Mi infancia fue feliz, era un niño querido y tenía todo lo que podía desear. Sin embargo, crecí en un mundo de silencios, de asuntos sobre los que mi hermano y yo no teníamos más que una vaga idea. Seguir leyendo
Mi infancia fue feliz, era un niño querido y tenía todo lo que podía desear. Sin embargo, crecí en un mundo de silencios, de asuntos sobre los que mi hermano y yo no teníamos más que una vaga idea.
Era un silencio familiar, del pasado. No supe los detalles hasta más tarde. (…) Los secretos de nuestros seres queridos eran hechos sangrientos que no hace falta que recuerde. El nuestro era un silencio alemán, nacido de los horrores que sufrieron mis abuelos y mi madre. Como consecuencia, en casa no había nada alemán. Ni lavavajillas, ni música, ni coche, ni libros, ni nada. Bueno, nada, nada, no: de un modo u otro, la comida alemana —en realidad, austriaca— se deslizaba por las rendijas. Sigo teniendo debilidad por el schnitzel y el strudel.
Con los años, cambió mi punto de vista. En la universidad conocí al profesor de Alemán —en realidad, austriaco—, un hombre encantador, que no era ningún monstruo, y nos hicimos amigos. Cuando empecé a dar clase, entre mis alumnos había jóvenes alemanes impresionantes. Tampoco tenían nada de monstruosos. Hablábamos sobre el pasado de forma franca y abierta. (…)
Mi trabajo como académico y como abogado —los que llevamos peluca— se sustenta en la independencia, la integridad y una valoración imparcial de los hechos, independientemente de dónde nos lleven. Para un abogado no es fácil ser sectario: representamos a personas que nos caen bien o mal, cuyos valores compartimos o detestamos. (…) Sin embargo, ser abogado y académico no significa que no tenga opiniones. Las tengo, y volveré sobre ellas.
Una cosa llevó a la otra. Mi espíritu independiente hizo que todo lo alemán entrara a formar parte de mi vida. Un lavavajillas por aquí, un coche por allá, un futbolista (…), luego la música, el arte expresionista alemán y los libros.
Algunas obras han ejercido una enorme influencia sobre mí, como Historia de un alemán, de Sebastian Haffner; hace poco escribí el prólogo para una reedición en inglés. En marzo de 1933, cuando estaba haciendo prácticas como juez en el Tribunal Superior de Justicia de Berlín, Haffner presenció el derrumbe de las barreras de protección de su país, el fin instantáneo del constitucionalismo y la legalidad, y la destrucción de una cohorte de jóvenes funcionarios aniquilada por las ambiciones nacionalistas y personales, la corrupción y el culto a la personalidad. A medida que el sistema judicial prusiano se desmoronaba, también lo hacían los derechos de las personas y los grupos. La tradición del Estado de derecho “desapareció de la noche a la mañana”. ¿Les suena? (…)
Pasaron los años. Escribí obras académicas y defendí ante tribunales internacionales causas relacionadas con el medio ambiente, las fronteras, las guerras y el crimen internacional.
Entonces me invitaron de Lviv para impartir una conferencia sobre mis casos relacionados con el crimen internacional. Lviv era Lemberg, donde en 1904 nació Leon Buchholz, en el Imperio Austrohúngaro. En 1914, ante la invasión rusa, huyó a Viena. En 1938 le retiraron la nacionalidad y lo expulsaron. Fue mi abuelo parisiense y francés. Fui a Lviv, más que para pronunciar una conferencia, para encontrar la casa en la que nació. Era una cuestión de memoria e identidad, de descubrir quién era él y quién soy yo.
En preparación del viaje, mi madre me entregó dos bolsas llenas de inquietantes secretos de otras personas. Yo tenía 50 años y nunca había visto aquellas partidas de nacimiento, los pasaportes con la esvástica grabada, las órdenes de deportación y los demás documentos que llenaban las lagunas de nuestra historia familiar.
Encontré la casa de Leon. Di una conferencia sobre los orígenes de los crímenes contra la humanidad y el genocidio, los frutos del nacionalsocialismo, se podría decir. Por increíble que parezca, aprendí que las raíces de estos conceptos estaban en Lviv y en dos hombres que estudiaron allí.
A pesar de los horrores que vinieron después, Hersch Lauterpacht y Rafael Lemkin no se acobardaron ni se agazaparon en un rincón para llorar. Elaboraron ideas y escribieron libros: Lauterpacht, sobre los crímenes contra la humanidad y contra las personas, y Lemkin, sobre el genocidio y los grupos. En Núremberg, sus ideas se plasmaron en el derecho internacional, tal como conté en Calle Este-Oeste (Anagrama, 2017). (…)
La paz requiere justicia. La justicia requiere normas. Las normas requieren leyes. Y las leyes se aplican de forma universal, no selectiva. Ese es el significado del Estado de derecho.
Sin embargo, la ley no funciona en el vacío. Esto lo he aprendido bien. Los escritores y la literatura tienen un papel importante, porque nos llevan a lugares en los que los abogados y los jueces no se atreven a entrar. (…)
Este es uno de los temas de mi último libro, Calle Londres 38 (Anagrama, 2025), sobre la época de Pinochet. Durante tres décadas, los tribunales chilenos no se atrevieron a abordar sus crímenes, de modo que los escritores tuvieron que romper el silencio. Lo predijo Pablo Neruda y, después, Bruce Chatwin, Pedro Lemebel y Roberto Bolaño lo narraron.
La naturaleza también es víctima de ataques, como ha confirmado la emergencia climática de este verano. El próximo mes de abril publicaré El quinto crimen, un llamamiento a añadir otro crimen internacional a los cuatro estipulados como medida para protegernos a los seres humanos. Quienes destruyen la naturaleza también deben rendir cuentas ante la justicia internacional. El nombre que se le ha dado, inspirado por escritores como Rachel Carson y Christopher Stone, es “ecocidio”.
Y ahora vuelve a ocurrir, con los nacionalismos y los populismos que engendran racismos, antisemitismo, islamofobia y mucho más. Se violan las fronteras, se ataca a la población civil, se cometen crímenes y se desatan la fuerza y la impunidad.
Todas las comunidades tienen normas, y la comunidad internacional no es una excepción. Se llama derecho internacional y existe desde hace siglos. La mayoría de las normas funcionan bien. No van a desaparecer, aunque algunas se vulneren gravemente.
Es el momento de defenderlas, no de callar; el momento de afrontar la realidad, mantener nuestros principios y construir sobre ellos. Es el momento de resistir, no de desesperarse, porque el Estado de derecho es una estrategia a largo plazo. Esa es la lección de Lauterpacht y Lemkin. Cuando el enemigo nos tiene agarrados por el cuello —como decía Spencer Tracy en la película ¿Vencedores o vencidos? (El juicio de Núremberg)— es precisamente cuando hay que defender los principios.
Y en esos principios se incluye el lenguaje jurídico.
Hace unos años, intervine en una fase del caso presentado ante La Haya por Gambia en el que se acusaba a Myanmar de actos de genocidio contra la comunidad rohinyá. No me gustó mucho lo que mi oponente, que era una Premio Nobel, dijo ese día en el tribunal, pero hubo una frase que no se me ha olvidado: “Es posible que el derecho internacional sea nuestro único sistema de valores global”, dijo Aung San Suu Kyi a los jueces.
Tenía razón. (…) Un mundo sin normas no tiene sentido. Y esas normas no se aplican solo a los demás, a nuestros enemigos. Son universales. Son válidas también para nosotros y para nuestros amigos.

Lo cual me trae de vuelta a Alemania, que ha afrontado como ningún otro país los crímenes de su pasado y que me ha convertido en lo que soy. Sin embargo, tiene sobre sí una losa de enorme responsabilidad, como el albatros que colgaba del cuello del viejo marinero en el memorable poema de Samuel Taylor Coleridge.
Los ataques que cometió Hamás el 7 de octubre de 2023 fueron espantosos. Me recordaron a los pogromos que movieron a Raphael Lemkin a acuñar el término ‘genocidio’.
Aquel día me sentí profundamente conmocionado, pero también temí lo que iba a pasar después. Varios abogados británicos de origen judío —entre ellos, un expresidente del Tribunal Supremo— nos unimos para escribir una columna en Financial Times.
En ella insistimos en tres aspectos.
Primero: las acciones de Hamás en territorio israelí eran una violación flagrante de las normas básicas del derecho internacional.
Segundo: Israel, como cualquier otro Estado, tenía derecho a responder en legítima defensa.
Y tercero: ese derecho no es absoluto y debe ejercerse dentro de los límites del derecho internacional.
Me reafirmo en estas afirmaciones y lamento que nuestros temores se hayan hecho realidad.
El 7 de octubre se cometieron crímenes internacionales en el territorio de Israel y después se cometieron en el territorio de Palestina, en Gaza y en Cisjordania.
Existe un debate sobre cómo calificar esos crímenes. Lemkin probablemente habría clasificado los dos como genocidio, pero su definición establecía un umbral más bajo que el que se adoptó posteriormente en la Convención sobre el Genocidio de 1948. La Corte Penal Internacional ha imputado a los líderes de ambos lados por crímenes de guerra y crímenes contra la humanidad, pero no —al menos, por ahora— por genocidio.
Sudáfrica ha presentado una demanda ante el Tribunal Internacional de Justicia, un tribunal distinto con sede en La Haya. En ella alega que en Gaza se ha cometido un genocidio. El mes que viene, el Tribunal dictará sentencia en el caso de Gambia contra Myanmar. La interpretación y aplicación que haga de la Convención de 1948 será una pista para saber si Sudáfrica va a tener éxito o a fracasar.
Sean cuales sean las resoluciones, el debate sobre las etiquetas, en mi opinión, es una distracción inútil. No hay una jerarquía de crímenes internacionales. Matar como crimen de guerra o como crimen contra la humanidad no es menos grave que un genocidio. Todos ellos son crímenes terribles.
Son delitos por los que hay que pedir responsabilidades y que deben ser denunciados; y a quienes los denuncian, los llamen como los llamen, no se les debe silenciar, excluir ni castigar simplemente por ejercer la libertad de expresión. Escritores y periodistas, cantantes y poetas, cineastas y todos los demás deben poder contar sus historias.
Silenciar la realidad de los crímenes es indecente. Silenciar a quienes tratan de denunciarlos es indecente.
Alemania ha denunciado y actuado ante numerosos horrores: los yazidíes, los uigures, Siria, Irán, Myanmar, Sudán.
Sin embargo, a propósito de Israel, Gaza y Cisjordania, el silencio alemán ha sido ensordecedor. Y las restricciones al debate son preocupantes. Todavía más tras el claro dictamen consultivo del TIJ en 2024 sobre el derecho de los palestinos a la autodeterminación. Desde entonces, el Reino Unido, Canadá, Francia, España y otros países han reconocido el Estado palestino. En los últimos días han impuesto sanciones. El ministro de Asuntos Exteriores británico ha calificado la conducta en los territorios ocupados de “limpieza étnica”.
Alemania sabe lo que es la limpieza étnica. Entonces, ¿a qué se debe este silencio?
La literatura nos ayuda a comprender por qué puede ser difícil decir la verdad. En Ruta de escape (Anagrama, 2021) escribí sobre el hijo de un gobernador nazi que reconoce la participación de su padre en los asesinatos en masa, pero es incapaz de llamarlo criminal. Por el contrario, la nieta del gobernador sí ha encontrado la fuerza para decir las cosas tal y como son. Eso es valentía.
Entiendo que la identidad de quien habla y su conducta en el pasado son relevantes. También soy consciente de que algunos líderes alemanes han empezado a criticar con más contundencia las acciones de Israel. Hacen bien, aunque sea de forma tan tímida y limitada. Eso no es ser antisemita. No es ser “antiisraelí”. Es la verdad.
Y una auténtica “razón de Estado” no racializada para Alemania, 80 años después de Núremberg, debe ser sin ninguna duda la de romper el silencio sobre los crímenes internacionales, donde sea que se produzcan y quien sea que los cometa, incluso aunque se trate de amigos, especialmente cuando se trata de amigos. Ahí se incluyen los crímenes que puede perpetrar un Estado creado para proteger a las personas que sufrieron actos cometidos en nombre del Estado alemán. Décadas después, estos también “escapan a toda comprensión”.
El silencio, y el silencio sobre los crímenes, es el tema de mis comparecencias como abogado y de mis escritos. Los libros son una forma de activismo literario contra el silencio.
El silencio de la familia. La mía y las de otros, en el lado de las víctimas y en el de los agresores.
El silencio de las comunidades, incluidas las instituciones políticas y religiosas.
El silencio de los países. Como el del Reino Unido, por su legado colonial, que describo en mi libro La última colonia (Anagrama, 2023), sobre Chagos y Mauricio; o sobre el conflicto en Irlanda del Norte. O el de Chile, o el de Ruanda, o el de Serbia, que recientemente permitió que a un genocida convicto lo enterraran con honores militares.
Esto es lo que sé: el silencio no es la vía. Ni para una familia, ni para una comunidad, ni para un país.
Ahí es donde se unen el derecho y la literatura, contando historias, abriendo mentes, diciendo las verdades a los poderosos, plantando cara a los prejuicios y a los dobles raseros y sacando a la superficie asuntos que algunos desean ocultar.
Por eso, en estos tiempos difíciles, aquí, en Alemania, y en otros lugares, cuando el abismo acecha, no olvidemos de dónde venimos ni los principios establecidos para arrojar luz sobre los horrores.
Inspirémonos en los Lauterpacht, los Lemkin y los Haffner para tener esperanza.
Seamos conscientes de que el silencio pesará sobre nosotros como una losa.
Escuchemos a los escritores, poetas y compositores que llaman a las cosas por su nombre, aunque nos resulte incómodo: novelistas como Beata Umubyeyi Mairesse, sobre el genocidio en Ruanda, o Adania Shibli, sobre un crimen en el Neguev; escritores como Eva Menasse y Richard Flanagan, que afrontan nuestra difícil relación con la verdad; y cineastas como Luca Guadagnino, Yuval Abraham y Rachel Szor, y todos los que utilizan el poder de las palabras, las imágenes y las normas para proteger la autonomía y los derechos de las personas y los grupos.
Y por tanto…
Protejamos a los escritores y a los juristas, para que vivan libres de amenazas, ataques o sanciones.
No “nos dejemos convertir en aquellos con los que nos enfrentamos”, como advirtió en su día [el politólogo estadounidense] George F. Kennan, y apliquemos las normas a todos, tanto a amigos como a enemigos.
Y así, citando un estribillo de mi poeta canadiense favorito, Leonard Cohen: “No corramos más con las multitudes sin ley, sean quienes sean. / Pidamos cuentas a los asesinos en las altas esferas, mientras rezan en voz alta. / Hagamos sonar las campanas que todavía pueden sonar. / No olvidemos que hay una grieta, una grieta en todo, y por ahí entra la luz”.
EL PAÍS
Mi infancia fue feliz, era un niño querido y tenía todo lo que podía desear. Sin embargo, crecí en un mundo de silencios, de asuntos sobre los que mi hermano y yo no teníamos más que una vaga idea.. Seguir leyendo
