una versión de Everybody wants you de Jeff Buckley que ojalá durase toda la vida, aunque parezca impropio hablar de Internet y belleza. Cada vez nos duelen más sus males, la dictadura del algoritmo y su homogeneización del mundo. Pero cuando las redes dejan de insistir en que me gusten las recetas de cocina, las chicas haciendo deporte o los “divulgadores” que analizan las crisis humanitarias en un minuto, aparecen personas que celebro como si fueran hallazgos fortuitos. Es una ilusión, claro, detrás hay millones de cálculos y señores millonarios, pero, de vez en cuando, aparece alguien o algo que nunca habría sabido buscar. Y entonces Internet se parece más al asombro que al consumo. Hace poco vi un vídeo de un tipo que explicaba de dónde venía el lema “no hay más vencedor que Alá” de La Alhambra y pensé en si un algoritmo podía conmoverme, hacerme aprender, transformarme en quién soy gracias o por culpa de él. Nunca pisé una tienda de discos —lo siento—. Mi canon cultural me lo dieron mi padre, la biblioteca Gloria Fuertes, algunas amigas y el mecanismo de YouTube, Twitter e Instagram. Fue allí donde me obsesioné con el concierto de los Beastie Boys en Glasgow en 1999 o con cualquier contenido relacionado con Genesis P-Orridge. Encontré mi amor por la filosofía, no en el instituto, donde jamás me hablaron de ella, sino en Twitter, cuando se hizo viral un fragmento de Tatuaje y sentí un flechazo por María Zambrano, por cómo hablaba de los ojos de una vaca, porque en toda la entrevista José-Miguel Ullán no paró de encenderle cigarrillos. Siento que lucho contra la máquina cuando me obligo a que permanezcan en mi memoria los instantes de los directo
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