La revolución que estalló hace una década en la aldea de Trasanquelos ya tiene su guillotina. Ha pasado ese tiempo desde que una extraña pareja alborotó este enclave de 70 habitantes en el municipio de Oza Cesuras, a 30 kilómetros de A Coruña. Él, un renombrado e irreverente artista llamado Carlos Pazos. Ella, Montse Cuchillo, una profesora de Derecho Administrativo entregada a la agitación cultural. Seguir leyendo
La revolución que estalló hace una década en la aldea de Trasanquelos ya tiene su guillotina. Ha pasado ese tiempo desde que una extraña pareja alborotó este enclave de 70 habitantes en el municipio de Oza Cesuras, a 30 kilómetros de A Coruña. Él, un renombrado e irreverente artista llamado Carlos Pazos. Ella, Montse Cuchillo, una profesora de Derecho Administrativo entregada a la agitación cultural. Seguir leyendo
La revolución que estalló hace una década en la aldea de Trasanquelos ya tiene su guillotina. Ha pasado ese tiempo desde que una extraña pareja alborotó este enclave de 70 habitantes en el municipio de Oza Cesuras, a 30 kilómetros de A Coruña. Él, un renombrado e irreverente artista llamado Carlos Pazos. Ella, Montse Cuchillo, una profesora de Derecho Administrativo entregada a la agitación cultural. El matrimonio catalán montó la sede de su fundación en esta aldea gallega y la ha ido convirtiendo en un inesperado foco de arte contemporáneo. Entre maizales y berzas, han levantado un futurista búnker de zinc de 100 metros cuadrados donde tiene Pazos su taller creativo. Lo llaman el Meteorito y, al diseño del arquitecto Luis Enguita, le dio forma una empresa de albañilería tradicional de Betanzos. A su lado, desde el pasado mayo, se alza la máquina decapitadora que nació como garantía de muerte indolora e igualitaria y acabó rebanando miles de cabezas tras la Revolución Francesa.En Trasanquelo,s la revolución es artística y la guillotina, una metáfora de hierro galvanizado y cinco metros de alto. “El arte ha de ser una guillotina: tajante, irreversible, irremediable”, proclama Pazos (Barcelona, 1949) sobre el significado de su pieza. La forjó en Lleida la herrería industrial de Joan Jové, que ya había fabricado otra para una obra de teatro.En la parte superior reza la inscripción “DRA” por un lado, y “MATIZAR” por el otro. “Pazos renueva de este modo la relación entre el objeto histórico, la mirada y el contexto, la Revolución Francesa y la monarquía española, la ciudad y el campo, el centro y la periferia de la periferia, París y Trasanquelos, la cabeza del rey y el cuerpo del artista”, escribe el filósofo y cineasta Paul B. Preciado sobre la “experiencia sensorial extraña” que provoca esta obra en medio del campo.Sus vecinos han aceptado el juego del artista. Él, como buen francófilo, es consciente de que su metáfora no sería tan bien entendida en el país galo, donde reside con su esposa buena parte del año. La morada de Pazos y Cuchillo en París está junto a la plaza de la Bastilla. En toda Francia, cuenta Cuchillo, “solo hay una guillotina a la vista”, en el museo de Marsella: “En España no podríamos hacer la misma broma con el garrote vil, la lectura cultural es diferente según el lugar”. Todos los que ven la de Transanquelos preguntan si funciona. Preventivamente, el fabricante optó por bloquear los rieles por los que se precipita la cuchilla, aunque Pazos advierte con picardía que su obra “inútil”, como debe ser el arte a su juicio, tiene fácil regreso a la funcionalidad. Carlos Pazos y Montse Cuchillo, en la sede de su fundación en Trasanquelos. ÓSCAR CORRALUna señal con un sonoro juego de palabras orienta a los visitantes en la serpenteante carretera que lleva a la sede de la Fundación Pazos Cuchillo: “Mi Path os Doy” (“mi camino os doy”). “L
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