Mientras hablamos, alguien en Estados Unidos podría encontrarse al rapero J Cole en un aparcamiento vendiendo copias de su último álbum, The Fall-Off , directamente a sus fans. No es que J Cole haya tenido problemas para mover su séptimo álbum de estudio: en la primera semana alcanzó la cifra equivalente a 280.000 copias vendidas en Estados Unidos, además del número 1 en el Billboard 200. En España, la banda Mujeres ha optado por llevarlo más allá e invertir sus prioridades: el primer adelanto de su nuevo álbum ha sido distribuido a pie de calle y, antes del streaming, ya estaba en tiendas de discos de Barcelona, Madrid y Valencia. Su bajista, Pol Rodellar, afirmaba: “Queremos volver a comprar y escuchar discos físicos y que la gente aprecie lo manual, lo artesanal y lo independiente”.. Seguir leyendo
La vuelta a los discos de vinilo, e incluso al CD, con sus múltiples ediciones especiales, deja un debate entre los fans: ¿es amor por el objeto y el artista o la enésima manera de presumir de estatus económico y cultural?
Mientras hablamos, alguien en Estados Unidos podría encontrarse al rapero J Cole en un aparcamiento vendiendo copias de su último álbum, The Fall-Off , directamente a sus fans. No es que J Cole haya tenido problemas para mover su séptimo álbum de estudio: en la primera semana alcanzó la cifra equivalente a 280.000 copias vendidas en Estados Unidos, además del número 1 en el Billboard 200. En España, la banda Mujeres ha optado por llevarlo más allá e invertir sus prioridades: el primer adelanto de su nuevo álbum ha sido distribuido a pie de calle y, antes del streaming, ya estaba en tiendas de discos de Barcelona, Madrid y Valencia. Su bajista, Pol Rodellar, afirmaba: “Queremos volver a comprar y escuchar discos físicos y que la gente aprecie lo manual, lo artesanal y lo independiente”.. Seguramente algo parecido pensaron los que acribillaron la preventa para hacerse con 4.826 copias en vinilo de Daisy, el disco debut de Rusowsky, sacando a Rosalía del número 1 en las listas españolas. LUX, justamente, ha demostrado que el formato físico es determinante en cualquier lanzamiento a ese nivel: siete semanas le bastaron para convertirse en el vinilo más vendido de España en 2025.. La táctica de elevar el hype hasta el extremo y luego complacer al superfan más fetichista con ediciones físicas coleccionables (colores, portadas alternativas o bonus tracks, singularidades que generan escasez e invitan a completar una colección) lo perfeccionó Taylor Swift, que ha repetido en 2025 liderando las ventas en vinilo: 1.601.000 copias. El mensaje que mandan es cristalino: ¿eres lo suficiente fan para poseer todas las versiones de mi último disco? Productos muy distintos a los que vende Raül Chamorro en Ultra-Local Records de Barcelona, tienda especializada en bandas emergentes: “Hay ediciones mainstream que preferimos no tener, porque son para clientes que no volverán a la tienda. Me llama la atención cómo la gente se mueve por cosas puntuales, Geese o Rosalía, que hacen que todo el mundo busque el mismo disco durante meses”.. Una tienda de discos Virgin en 1996.. Pero en el último año y medio, Raül ha notado un cambio de prioridades en el consumidor medio: “Se prefiere comprar música mainstream y clásicos que bandas pequeñas. Veo a gente que compra discos convencidos de que no perderán valor. Una suerte de especulación, la certeza de no estar metiendo la pata”, añade. Según el norteamericano Shawn Reynaldo, crítico musical fundador de First Floor, esta corriente se extiende también a la electrónica: “Los fans suelen entusiasmarse con la compra de reediciones de clásicos de Aphex Twin más que con cualquier novedad. Lo cierto es que la mayoría de los nuevos lanzamientos tienen dificultades para vender; muchos sellos independientes lanzan tiradas de solo 150 o 200 copias, y aún así pierden dinero”, añade.. Observando los datos globales, con un crecimiento de un 25,6% de las ventas en el primer semestre de 2025 en España y subiendo por decimonoveno año consecutivo en Estados Unidos y Reino Unido, podría parecer que Occidente se ha vuelto audiófilo y/o renegado de su dieta algorítmica. No es así: el auge sostenido del vinilo es debido al dominio de las majors, las reediciones, y que se ha convertido en el principal objetivo de las grandes masas de fans. Ha entrado un tipo de clientela para quien el vinilo funciona como un vector de estatus. Una credencial que, por cierto, se está volviendo cada vez más costosa: la reedición oficial que Frank Ocean lanzó de su disco Channel Orange se vendió a 69 dólares. Algunos fieles dirán que 13 años de espera justifican la compra, pero eso no suavizará su condición de objeto premium, un lujo inalcanzable para la mayoría. “Muchos de los vinilos que se adquieren son elementos decorativos, artículos de lujo que sirven para señalar gusto y fanatismo” dice Shawn al respecto.. Un cliente en la tienda RPM de Oviedo en 1999.Paco García. Al hilo del descarado incremento de precios, Raül comenta que “justamente por eso a la gente no le duele tanto volver al CD”. En cuanto a esto, las señales son contradictorias: en España el vinilo supone el 68,8% de todas las ventas físicas, y el CD sufre una ligera caída año tras año. Pero en 2025 Reino Unido observó cómo la venta de reproductores de CD se incrementó en un 74%. Si el vinilo se vuelve propiedad de fandoms, clase alta sin tocadiscos (pero sí estanterías) o nichos especializados que especulan, quizá el CD pueda ser la respuesta utilitaria y barata para volver a lo físico, ¿no? Sin ir más lejos, Nara Is Neus, artista catalana, experimentó recientemente llevando su obra Isochron al formato mini CD: “El precio de fabricación de vinilos está por las nubes, y para tiradas cortas (de menos de 500 copias) es una barbaridad. Por eso decidí pensar en formatos físicos alternativos”. Hizo 99 unidades. “Me sorprendió lo fácil que era de producir y transportar; podía usarse como llavero y a la vez que abriera el player del álbum a través de un tag NFC”, dice.. La artista escogió este formato por su accesibilidad, pero otros igual de singulares se centran más en la miniaturización y en extraer beneficio de la vena coleccionista. El Tiny Vinyl, discos de cuatro pulgadas, la mitad del single clásico, pensado para tiradas limitadas en giras y clubes de fans, está expandiéndose. La idea la tuvo un veterano de la industria de los juguetes, Neil Kohler, y ya la están implementando desde Chappell Roan a los Rolling Stones. Desde Seúl, KiTbetter está optando por pequeños estuches tipo CD sin nada dentro que, al estar cerca de un smartphone, desbloquean el álbum en su aplicación para reproducirlo. Otros artistas están experimentando con perfumes auditivos, incluso con chupa-chups que utilizan la tecnología de conducción ósea para reproducir música a través de tu boca.. Una mujer muestra un disco de Stevie Wonder en una tienda de discos de Praga en 1988.David Turnley (Getty Images). Si hacemos caso de los titulares de cualquier medio de tendencias, todo apunta a que este 2026 hay una “vuelta a lo analógico”, justificada en parte por nuestra desafección y rechazo a lo artificial. Pero eso no significa que vayamos a cancelar la suscripción a Spotify; al revés, en el mejor de los casos sólo estamos añadiendo otra capa. Lo digital prevalece y lo físico se adopta como compra con intención. Para Shawn Reynaldo se parece más a un ajuste fino que a un cambio palpable: “Es un sentimiento aspiracional más que un fenómeno real, y la razón por la que circula ampliamente es porque la gente se siente mejor consigo misma”.. “Ahora primero se escucha un álbum por streaming y luego se decide si comprar el formato físico o no”, confirma Raül de Ultra-Local Records. Mientras, y a pesar de las polémicas y la seria crisis de legitimidad de corporaciones como Spotify, los números de abonados al streaming no paran de subir. No se busca volver a lo analógico: se buscan límites, microfronteras, pequeñas islas de resistencia dentro del océano de la disponibilidad total. Como si quisiéramos autoconvencernos de que la cultura no puede seguir como un grifo abierto, que no necesitamos el acceso a cualquier canción en cualquier momento. Lo infinito ya no se siente abundante como antes, se siente casi invasivo, pornográfico. ¿Pero de verdad estamos dispuestos a abandonar esas comodidades? Más allá del dilema de analógico sí o no, se empieza a notar que existe una necesidad mayor: volver a maximizar las fricciones tras 15 años expuestos a un entramado digital que justamente busca que entre nosotros y lo que consumimos (productos, identidades, cultura) no haya el menor obstáculo. La fricción crea límites y los límites crean deseo y pertenencia. Nuestra atención se vuelve más profunda ante lo que no permite un acceso instantáneo. Cuando algo requiere esfuerzo, se siente más merecido. Lo que antes era un límite material (esperar, no tenerlo todo al instante, no poder saltar de track) hoy se quiere reintroducir como si se tratara de supervivencia.. Todd Rundgren en una tienda de discos de Filadelfia en 1967.Jack Rosen (Getty Images). La primera pregunta es siempre la misma: ¿quién se lo puede permitir? Ya no comprarse un dispositivo en forma de ladrillo que inhiba el uso de apps durante un tiempo, sino sostener esos límites sin pagar unas consecuencias desproporcionadas. Tener margen para no contestar, para no estar, para no optimizar cada una de nuestras decisiones. Todos sabemos que ese privilegio también se presenta desigual. En boca de algunas personas todo suena maravilloso: “Volver a la lentitud”, “desacelerar”, “digital detox”, “un tiempo alejado de las redes”, pero en nuestro régimen sociodigital actual, ningún símbolo de estatus lo es realmente si no se muestra, si no es visible. No puedes señalar que eres inalcanzable sin ser lo suficientemente alcanzable como para señalarlo.. La segunda pregunta también es recurrente: ¿dónde acaba el comportamiento y empieza la performatividad? Lo “crónicamente offline” (porque sí, internet es una mierda) empieza a convertirse en otra marca, en una nueva manera de gestionar tu propia exposición. Imaginad por un momento que, todos a una, nos empezamos a autolimitar y, de repente, tenemos tiempo y recursos para permitirnos ciertas resistencias. Significaría que todos aumentaremos nuestra lista de objetos en casa (aparte del tocadiscos, la libreta de papel de alto gramaje, la cámara de carrete o el reproductor de DVD) y gastaremos mucho más al mes en dispositivos culturales. Habría mucha más producción material y, por ende, más contaminación.. La tienda de discos Edison en Barcelona en 2004.Joan GuerreroTienda de Tower Records en San Francisco en 1979.Clay Geerdes (Getty Images). Porque ha quedado claro que el hobby analógico es caro, pero siempre podemos recurrir al “estado analógico”, que es gratis. Otro postureo competitivo: no tanto vivir distinto, sino ser legible como alguien que vive distinto. Calma, wabi-sabi, neoludismo antialgorítmico, “slow life”, “yo no dependo de esto”, frente a scroll, rendimiento, ansiedad, producción compulsiva, no vayamos a quedarnos atrás o a… ¡Desaparecer! “Muchas veces, la música excesivamente perfecta puede percibirse como vacía de emoción y contenido, como si al eliminar el error también se eliminara su humanidad”, concluye Nara Is Neus. Puede ser positivo que haya gente que vuelva a valorar el esfuerzo, la textura o la imperfección (eso significa que habrá más música disonante y arriesgada), pero la última pregunta es la más urgente: ¿qué posibilidades tenemos de que estas intenciones no se transformen rápidamente en otro lifestyle que disminuya nuestra culpabilidad? ¿Puede algo escapar a la lógica del rendimiento?
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