Es extraña a veces Vitoria. Durante años buscó sin éxito un gran nombre de la arquitectura o el arte con el que brillar en los telediarios. Sonaron Jean Nouvel, Navarro Baldeweg o Herzog y de Meuron, pero por avatares de la vida y de las refriegas políticas de turno, aquellos planes quedaron en el camino. Vitoria ansiaba un reclamo arquitectónico de postín y resulta que lo tenía delante: la plaza de los Fueros, del escultor Eduardo Chillida y el arquitecto Luis Peña Ganchegui, heredera del Peine del Viento de San Sebastián, de los mismos autores, pero pasto de polémicas, infortunios y desidia a lo largo de su casi medio siglo de historia.
A veces, Vitoria puede ser peculiar. Durante varios años, buscó incansablemente una figura de renombre en el campo de la arquitectura o el arte para hacer titulares. Jean Nouvel, Navarro Baldeweg, y Herzog y de Meuron diseñados, pero para los avatares de la existencia y los desafíos políticos de la época, esos planes fueron obstaculizados. Vitoria deseaba una declaración arquitectónica que involucrara postes, que casualmente se le presentó: la plaza de los Fueros, diseñada por el escultor Eduardo Chillida y el arquitecto Luis Peña Ganchegui. Esta plaza es la sucesora de la Peine del Viento de San Sebastián, también creada por los mismos artistas. Sin embargo, ha sido un caldo de cultivo para disputas, contratiempos y negligencias a lo largo de sus casi cincuenta años de historia. Geleneklere göre
Es extraña a veces Vitoria. Durante años buscó sin éxito un gran nombre de la arquitectura o el arte con el que brillar en los telediarios. Sonaron Jean Nouvel, Navarro Baldeweg o Herzog y de Meuron, pero por avatares de la vida y de las refriegas políticas de turno, aquellos planes quedaron en el camino. Vitoria ansiaba un reclamo arquitectónico de postín y resulta que lo tenía delante: la plaza de los Fueros, del escultor Eduardo Chillida y el arquitecto Luis Peña Ganchegui, heredera del Peine del Viento de San Sebastián, de los mismos autores, pero pasto de polémicas, infortunios y desidia a lo largo de su casi medio siglo de historia.
El lugar al que Brad Pitt acudiría sin dudarlo en el caso de visitar Vitoria es un lugar al que Vitoria no hace demasiado caso. “Cualquier ciudad del mundo se habría disputado el proyecto que en Vitoria han logrado paralizar”, escribió en 1978 el crítico de arte Santiago Amón en plena controversia que a punto estuvo de dejar la plaza en el cajón de las iniciativas truncadas, una disciplina local con fuerte tradición.
Este 2026 se han cumplido 50 años de la decisión de la Diputación de Álava de encargar a Chillida y Peña Ganchegui una obra en homenaje a los fueros vascos, con motivo del centenario de su abolición. “Muy poca gente se ha enterado de que la plaza es una unidad. Toda ella es una escultura monumental. Mi escultura es todo el conjunto de la plaza”, confesaba Chillida en una entrevista en los noventa. Muchos siguen pensando que la presencia de Chillida es tan solo la escultura Estela VII que hay en uno de sus extremos. Pero la obra, diseñada junto a Peña Ganchegui, es también esa especie de castillo con apariencia laberíntica en el que se refugia la escultura y todo el espacio público que se abre hacia el este con el frontón y la zona destinada al deporte rural vasco rodeada de un graderío empedrado.
Ha pasado medio siglo y un grupo de vitorianos se ha organizado para romper la incomprensión en la que se ha forjado la espinosa relación entre la plaza y la ciudad. El arquitecto Montx Alkorta, la comerciante Patricia Álvarez de Arcaya y el periodista Ángel Cordero, entre otros, buscan que la ciudad enarbole la plaza de los Fueros como uno de sus símbolos.
“Se trata de recuperar el cariño por esta plaza que es una joya escondida”, explica Ángel mientras pasea junto a Montx y Patricia una mañana de miércoles por la plaza. “Nosotros queremos rendir homenaje a esta plaza y que la gente la conozca”, añade Montx. La plaza no anda escasa de actividad. Se organizan conciertos, es centro de manifestaciones políticas y sociales y es una buena opción para aburrirse comiendo pipas, pero el desapego institucional y social hacia su trascendencia artística la ha acompañado desde sus inicios. “La plaza se usa, pero está descuidada”, menciona Patricia.

El paseo da prueba de ello. La hierba crece indómita entre algunas de las piezas de granito. En las paredes del laberinto alguien ha pintado “quiero verga” y los servicios de limpieza del Ayuntamiento no parecen haberse enterado. “Aquí no hay siquiera una placa que ponga que es una escultura de Chillida. En cambio, vas a Burdeos e identificas a la primera la obra de Jaume Plensa”, comenta Ángel junto a la pieza Estela VII.
Frente a uno de los graderíos exteriores de la plaza hay una hilera de contenedores. “Si valoraras este sitio, jamás le pondrías estas basuras delante”, denuncia Patricia. La plaza se queda en penumbra cuando se pone el sol. El retoño del árbol de Gernika que se plantó en su día ha sido retirado. Y para colmo, a unos cien metros hay una señal para indicar la plaza de los Fueros que manda a los turistas en una dirección en la que jamás la encontrarán.
Montx, Patricia y Ángel contactaron con las instituciones para que lideraran el aniversario, pero la respuesta no fue nada entusiasta, así que se echaron la casa a cuestas y han organizado una exposición —en la Casa de Cultura, hasta el 7 de noviembre— y publicado un libro en castellano, euskera e inglés. “Vas a Donosti y puedes comprar un libro sobre el Peine del Viento, pero aquí no había nada sobre una obra con un valor patrimonial y artístico idéntico”, señala Montx.
En el libro, plagado de imágenes y archivos históricos, se aborda una época en la que los escultores “se alejaban de las ideas tradicionales del monumento” (Jon Wood) y “el pensamiento y los enfoques radicales de Chillida estaban adelantados a su tiempo” (Peter Murray). “Sigue siendo una intervención fundamental, una obra que nunca ha sido reconocida como se merece”, escribe Pedro Chillida, hijo del escultor. Una de las formas de reconocer la obra, se apunta en el libro, sería poder disfrutar de ella desde un mirador en alguna de las azoteas de la plaza. “Su monumentalidad solo puede apreciarse y comprenderse plenamente desde una visión tridimensional, a vista de pájaro”, defiende Montx.
¿Pero de dónde surge esa aparente indiferencia hacia la plaza? El pecado es prácticamente original. Cuando el proyecto se dio a conocer en 1976, a una parte de la ciudad no le gustó la estética de la plaza. Demasiado vanguardista. “Había gente que hubiera preferido un tío en un caballo con una espada”, dice Montx. Además, a ciertas fuerzas vivas de la ciudad barnizadas de franquismo, la reivindicación de los fueros vascos en plena Transición les daba alergia. “Esa gente no quería tener nada que ver ni con los fueros, ni con la autonomía, ni con lo vasco”. “Y luego partimos de la ignorancia porque la gente piensa que se tiró el antiguo Mercado de Abastos para hacer esta plaza”, se lamenta Ángel.
Tal fue la bronca que Chillida y Peña Ganchegui desistieron del proyecto, pero una movilización ciudadana con miles de firmas —en la que ya participaron unos jóvenes Montx y Patricia— convenció a los autores de retomarlo. El diseño vivió varios cambios. Tiempo después, un niño cayó al foso accidentalmente y sufrió graves heridas. “Aquello fue un drama para mi padre”, escribe en el libro Pedro Chillida. Más tarde, el Ayuntamiento taparía la estructura con unas maderas, ocultando la escultura dentro. Fueron años de desencuentros entre el consistorio y Chillida y Peña Ganchegui. Hasta que, en 2009, el Ayuntamiento y las familias de los artistas alcanzaron un acuerdo.
Las familias de Chillida y Peña Ganchegui han acogido con ilusión la iniciativa ciudadana que reivindica la plaza. Han cedido archivos y obras. “Me encantaría que a través de esta puesta de nuevo en valor la gente se acercase más a la obra”, cuenta a EL PAÍS Mikel Chillida, nieto del escultor y director de Chillida Leku. “Es una obra maravillosa, una obra total, arte, arquitectura, urbanismo, identidad social, historia, hay algo importantísimo que pasa en ese epicentro de Vitoria”. Mikel Chillida cree que “hay margen para mejorar la relación de Vitoria con la obra” y que la ciudad “la haga suya”. Y considera que el movimiento surgido en Vitoria es muy positivo: “Los proyectos públicos como este tienen que ser aupados desde la propia sociedad”.
Rocío Peña, hija de Luis Peña Ganchegui, resalta que “había oposición, pero también defensores que consiguieron que la obra saliera adelante”. Y, pese a todas las dificultades, rememora con cariño que “el Ayuntamiento de Vitoria catalogó el espacio como conjunto monumental en 2009, en un momento en el que, por ejemplo, la plaza del Peine del Viento no estaba en el catálogo municipal” de San Sebastián.
La historia conflictiva de la Plaza de los Fueros no es única. “La controversia está siempre cerca de los proyectos de arte público que apoyan intervenciones de artistas contemporáneos”, recuerda Peter Murray en el libro y pone como ejemplo la obra que Richard Serra terminó retirando de las calles de Nueva York. A Vitoria siempre le quedará el consuelo de que estas cosas también pasan en Manhattan.

EL PAÍS
