Esperaba con ansia ir a casa de mis abuelos a ver una programación más variada y excitante que la de la TVE de entonces
Es algo que ha pasado en muchas casas españolas: llegado el mes de julio, mi hermano y yo éramos empaquetados por mi madre y enviados al pueblo natal hasta principios de septiembre. Pero mi pueblo natal es São Paulo, la ciudad más grande de Sudamérica, y julio en Brasil (o, al menos, en esa parte de Brasil) es tiempo de lluvia y frío. Así que en vez de infinitas tardes de bañarse en el río o en la playa, correr por el campo mientras la familia siestea y toda la mitología estival que en España está cristalizada en Verano azul (que nunca he visto), mis veranos —o, más bien, inviernos— eran pasar días y días en la casa de mis abuelos, fría y húmeda. Y aunque mi familia brasileña hacía todo lo posible para buscar excursiones y mantenernos entretenidos, 70 días eran muchos días, el tiempo no siempre acompañaba, y buena parte del día lo pasábamos delante de la tele.Puede parecer increíble, pero lo esperaba con ansia. En mi casa en Madrid, la televisión solo tenía dos canales (al menos en mi primera infancia) y un montón de ciclos de películas del oeste que me aburrían soberanamente. En donde mis abuelos había siete canales en abierto, y con la llegada de la televisión por cable (que fue antes que en España) aumentaron. Además, era mucho más divertida.Por las mañanas, la tele era nuestra (de mi hermano y mía, pero recuerdo pocas discusiones). En aquel entonces, la líder destacada de la televisión brasileña era el canal 5, la legendaria Cadena Globo. Es la que tenía el mayor presupuesto y los dibujos más novedosos. También, el programa más popular entre los niños, presentado por Xuxa Meneghel, la “reina de los bajitos”, que luego tendría una breve (pero aún recordada) aparición en la Telecinco de las Mama Chicho.Disputándole nuestra preferencia estaba el canal 4, fundado solo unos años antes y con un presupuesto mucho más ajustado. En sus primeros años, la emisora había comprado una colección de dibujos antiguos (El Pájaro Loco, Tom y Jerry, Droopy, entre otros) que era la base de su programación matinal. El rival de Xuxa fue, durante los primeros años, la versión brasileña del payaso estadounidense Bozo. Luego se sabría que, a lo largo de sus años de emisión, el actor que hacía de Bozo se hinchaba a drogas y alcohol en una espiral autodestructiva que terminó con su conversión al protestantismo, una vida de misionero rural, y una película que Brasil envió a los Oscar. Pero el programa más legendario del canal era un paquete de episodios de El chavo del ocho y del El Chapulín Colorado, comprados por cuatro perras (ni siquiera estaban todos) y que, a falta de algo mejor, emitía dos veces al día. Gracias a esos programas, Chespirito adquirió un carácter casi mitológico en Brasil: aún tras 40 años, todos los intentos de la emisora (ahora, con muchos más posibles) de poner otra cosa en ese horario han acabado en sonoros fracasos.Los protagonistas de ‘El chavo del ocho’.Había
Es algo que ha pasado en muchas casas españolas: llegado el mes de julio, mi hermano y yo éramos empaquetados por mi madre y enviados al pueblo natal hasta principios de septiembre. Pero mi pueblo natal es São Paulo, la ciudad más grande de Sudamérica, y julio en Brasil (o, al menos, en esa parte de Brasil) es tiempo de lluvia y frío. Así que en vez de infinitas tardes de bañarse en el río o en la playa, correr por el campo mientras la familia siestea y toda la mitología estival que en España está cristalizada en Verano azul (que nunca he visto), mis veranos —o, más bien, inviernos— eran pasar días y días en la casa de mis abuelos, fría y húmeda. Y aunque mi familia brasileña hacía todo lo posible para buscar excursiones y mantenernos entretenidos, 70 días eran muchos días, el tiempo no siempre acompañaba, y buena parte del día lo pasábamos delante de la tele. Seguir leyendo
