El animal terrestre de mayor edad tiene una combinación de variantes genéticas que le permiten envejecer con mucha más eficacia
A los 194 años, Jonathan es el habitante más célebre de la isla de Santa Elena, en el Atlántico sur. Salvo por su ceguera y algún que otro achaque propio de la edad, goza de buena salud. No es ostentosa, aunque bien podría presumir de ser el animal terrestre más longevo que se conozca. Cuando salió del cascarón, alrededor de 1832, todavía no existía la bombilla ni el telégrafo eléctrico. Además, mientras Jonathan daba sus primeros pasos por la grama, en España reinaba Fernando VII y los quirófanos del mundo parecían auténticas carnicerías —la anestesia moderna no llegaría hasta la década de 1840—. De ahí que un grupo de científicos haya decidido estudiar las particularidades de este ejemplar de tortuga de Aldabra (Aldabrachelys gigantea), una especie ya de por sí longeva —suelen vivir unos 80 años de media—. Los resultados, publicados este miércoles en la revista Science Advances, apuntan a una combinación de variantes genéticas y de marcas químicas en el ADN que podrían explicar, en parte, cómo este casi bicentenario reptil combate el envejecimiento de forma extraordinaria.
Durante el estudio, los científicos descubrieron que Jonathan tiene modificaciones especiales en sus genes que ayudan a frenar el deterioro del cuerpo. Estas adaptaciones “protegen su ADN y cuidan sus telómeros [los escudos que evitan que las células se desgasten cada vez que se multiplican], además de regular la energía y la insulina, mantener sanas sus mitocondrias y prevenir el cáncer”, explica la investigación.
El periplo de la tortuga
Jonathan lleva más de 140 años fuera de casa. Se cree que llegó a Santa Elena alrededor de 1880, como regalo para uno de los gobernadores de la isla. Santa Elena está a más de 6.000 kilómetros de las islas Seychelles, en la costa oriental de África, el lugar de donde la especie de Jonathan es autóctona. En aquel entonces, relata Justin Gerlach, uno de los autores del estudio y profesor de la Universidad de Cambridge, era común que los marinos se llevaran a estos reptiles como “suministro de alimentos”.
Gerlach explica en una videollamada con este diario que, como las tortugas de Aldabra pueden pasar varios meses sin beber agua, eran una fuente perfecta de alimento para los viajeros: representaban mucha carne —los machos adultos llegan a pesar más de 200 kilos— a un costo relativamente bajo: su dieta puede reducirse a hojas y tallos. Gerlach, sin embargo, añade un matiz importante. “Hace unos años documenté cómo, si tenían la oportunidad, eran capaces de matar y comer pequeñas aves”, agrega con un tono tranquilo.

Pese a su poco conocida faceta depredadora, igual hubiese sido relativamente fácil atrapar a Jonathan para extraerle muestras de sangre: la velocidad máxima de su especie es cercana a los 0,3 kilómetros por hora. Pero las autoridades de Santa Elena lo prohibieron por temor a provocarle una infección. Por lo que los científicos tuvieron que conformarse con analizar pruebas de ADN de la boca. Para obtenerlas, fingían darle de comer a Jonathan y, cuando “empezaba a morder el aire”, los investigadores aprovechaban para raspar “bajo la lengua”. Engañaron a un anfibio de casi 200 años en nombre de la ciencia.
Los hallazgos
Aunque la mayor parte del ADN del reptil muestra los cambios químicos propios de la edad, los investigadores detectaron que algunos de los interruptores que le indican a la célula qué genes activar para llevar a cabo sus funciones mantienen el orden propio de una tortuga joven. Cuanto más desordenadas están las marcas químicas que los regulan, más deficiente tiende a ser la actividad del gen. Es normal que ese desorden aumente con la edad, tanto en humanos como en tortugas. Pero Jonathan tiene 272 promotores —el nombre técnico de dichos interrumptores— con un orden muy similar al de dos tortugas jóvenes que también formaron parte del estudio (de 5 y 12 años), mientras que en las otras adultas de mayor edad aparecen desordenados.
Para el catedrático de Genética en la Universidad Pompeu Fabra, Tomas Marques-Bonet, estos estudios son muy reveladores al concentrarse en un ejemplar único como Jonathan. El también investigador de la Institución Catalana de Investigación y Estudios Avanzados (ICREA) considera que la extraordinaria longevidad de este reptil representa una buena oportunidad para “estudiar qué soluciones han aparecido repetidamente en diferentes animales para identificar mecanismos fundamentales del envejecimiento”, expone a través de un mensaje por correo electrónico.
Marques-Bonet considera que al “identificar mecanismos fundamentales del envejecimiento”, se puede avanzar en “la comprensión del sistema” que afecta a los humanos. Matiza, eso sí, que hay que tener cuidado en extrapolar los hallazgos en el ADN de un reptil con el de las personas y que faltan todavía más estudios e investigaciones para poder desarrollar esto con más certeza. Hace falta, en últimas, tiempo. Algo que Jonathan parece conocer —y engañar— muy bien.
EL PAÍS
A los 194 años, Jonathan es el habitante más célebre de la isla de Santa Elena, en el Atlántico sur. Salvo por su ceguera y algún que otro achaque propio de la edad, goza de buena salud. No es ostentosa, aunque bien podría presumir de ser el animal terrestre más longevo que se conozca. Cuando salió del cascarón, alrededor de 1832, todavía no existía la bombilla ni el telégrafo eléctrico. Además, mientras Jonathan daba sus primeros pasos por la grama, en España reinaba Fernando VII y los quirófanos del mundo parecían auténticas carnicerías —la anestesia moderna no llegaría hasta la década de 1840—. De ahí que un grupo de científicos haya decidido estudiar las particularidades de este ejemplar de tortuga de Aldabra (Aldabrachelys gigantea), una especie ya de por sí longeva —suelen vivir unos 80 años de media—. Los resultados, publicados este miércoles en la revista Science Advances, apuntan a una combinación de variantes genéticas y de marcas químicas en el ADN que podrían explicar, en parte, cómo este casi bicentenario reptil combate el envejecimiento de forma extraordinaria.. Seguir leyendo
