Como las tildes de su nombre, las obras de Felix Gonzalez-Torres no existen, aunque un día estuvieran ahí. Sus trabajos son más bien ideas que otros reproducen y modifican. Nacen, crecen, se multiplican y mueren. Aunque no todas tienen esa cualidad efímera: también produjo algunos objetos duraderos como fotografías impresas y puzles. Y otros que solo existen para nosotros, aquí y ahora, como invocación, como un vídeo suyo del que solo se puede ver la cartela. Algunas de sus piezas, como sus pilas de caramelos y cartulinas, se pueden coger y llevar a casa sin temor a ser detenidos por la seguridad del museo, mientras que de otras se pide explícitamente que no se toquen.. Seguir leyendo
Como las tildes de su nombre, las obras de Felix Gonzalez-Torres no existen, aunque un día estuvieran ahí. Sus trabajos son más bien ideas que otros reproducen y modifican. Nacen, crecen, se multiplican y mueren. Aunque no todas tienen esa cualidad efímera: también produjo algunos objetos duraderos como fotografías impresas y puzles. Y otros que solo existen para nosotros, aquí y ahora, como invocación, como un vídeo suyo del que solo se puede ver la cartela. Algunas de sus piezas, como sus pilas de caramelos y cartulinas, se pueden coger y llevar a casa sin temor a ser detenidos por la seguridad del museo, mientras que de otras se pide explícitamente que no se toquen. Seguir leyendo
Como las tildes de su nombre, las obras de Felix Gonzalez-Torres no existen, aunque un día estuvieran ahí. Sus trabajos son más bien ideas que otros reproducen y modifican. Nacen, crecen, se multiplican y mueren. Aunque no todas tienen esa cualidad efímera: también produjo algunos objetos duraderos como fotografías impresas y puzles. Y otros que solo existen para nosotros, aquí y ahora, como invocación, como un vídeo suyo del que solo se puede ver la cartela. Algunas de sus piezas, como sus pilas de caramelos y cartulinas, se pueden coger y llevar a casa sin temor a ser detenidos por la seguridad del museo, mientras que de otras se pide explícitamente que no se toquen.. También hay creaciones suyas que viven en la calle, fuera de la institución, como unas vallas publicitarias colocadas en varias paradas de metro que se pueden reimprimir hasta la saciedad, salvo una, que permanece como objeto único. Todo es así en el universo del cubano-estadounidense (1957-1996): pura contradicción. Una paradoja muy humana que se estira hasta el título de la exposición que le dedica el Reina Sofía: Dulce venganza, una muestra comisariada por Alejandro Cesarco y Nancy Spector cuyo nombre remite a una frase que el propio artista escribió en 1991 a su regreso a Madrid, 20 años después de haber sido enviado por su familia a la ciudad en uno de esos programas internacionales para alejarse del régimen de Cuba.. ‘Untitled (Revenge)’, 1991, de Felix Gonzalez-Torres. Caramelos azules en envoltorios transparente, suministro inagotable. Las dimensiones totales varían con la instalación.Roberto Ruiz © Estate Felix Gonzalez-Torres. “Su figura combina su aparente levedad con una enorme fuerza política, es humilde pero a la vez un referente”, abundó Manuel Segade, el director del museo, quien ya comisarió en 2020 junto a Cesarco Es solo cuestión de tiempo, una sección de Arco articulada en torno a la influencia en el arte contemporáneo de la obra de Gonzalez-Torres, también protagonista de una gran muestra en el MACBA de Barcelona en 2021. “Pero Madrid tenía una deuda con él, ya que hasta ahora no había habido una retrospectiva a su medida”, puntualizó Segade sobre esta ciudad, vivida por Gonzalez-Torres como su primera experiencia lejos de su país, que recontextualiza su trabajo dotándolo de una nueva capa de interpretación que los comisarios han querido apuntalar sobre las ideas del “desplazamiento y el exilio”.. La levedad que mencionaba Segade tiene mucho que ver con el postminimalismo, el conceptualismo y el arte povera que reinaban en el ambiente artístico en el que Gonzalez-Torres se enmarca cronológicamente, movimientos de los que él se apropió en un sentido formal pero que tergiversó en su fondo, llenándolos de significados tan personales como políticos. Exiliado cubano, abiertamente homosexual, víctima de la epidemia del sida —falleció a los 38 años—, esos sentidos multidireccionales de su obra se encuentran íntimamente ligados a su biografía, una hoja de vida que, sin embargo, él quiso presentar en blanco para evitar caer en el reduccionismo.. Al fondo en el centro: ‘Untitled (For Parkett)’, 1994, de Felix Gonzalez-Torres. Valla sobre papel estucado Appleton. Dimensiones variables según la instalación. Roberto Ruiz © Estate Felix Gonzalez-Torres. “Al poner nombres a las cosas las minimizas, por eso en su momento él decidió no participar en exposiciones que se centraban en la procedencia geográfica o en ideas como la epidemia del sida”, explicó Spector, antigua curadora del Guggenheim de Nueva York que ya comisarió una muestra de Gonzalez-Torres en el CGAC de Santiago de Compostela en 1995. Por esa misma razón —“para poder trabajar sin marcadores de su identidad”— decidió, a principios de los años noventa, quitarse las tildes de su nombre de pila y primer apellido. “Él se nacionalizó estadounidense”, señaló la co-comisaria, “y quería serlo sin ningún añadido”.. Pero que no se explayara en sus señas no quiere decir que no se pueda, o deba, leer el trabajo de Gonzalez-Torres en esas claves identitarias. El amor concebido como el arma política más poderosa, y en particular el amor queer, desborda sus trabajos: aunque no están presentes en la muestra algunas obras icónicas como su Untitled (Perfect Lovers), dos relojes que se mueven sincrónicamente hasta que uno de ellos pierde el compás, esa idea está “indexada” —usando el término de Spector— en piezas como la que abre el recorrido, dos anillos de latón emparejados, así como en los dos espejos paralelos que presiden una sala, con los que el artista devuelve el protagonismo a aquel que mira.. De izquierda a derecha: ‘Untitled’, 1992. Valla publicitaria. Dimensiones variables según la instalación. ‘Untitled (Arena)’, 1993. 60 bombillas, portalámparas de porcelana, cable eléctrico y regulador de intensidad. Dimensiones variables según la instalación. ‘Untitled (Beginning)’, 1994. Cortinas de cuentas y dispositivo de suspensión. Dimensiones variables según la instalación. Roberto Ruiz. © Estate Felix Gonzalez-Torres. Y es que nada de lo que hizo Gonzalez-Torres tendría sentido sin la participación de los otros. No somos nadie si nadie nos tiene en cuenta. Así, es el público el que, al bailar al ritmo del vals que suena en dos juegos de auriculares puestos a su disposición, dota al espacio del museo de significado y de vida. Y son los viajeros que pasen por las estaciones de O’Donell, de Tirso de Molina, o de Cuzco, los que dotarán de sentido a los mensajes que se despliegan para sus ojos en las vallas publicitarias. Y por supuesto, serán aquellos que se lleven consigo los caramelos que conforman algunas de las más reconocibles instalaciones del artista, los que diseminarán su mensaje contra las certezas fanáticas que tanto sigue resonando hoy en día: una voz teñida de desesperación y humor, de vulnerabilidad y entereza. Una dulce golosina (pruébenla) con sabor a menta.
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