Europa es la historia de un dios tan enamorado de la hija de un rey que se transforma en toro para raptarla: la paradoja genial radica en que Europa ni siquiera era genuinamente europea, sino de una ciudad fenicia en el sur del Líbano. Todo es así de mestizo en “el continente oscuro”, como lo bautizó Mark Manzower. Patrik Ouředník mete en una coctelera que a menudo parece una trituradora el siglo XX entero, y le sale un antiensayo juguetón, como aquella antipoesía de Nicanor Parra. Europeana es una carcajada rabelaisiana de 224 páginas (con traducción de Kepa Uharte) en las que el lector va de la angustia a la confusión, del desconcierto a la desesperación, del humor negro a la tragedia, en una mezcla imbatible de moralismo y anécdota que cose la tradición centroeuropea con la francesa: Ouředník es checo, pero vive en París desde 1984. Ha sido traductor de Queneau. Y es capaz de meter en la misma frase los totalitarismos y las invenciones del sujetador y de la muñeca Barbie. Sin un orden cronológico preciso, sabotea uno por uno todos los códigos del ensayo clásico y salpimenta con literatura e historia para componer un mosaico tesela a tesela sobre ese siglo loco, loco, loco. La imagen que deja ese mosaico del siglo más próspero y a la vez más bárbaro es una especie de sonrisa irónica. O tal vez sea una mueca de disgusto, nunca se sabe. Seguir leyendo
Europa es la historia de un dios tan enamorado de la hija de un rey que se transforma en toro para raptarla: la paradoja genial radica en que Europa ni siquiera era genuinamente europea, sino de una ciudad fenicia en el sur del Líbano. Todo es así de mestizo en “el continente oscuro”, como lo bautizó Mark Manzower. Patrik Ouředník mete en una coctelera que a menudo parece una trituradora el siglo XX entero, y le sale un antiensayo juguetón, como aquella antipoesía de Nicanor Parra. Europeana es una carcajada rabelaisiana de 224 páginas (con traducción de Kepa Uharte) en las que el lector va de la angustia a la confusión, del desconcierto a la desesperación, del humor negro a la tragedia, en una mezcla imbatible de moralismo y anécdota que cose la tradición centroeuropea con la francesa: Ouředník es checo, pero vive en París desde 1984. Ha sido traductor de Queneau. Y es capaz de meter en la misma frase los totalitarismos y las invenciones del sujetador y de la muñeca Barbie. Sin un orden cronológico preciso, sabotea uno por uno todos los códigos del ensayo clásico y salpimenta con literatura e historia para componer un mosaico tesela a tesela sobre ese siglo loco, loco, loco. La imagen que deja ese mosaico del siglo más próspero y a la vez más bárbaro es una especie de sonrisa irónica. O tal vez sea una mueca de disgusto, nunca se sabe.
Una de las definiciones más sugestivas de Europa describe una península de Asia en la que el campo de concentración de Buchenwald colinda con el jardín de Goethe. En las puertas de Buchenwald, donde murieron decenas de miles de personas, podía leerse: ‘A cada uno lo que se merece’. “El campo de Buchenwald estaba en una ladera del monte Ettersberg, cuyo nombre adoptó al principio, un nombre famoso en la historia alemana porque en los siglos XVIII y XIX se reunían allí escritores y filósofos conocidos que iban a pasear y sentaban bajo un roble a debatir sobre el sentido de la civilización europea”. Los nazis consideraron improcedente relacionar un campo de concentración con el legado de la nación alemana y le cambiaron el nombre. “Numerosos asesinos, torturadores y criminales de guerra eran amantes del arte, la ópera y la poesía”, escribe Ouředník.
El XX, en fin, es el siglo de “la teoría de la relatividad, los agujeros negros, el psicoanálisis, la televisión, Yugoslavia, los crímenes contra la humanidad, la radio, el módem, el dadaísmo, la sociogenética, el posmodernismo, el genocidio, la bioética, la eugenesia, la transgénesis, el cubismo, la exobiología, la desintegración atómica y las relaciones interpersonales”. Excéntrico y jazzero, el libro va y viene de las locuras del nazismo a las del comunismo: “Unos y otros [nazis y comunistas] decían que la democracia socavaba los valores sociales y convertía a la gente en homosexuales, anarquistas, parásitos, escépticos, individualistas y alcohólicos”. Es curioso, la Estrategia de Seguridad Nacional de EE UU, que no alcanza la altura de la prosa de Ouředník pero es también un viaje alucinante por la geopolítica actual, dice que Europa se enfrenta “a un borrado civilizacional”; en el fondo es algo muy parecido. El lanzallamas anaranjado de Trump surge así en el collage, mezclando las fotos del bigotito de aquel señor bajito, pésimo pintor de acuarelas, con el tupé de José Stalin: ese es el tipo de imágenes que se forman en la cabeza del lector en medio de la desenfrenada condensación enciclopédica de miles de pequeñas historias que se unen para forjar Europeana.
En 1989, el politólogo Francis Fukuyama se sacó de la chistera el fin de la historia, aquella milonga que decía que el matrimonio entre capitalismo y democracia liberal había triunfado para siempre. “Pero mucha gente no conocía esa teoría y siguió haciendo historia como si tal cosa”, se ríe serio, muy serio, ese pedazo de cronopio que es Patrick Ouředník. El monstruo viene de fuera y se llama Historia, dijo una vez Kundera: Ouředník viene a sugerir que tal vez estaba dentro, como en el cuadro de Tiziano que exhibe a una muy carnal Europa arrastrada violentamente por el bóvido enloquecido de deseo.
EL PAÍS
Europa es la historia de un dios tan enamorado de la hija de un rey que se transforma en toro para raptarla: la paradoja genial radica en que Europa ni siquiera era genuinamente europea, sino de una ciudad fenicia en el sur del Líbano. Todo es así de mestizo en “el continente oscuro”, como lo bautizó Mark Manzower. Patrik Ouředník mete en una coctelera que a menudo parece una trituradora el siglo XX entero, y le sale un antiensayo juguetón, como aquella antipoesía de Nicanor Parra. Europeana es una carcajada rabelaisiana de 224 páginas (con traducción de Kepa Uharte) en las que el lector va de la angustia a la confusión, del desconcierto a la desesperación, del humor negro a la tragedia, en una mezcla imbatible de moralismo y anécdota que cose la tradición centroeuropea con la francesa: Ouředník es checo, pero vive en París desde 1984. Ha sido traductor de Queneau. Y es capaz de meter en la misma frase los totalitarismos y las invenciones del sujetador y de la muñeca Barbie. Sin un orden cronológico preciso, sabotea uno por uno todos los códigos del ensayo clásico y salpimenta con literatura e historia para componer un mosaico tesela a tesela sobre ese siglo loco, loco, loco. La imagen que deja ese mosaico del siglo más próspero y a la vez más bárbaro es una especie de sonrisa irónica. O tal vez sea una mueca de disgusto, nunca se sabe.. Seguir leyendo

