Esta es la historia de un pueblito que en sus mejores tiempos llegó a albergar a unas quinientas personas. Incluso cuando tenía menos habitantes, sus pasillos, plazuelas y viviendas eran un hervidero de personas atareadas, ropa tendida y olor a potajes. Estas personas tenían los problemas de cualquiera: el dinero y el deseo de dejar bien colocados a los hijos. Lo que les distinguía a todos ellos es que vivían en el Palacio Real de Madrid, que compartían con la realeza y la nobleza, pero con tareas bien distintas. EL PAÍS ha accedido a los documentos, planos y cartas que atesora el Archivo General de Palacio sobre cómo eran sus vidas en la residencia real, desde que esta se levantó a mediados del siglo XVIII hasta el final de la dictadura del general Franco, cuando se marcharon sus últimos moradores.Seguir leyendo
EL PAÍS accede a la documentación, planos y cartas que detallan el día a día de los empleados palaciegos, desde que se levantó el edificio a mediados del siglo XVIII hasta el final del franquismo
Esta es la historia de un pueblito que en sus mejores tiempos llegó a albergar a unas quinientas personas. Incluso cuando tenía menos habitantes, sus pasillos, plazuelas y viviendas eran un hervidero de personas atareadas, ropa tendida y olor a potajes. Estas personas tenían los problemas de cualquiera: el dinero y el deseo de dejar bien colocados a los hijos. Lo que les distinguía a todos ellos es que vivían en el Palacio Real de Madrid, que compartían con la realeza y la nobleza, pero con tareas bien distintas. EL PAÍS ha accedido a los documentos, planos y cartas que atesora el Archivo General de Palacio sobre cómo eran sus vidas en la residencia real, desde que esta se levantó a mediados del siglo XVIII hasta el final de la dictadura del general Franco, cuando se marcharon sus últimos moradores.El jefe del Servicio de Investigación Histórica de Patrimonio Nacional, José Luis Sancho, explica cómo se distribuían todas estas personas. “En los dos sótanos estaban los oficios, los relacionados con la comida y los de muebles y tapicería. La planta baja era para los ministerios, en la planta principal vivían los reyes y las dos últimas eran las viviendas para criados”, añade Sancho, que prepara un libro sobre la historia de la vida en este palacio. Eran muy diferentes, por ejemplo, las residencias de las nobles que atendían a las mujeres de la realeza a los cuartos de los sirvientes que se ocupaban de limpiar los retretes. No obstante, uno puede hacerse una idea del trajín que debía de haber en un edificio con 65 escaleras, aunque cada persona tenía las suyas por las que podía subir y bajar. “Había una escalera principal solo para el rey”.Interior de una de las antiguas viviendas para trabajadores del Palacio Real, en una imagen tomada el 13 de mayo.Álvaro GarcíaSin embargo, no todos los empleados del Palacio Real podían vivir en él, debido a la falta de habitaciones, que estaban muy cotizadas. Contaba su caso por carta Rafael Ruiz, de 60 años, mozo de oficio de los reales cuartos (un sirviente) en época de Alfonso XIII. Este hombre, que se presentaba como “empleado en el Real Palacio desde hace cuarenta y un años”, vivía en el popular barrio madrileño de Prosperidad. Ruiz escribió la siguiente solicitud al inspector general del palacio el 8 de julio de 1930: “Viviendo en el extrarradio, alejados sus hijos de la enseñanza que pudieran recibir, privado frecuentemente de la asistencia facultativa. Respetuosamente suplica se le conceda el cuarto que ha dejado vacante la doncella Antonia, que fue de Su Majestad la Reina María Cristina”. Como se ve, el problema de la vivienda en la capital de España es antiguo. El subdirector del Archivo General de Palacio, Javier Fernández, muestra este y otros papeles que reflejan un aspecto desconocido de la monarquía española que habitó el Palacio Real. Fernández abre un libro, la Matrícula de la Real Capilla de Palacio, del reinado de Carlos III (1759-1788
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